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lunes, 23 de abril de 2018

Misterioso asesinato en casa de Cervantes

El dinero no conoce patria ni religión

I de II
Misterioso asesinato en casa de Cervantes, novela del español Juan Eslava Galán (Arjona, Jaén, marzo 7 de 1948), obtuvo en España el Premio Primavera de Novela 2015, convocado por Espasa (editorial del Grupo Planeta) y Ámbito Cultural de El Corte Inglés. Se trata de un lúdico, festivo, erótico e hilarante homenaje a don Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616), el autor del inmortal don Quijote en sus dos vertientes: El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (1605) y El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha (1615); más de La Galatea (1585), de las Novelas ejemplares (1613) y de Los trabajos de Persiles y Sigismunda (1617).
Supuesto retrato de Miguel de Cervantes Saavedra
atribuido a Juan de Jáuregui
  Los comentaristas y prologuistas de la obra central de Cervantes suelen aludir —palabras más, palabras menos— un aciago y borroso incidente ocurrido la noche del 27 de junio de 1605 al pie de la casa donde en Valladolid vivía el escritor con su familia. Jean Canavaggio, por ejemplo, en el “Resumen cronológico de la vida de Cervantes” incluido en el volumen Don Quijote de la Mancha (Crítica, 2001) —“Edición de Francisco Rico con la colaboración de Joaquín Forradellas”— escuetamente dice: “1605 [...] El 27 de junio en Valladolid, es testigo del proceso de la muerte de don Gaspar de Ezpeleta, herido de muerte a las puertas de su casa. Sus hermanas y su hija vienen a ser blanco de malintencionadas insinuaciones de una vecina. El 29 del mismo mes, el juez Villarroel lo hace detener con los suyos, para luego soltarlos el 1 de julio.” Mientras que Martín de Riquer, en “Cervantes y el ‘Quijote’” —su ensayo urdido para la Edición del IV Centenario de Don Quijote de la Mancha, editada en 2004 por la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española— apunta: “La noche del 27 de junio de 1605 es herido mortalmente por un desconocido, ante la puerta de la casa del escritor, el caballero navarro don Gaspar de Ezpeleta. El propio Cervantes acudió a auxiliarle, pero a los dos días un arbitrario juez, para favorecer a un escribano que tenía motivos para odiar a Ezpeleta y que por lo tanto quería desviar de sí toda sospecha, ordena la detención de todos los vecinos de la casa, entre ellos Cervantes y parte de su familia. El encarcelamiento debió de durar un sólo día; pero en las declaraciones del proceso sobre el caso queda suspecta la moralidad del hogar del escritor, en el cual entraban caballeros de noche y de día. Vivían con Cervantes su mujer, sus hermanas Andrea y Magdalena, Constanza, hija natural de Andrea, e Isabel, hija natural del escritor. En Valladolid las llamaban, despectivamente, ‘las Cervantas’; y en el proceso, entre otras cosas, se descubren amores irregulares de Isabel con un portugués.” Y César Vidal, en su Enciclopedia del Quijote (Planeta, 1999), bosqueja: “El 27 de junio de 1605 se produjo un episodio que resultaría especialmente desagradable para Cervantes y su familia, que ahora estaba formada por su esposa Catalina, sus hermanas Andrea y Magdalena, su hija Isabel, su sobrina Constanza y una criada. Hacia las once de la noche, uno de los vecinos de la casa en que vivía Cervantes oyó un ruido en la calle. Al bajar con un hermano suyo se encontró a un hombre herido, con la espada desenvainada. Cervantes se despertó también y entre él y sus dos vecinos ayudaron al hombre a subir a la casa de estos últimos. El herido era don Gaspar de Ezpeleta, un caballero de la Orden de Santiago, al que Góngora se refirió en una de sus poesías. Interrogado Ezpeleta por dos jueces y un magistrado, manifestó que mientras paseaba por la calle un transeúnte le había insultado terminando ambos por batirse. El 29 de junio Ezpeleta expiró sin haber declarado nada más aunque todo hacía pensar que el duelo había sido ocasionado por los devaneos que el fallecido mantenía con una mujer casada a su vez con un hombre influyente. El magistrado no deseaba crearse problemas con los poderosos pero tampoco podía permitirse el dar la sensación de que era pasivo en su función. Optó así por intentar demostrar que la casa donde vivía Cervantes era un nido de vicio. Tras interrogar durante la noche del 27 de junio y la mañana del 28 a Cervantes, a su familia y a buena parte de los vecinos de su casa y de las cercanas, el 29, sin ningún tipo de pruebas, ordenó que se encarcelara al escritor, a Andrea, Isabel, Constanza y algunos vecinos de los que uno de ellos ni siquiera estaba en la noche de autos en el inmueble. La supuesta razón era que las visitas masculinas recibidas en aquella vivienda no eran honorables. Una vez en prisión, los cuatro magistrados que tomaron declaración a los detenidos quedaron convencidos de su inocencia y el 1 de julio los pusieron en libertad. Sin embargo la cuestión distaba de quedar zanjada. A Cervantes se le fijó una fianza y a las mujeres de la casa se les conminó a permanecer en la misma bajo arresto.”  

El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (1605)

II de II
Si bien la trama de Misterioso asesinato en casa de Cervantes implica cierto acopio documental y bibliográfico y por ende tiene algo de palimpsesto, es, ante todo y al unísono, una aventura del lenguaje y una novela de intriga de índole fantástica. Se desarrolla en 41 capítulos breves, cuyos largos rótulos cervantinos evocan y remiten directamente a Don Quijote (el 2, por ejemplo, canturrea: “En el que se da noticia de la ilustre ciudad de Valladolid, corte de las Españas, así como de la visita del pesquisidor a la duquesa de Arjona en hábito femenil”), más un “Apéndice”, un Dramatis Personae, y la concisa y vaga “Bibliografía”. El cronista omnisciente y ubicuo, que es la voz narrativa, suele aludir a los supuestos “cronistas de esta verdadera historia”; el cual narra con una sintaxis y un vocabulario arcaizante, es decir, salpimentado de fórmulas barrocas y palabras antiguas y poco usuales, frases hechas y modismos remotos y añejos o de su propio cuño, con lo que vierte el sonoro matiz y la eufonía de que se lee y se oye el habla de la época de Cervantes, con su implícita idiosincrasia, atavismos, costumbres, usos, tradiciones y prejuicios imperantes, inextricables a las vestimentas, a las armas, a las monedas corrientes, a todo tipo de utensilios domésticos y laborales, a los hábitos culinarios, taberneros y sexuales, y a la descripción geográfica y urbanística y de los espacios interiores.
Felipe III (c. 1601)
Retrato de Juan Pantoja de la Cruz
Museo de Historia del Arte de Viena
  Hace tres años, persuadido por el poderoso duque de Lerma, el rey Felipe III mudó la corte a Valladolid. Y desde allí, donde reside el epicentro del reino y del imperio español, doña Teresa, la duquesa de Arjona, hace venir de Sevilla a la joven Dorotea de Osuna para que en calidad de pesquisidora indague el asesinato de Gaspar de Ezpeleta, quien fue herido, en un pleito de armas blancas, “pasadas las once de la noche del lunes veintisiete de junio de este año de 1605”, frente a la casa de don Miguel de Cervantes ubicada “en la calle del Rastro de los Carneros”, quien por tal presunta causa fue hecho preso por “el alcalde y juez de casa y corte, don Cristóbal de Villarroel”, junto a las Cervantas y a otras vecinas y vecinos residentes en el mismo inmueble. El objetivo de la indagatoria es restituirles la libertad y la honorabilidad, a don Miguel y a los suyos, despejando el intríngulis del crimen, “pues don Gaspar de Ezpeleta falleció a las seis de la mañana del día veintinueve, miércoles, sin decir palabra alguna que esclareciera su muerte”.

Primera edición impresa en México
Julio de 2015
(Ámbito Cultural/Espasa/Planeta Mexicana)
  De esto se tiene noticia poco después de iniciada la lectura de la obra, junto al hecho de que doña Dorotea de Osuna, para moverse por el mundo y realizar sus pesquisas, oscila entre tal identidad y el masculino disfraz de don Teodoro de Anuso. Esto preludia y signa lo mucho que la novela tiene de farsa y ópera bufa, pues aunado al transparente anagrama que ostenta el nombre de tal caballero andante, su disfraz de caballero pudiente no podría ocultar la feminidad de su voz y la feminidad de su naturaleza física, dado que se trata de una bella, frágil y seductora joven de unos treinta años, a quien hay que verle “los pies blancos y delicados” al lavárselos en “una jofaina de agua fresca del pozo” de la venta de Palomares y desnuda por completo tras instalarse en la casa que la duquesa de Arjona le brinda de posada en el corazón de Valladolid: “Ido el muchacho [el mozuelo Dieguillo], el caballero cerró la puerta con la retranca y yendo al patinillo sacó agua del pozo hasta llenar la pileta. Con esto se despojó de la ropa y apareció la bellísima y hermosa joven que en realidad era, doña Dorotea de Osuna, la cual andaba por el mundo en hábito de hombre cuando sus negocios aconsejaban ocultar su naturaleza femenina. Soltó la redecilla en la que recogía el cabello debajo del chambergo y se desprendió en cascada una melena castaña que casi le alcanzaba la cintura. La lavó con yema de huevo y vinagre y, tras asearse del polvo del camino las otras partes del cuerpo con gran placer, pues era de mucho deleite el agua fresca del pozo en tan grandes calores, salió de la pileta tan bella y limpia como Venus de la concha.”

Tal es así, que Dieguillo, quien es “un rapazuelo de quince o dieciséis años”, al verla salir bañada y oronda en atuendo de mujer le declara: “Ay, señora, que no me parece sino que estoy viendo a una santa hermosa de las que pintan para los altares. Con traje de hombre no parecíais tan bella.” Paradójicamente menos perspicaz, Chiquiznaque, un desarrapado ladrón y curtido asesino a sueldo, cree que doña Dorotea es hermana de don Teodoro de Anuso, quien le parece “un pisaverde amujerado, para mí que marica”, dice. De ahí que Franz Dahlmann, un alabardero del rey de origen alemán, alto, guapetón y corpulento, pero sodomita pasivo, al ver “la belleza de don Teodoro”, lo cree “de su misma inclinación”.
Don Quijote y Sancho Panza
Ilustración de Picasso
  Disfrazada del flamante y pudiente caballero andante, doña Dorotea de Osuna viaja a caballo de Sevilla a Valladolid; de modo que en el íncipit de la novela se lee: “Viernes primero de agosto, pasada la hora de las grandes calores, cuando el sol declina y las sombras se alargan, un joven caballero de gentil talle descabalgó en el patio empedrado de la venta de Palomares, a una legua de Valladolid.” Tal inicio reporta e implica —aunado a lo que se narra a continuación— que ya pasó un mes desde la muerte de Ezpeleta y de la subsiguiente prisión de Cervantes y de las Cervantas; pero páginas adelante, ante el desconcierto del lector y la contradicción de lo narrado, ya no transcurre agosto de 1605, como en rigor debería ser, sino que se está a principios de julio de ese año, según se cuenta en el primer párrafo del capítulo 16: “Seis de julio, don Miguel y sus hermanas, las Cervantas, junto con las otras mujeres de la casa encerradas en ella por cárcel particular, elevaron una instancia a la autoridad alegando que ‘en cosa ninguna, como a vuesa señoría es notorio, no tienen culpa, por lo cual suplicaban se les alzase la carcelería soltándolos libremente’.”

Tal lapsus temporal reduce el tiempo del encierro de Cervantes y los suyos en la cárcel real (donde Dorotea de Osuna lo visita y oye por primera vez sus doctas palabras de viva voz) y su cambio por la prisión domiciliaria, gracias al soborno que la duquesa de Arjona paga al alcalde Villarroel. De ahí que resulte congruente que la duquesa le haya dicho a Dorotea el día de su llegada: “no hay más justicia que la que compras”, lo cual es indicio de la corrupción que prolifera por doquier y por ende Cervantes, preso en su casa del Rastro de los Carneros, le sentencia a Dorotea: “La vileza, el abuso y el mal gobierno son, señora, manzanas podridas que malogran las sanas, por eso esta España que las consiente nunca levanta cabeza”. Definitoria y crónica descomposición social que bulle y abunda al unísono de la vida disoluta, de las persignadas imposturas, de las iglesias y conventos, de los garitos y prostíbulos, de los nobles ricos y empobrecidos, vividores y holgazanes, de los cofrades de Caco y de los asesinatos por encargo, de las muchedumbres de pordioseros y menesterosos, de vagabundos, desempleados y pícaros, de las sanguinarias venganzas entre españoles, y de las intrigas nobiliarias y palaciegas e internacionales que a la postre son las que explican el trasfondo del asesinato de don Gaspar de Ezpeleta y su oculta doble identidad y el hecho de que el crimen haya ocurrido precisamente frente a la casa de don Miguel de Cervantes Saavedra.
La visión de don Quijote
Ilustración de Goya
  Es decir, aunque a priori no lo parece y la mayoría rumore y suponga que a Ezpeleta lo mataron por una venganza de cuernos (tenía fama de conquistador de solteras y casadas), detrás de tal asesinato operó una ambiciosa conjura expansionista, monetaria y política para asesinar a don Carlos Hobard, conde de Hontinghan y almirante británico, quien en su investidura de embajador de Jacobo I, rey de Inglaterra e Irlanda y rey de Escocia y señor de las Islas, recién estuvo de visita en Valladolid para “la firma de paces entre España e Inglaterra”, y para “las celebraciones por el nacimiento del primer hijo varón de su majestad Felipe III”, cuyo desmesurado derroche vació las arcas del reino en detrimento, sobre todo, de los más pobres y necesitados. Con el asesinato del embajador inglés, dos veces trunco de una manera chusca e hilarante, se pretendía provocar una nueva guerra entre España e Inglaterra, que luego derivaría en la derrota del debilitado imperio español y por ende en la toma y apoderamiento de su territorio en el Viejo Continente y de las jugosas y valiosísimas riquezas del Nuevo Mundo. 

Vale subrayar que doña Dorotea de Osuna, en su papel de pesquisidora, ya vestida de dama o disfrazada de caballero andante, no resulta muy ducha, sino una detective aficionada y sin mucha experiencia vital y deductiva, cuyos razonamientos, inferencias y actos son complementados o matizados por la duquesa de Arjona. No obstante, para lograr sus fines no duda en el trabajo sucio o en saltarse las reglas; por ejemplo, contrata al valentón Chiquiznaque para aterrorizar y hacer confesar a Muzio Malatesta, “el maestro de esgrima que tiene abierta una academia en San Leandro”, quien, por un pago, fue el espadachín que dejó a Ezpeleta herido de muerte. Y para robar la carta que Muzio Malatesta debió robarle a Ezpeleta tras asesinarlo, planea y realiza, con el apoyo logístico de la duquesa de Arjona y la participación del valentón Chiquiznaque, del adolescente Dieguillo y del anciano Ambrosio —ambos criados de la duquesa— el nocturno y peliagudo asalto a “la Casa del Cerrojo, un palacio de la calle Renedo, cerca de la Puerta de la Pólvora, donde tiene sus oficinas y almacenes” don Renzo Grimaldo, quien según le informa la duquesa a Dorotea, “Es el cónsul de Génova en la corte, un hombre enredador en todos los apaños. Y rico hasta decir basta. Además de su propio peculio, administra los empréstitos que los banqueros genoveses conceden a la Corona y a los ricoshombres que no lo son tanto. Según dicen, la mitad de los dineros que vienen de las Indias se van a sus bolsillos, en pago de intereses atrasados.” 
El duque de Lerma (c. 1600)
Retrato de Juan Pantoja de la Cruz
  Ahora que si bien, gracias a la estrategia del asalto y al rudo Chiquiznaque, logran sustraer la carta ensangrentada y otros papeles en clave que Renzo Grimaldo guardaba en un cofre fuerte, Dorotea de Osuna, con la ayuda de la duquesa de Arjona, no consigue descifrar la misiva ni logra desembrollar ni entender todos los hilos de la madeja. Es entonces cuando un servidor del todopoderoso duque de Lerma, “Don Juan Velázquez de Velasco, espía mayor de la corte y superintendente general de las inteligencias secretas”, envía una dueña y un regio carruaje al palacio de la duquesa para que doña Dorotea de Osuna se entreviste con él “en la quinta de Su Majestad”. En su despacho, Velasco le revela que la espía desde que llegó a Valladolid y que ha seguido los pasos y actos de su doble identidad y por ello está enterado de todo lo que ha hecho para aclarar el asesinato de Ezpeleta con el fin de limpiar el prestigio de Cervantes y de las Cervantas. En tal conversación, Velasco, que también es un entusiasta lector de las aventuras de don Quijote, le pide la carta ensangrentada y los otros papeles en clave, que ella acuerda darle, y le explica y le narra todos los pormenores internacionales, españoles, militares y mercantiles que subyacieron en el asesinato de don Gaspar de Ezpeleta y en el intento de difamar y ensuciar el nombre y la honorabilidad del escritor y su familia.

Juan Eslava Galán
  Junto a los episodios eróticos y licenciosos, a las risibles leperadas y maldiciones del valentón Chiquiznaque, a las anécdotas jocosas y escatológicas, a la sarcástica y crítica caricatura de la beata Isabel de Ayala —la principal difamadora de Cervantes y de las Cervantas—, a la reivindicación educativa y libertaria de la mujer que hace don Miguel, pero también su sobrina Constanza de Ovando y Dorotea de Osuna —quienes se hacen amigas por coincidir en edad, en gustos, soltería e ideas—, Misterioso asesinato en casa de Cervantes también tiene matices y volutas de narración popular, de arquetípico cuento hadas; por ejemplo, cuando se narra el fasto y la pompa de la boda del hijo del banquero Simón Sauli con la hija natural del rico mercader Jerónimo Brizzi de Menchaca, la cual se celebra en el vetusto palacio del duque de Frías, en cuyo banquete y baile de gallardas y pavanas sólo faltó la Cenicienta con sus zapatillas de cristal y el regio carruaje que su hada madrina hizo presente tras tocar con su varita mágica unos ratones y una calabaza. Lo cual se refrenda en el “Apéndice”, cuando doña Andrea de Cervantes, hermana del escritor, “aderezada con su corpiño de las fiestas, su saya de raso y su toca sevillana”, va al palacio de la duquesa de Arjona, para entregarle a ésta y a doña Dorotea de Osuna, unas almendras garrapiñadas y unos justillos bordados, como una forma de agradecerles todos los favores. Según cuenta la voz narrativa:

“Doña Andrea no halló el palacio. Recorrió dos veces la manzana detrás de la Plaza Mayor, pero en lugar de la entrada blasonada y el balcón con hachones en forma de dragón que había visto hacía tan solo unos días, cuando visitó a la duquesa, solo encontró las carcomidas bardas del huerto de Santiago con dos añosos cipreses asomando por encima. Preguntó a varios transeúntes por el palacio de los duques de Arjona y ninguno le supo dar razón.
“‘Parece cosa de encantamiento’, se dijo.”



Juan Eslava Galán, Misterioso asesinato en casa de Cervantes. Ámbito Cultural/Espasa/Editorial Planeta Mexicana. 1ª edición impresa en México, julio de 2015. 284 pp.  
 

La transparencia del tiempo

La gente vive con el cuchillo en los dientes

El prolífico y celebérrimo narrador cubano Leonardo Padura Fuentes (La Habana, octubre 9 de 1955), Premio Princesa de Asturias de las Letras 2015, rubrica su novela La transparencia del tiempo (Tusquets, 2018) en “Mantilla, 17 de diciembre de 2014-10 de agosto de 2017”. Y la dedica, como buena parte de sus libros, a su esposa Lucía López Coll (“ya se sabe cómo y por qué”). El protagonista de la novela es, de nuevo, el detective Mario Conde. Un detective singular, con olfato de sabueso callejero y propenso a las intuiciones y premoniciones, de Radio Bemba; es decir, sin oficina acreditada en La Habana y al margen y a la saga de las “nuevas tecnologías” (Internet, el teléfono celular, las computadoras portátiles), que tal vez sea (entre la economía informal y la boyante picaresca) “el primer detective privado cubano desde 1959” (según apostrofa la china cubana Karla Choy); cuyo ínfimo oficio, para subsistir casi en la inopia con su perro Basura II (precisamente en la casa donde nació y creció), es el de ambulante voceador y comprador de libros viejos y antiguos, cuya venta comercializa y potencia su hábil socio y negociante Yoyi el Palomo (“el ex ingeniero Jorge Reutilio Casamayor Riquelmes”), 20 o 25 años más joven que el Conde, y poseedor de un rutilante “Chevrolet Bel Air descapotable de 1957”.
  
(Tusquets, México, 2018)
        La transparencia del tiempo se desarrolla en dos vertientes narrativas entreveradas en capítulos alternos. Una se sucede, principalmente en La Habana, entre el “4 de septiembre de 2014” y el “17 de diciembre de 2014, día de San Lázaro” (capítulos numerados, con fechas y rótulos: 1, 3, 4, 6, 7, 8, 10, 11, 13, 14, 16, 17, 18, 20, más el “Epílogo”). Y es el ámbito temporal, social y existencial donde Mario Conde, a punto de cumplir los infaustos 60 años, vive y convive su día a día y donde investiga el robo de una supuesta Virgen de Regla, recién hurtada a un tal Bobby (Roberto Roque Rosell), marchante de arte y desinhibido homosexual, otrora en el clóset y contemporáneo suyo en el pre de La Víbora y en los estudios universitarios, truncos para ambos, cuando en 1978 iban “a terminar el tercer año de la carrera”.  

     La otra vertiente narrativa inicia en 1989, el día que fallece, en un cuartucho en La Habana, un tal Antoni Barral, un solitario y humilde anciano en silla de ruedas, postrado ante “la imagen negra de Nuestra Señora de La Vall”; que, siendo un adolescente de 16 años, “carbonero y pastor de cabras montaraces”, en medio de los sorpresivos y cruentos embates suscitados por la Guerra Civil en España, en 1936 huyó de su caserío: Sant Jaume de la Vall, una “pequeña aldea de la Carrotxa catalana”, llevando con él, “dentro de una saca nueva de carbón”, la talla en madera de esa virgen negra con fama de milagrosa, el objeto más sagrado y valioso del pequeño villorrio y de la minúscula ermita, de la que se decía había aparecido en el interior de una encina con forma de cruz, muerta y seca por un rayo celestial.   
    Vale observar que en esa vertiente narrativa el oscilar en el tiempo es regresivo (capítulos: “2. Antoni Barral, 1989-1936”, “5. Antoni Barral, 1936”, “9. Antoni Barral, 1472”, “12. Antoni Barral, 1314-1308” y “15. Antoni Barral, 1291”). Es decir, se trata de una especie de viaje a la semilla (con cierta ascendencia de Alejo Carpentier). Y va de regreso, en flash-back, con fantástica y magnética mixtura de histórico palimpsesto, hasta el esbozo del año axial: 1291, cuando los furiosos “ejércitos de infantes y caballeros musulmanes convocados por el joven sultán Khalil al-Ashraf”, causaron la sangrienta caída de la babélica y populosa metrópoli de San Juan de Acre (puerto en el Mediterráneo en lo que ahora es Israel), y el fráter Antoni Barral, corpulento caballero de la Orden del Templo de Salomón, rescató esa virgen negra de la iglesia de San Marcos, donde había estado “desde que la imagen fuera traída de Jerusalén junto con otras reliquias cuando la urbe sagrada terminó siendo conquistada por Saladino” (lo cual ocurrió entre el 20 de septiembre y el 2 de octubre de 1181). Por si fuera poco, esa “imagen negra de Nuestra Señora”, tallada en el norte de África “en los tiempos de los últimos faraones de Egipto [c. 51 a.C.-47 a.C.] y famosa por ser pródiga en la realización de milagros”, según “contaban viejos caballeros, había sido hallada muchos años atrás entre los cimientos del que por más de un siglo había sido el cuartel general de los templarios, ubicado en el sitio preciso en donde las crónicas más fiables aseguraban se había erguido el Templo del rey Salomón y había estado en custodia el Arca de la Alianza”.  
    Frente a la inminente caída y pérdida de San Juan de Acre, el fráter Antoni Barral pensaba que sería “el último día de su vida”, no obstante “valía arriesgar la vida” por esa virgen negra. “Y así lo habían decidido él y tres de sus hermanos, cuyas espadas, durante la realización del rescate, habían hecho correr la sangre musulmana hasta que fluyó más allá de las puertas de la iglesia de San Marcos. Encargado por sus cofrades de transportar la virgen en virtud de su corpulencia, al disponerse a salir del recinto sagrado Antoni debió ver cómo sus tres compañeros de armas y juramentos, apenas puesto un pie en el atrio, caían fulminados por una lluvia de lanzas, piedras y flechas que, en cambio, pasaban por encima de su cabeza y por los lados de su cuerpo sin rozarlo, como si los proyectiles evitaran buscarlo a él, el encargado de cargar la virgen.” Halo protector y milagroso que se reitera y clarifica en la capilla del fuerte de los templarios, cuando el fráter Antoni Barral, que aún suponía “iba a ser el último día de su vida”, se postra al pie de esa virgen negra dispuesto a rezar y a “confesarle a Ella todos sus pecados”. Mientras discurre esa comunión (y paroxismo) y llega hasta él la estridencia de los musulmanes que se saben vencedores, Antoni Barral empezó “a percibir cómo su cuerpo penetraba en un refugio amable, envolvente, una condición física desconocida que lo hacía leve, a salvo de la parafernalia circundante, inmune al caos del momento final. Justo cuando se sentía más arropado en aquel refugio, con su cuerpo incluso elevado unos centímetros del suelo, recibió sobre su frente la presión nítida e inconfundible de unos dedos cálidos capaces de hacerle perder el equilibrio y caer de espaldas, provocando el retumbante sonido de sus metales ofensivos y defensivos. Tendido en el suelo abrió los ojos y comprobó que, ante él, solo estaban, en su sitio de siempre, la cruz y la figura de la Madre, con su rostro negro, brillante y hierático en el que resplandecían unas pupilas azules, casi con vida, de cuyas órbitas, podía jurarlo, en ese instante vio brotar y correr dos lágrimas. Y Antoni Barral recibió la vibrante premonición de que aún le quedaban tareas por cumplir en el Reino de este Mundo. Supo que al menos él había sido blindado por un poder superior y no moriría en esa jornada terrible en la que se celebraría la última batalla antes de que se concretara la pérdida definitiva de la que había sido por décadas la ciudad más pérfida y rutilante del mundo conocido: la ciudad que por sus muchos pecados se había condenado a sí misma. Conociendo cuál era su misión, el objetivo superior para el cual seguiría con vida, el caballero se puso de pie, se acomodó el casco y la espada y avanzó hacia el altar.” Resulta consecuente, entonces, que “el último día de existencia cristiana” de la pecaminosa, multicultural y engreída San Juan de Acre, el secreto custodio de la virgen negra, el fráter Antoni Barral, haya “visto arder [la urbe] desde el puente de mando de El Halcón del Temple, el poderoso navío [bajo las órdenes del capitán Roger de Flor] hasta el cual había llegado luego de lanzarse al mar desde los restos de las murallas de la ciudad en llamas, cuando había sido atrapado por una ola enorme e imprevista que lo depositó junto a la embarcación ya en retirada.”
 
Leonardo Padura
Premio Princesa de Asturias de las Letras 2015
          En sus dos vertientes narrativas, con dos estilos distintos, La transparencia del tiempo es una novela signada por la intriga y el suspense. Paralelo a los sucesos del año 2014 en La Habana, el regresivo decurso narrativo que protagonizan los personajes con el mismo nombre (Antoni Barral), parece que articulan, en un ámbito de realismo mágico, aventura y translúcida documentación histórica, el itinerario de la virgen negra robada a Bobby, quien, lo jura (y perjura) por “Yemayá toca el suelo y luego se besa la yema de los dedos”, es milagrosa y a él lo curó de un cáncer en el seno. Esto es así hasta el capítulo “15. Antoni Barral, 1291”, pues en el capítulo “19. Antoni Barral, 8 de octubre de 2014”, Leonardo Padura, a través de su alter ego Mario Conde (que al día siguiente cumplirá 60 años), da un giro sorpresivo o vuelta de tuerca. Pues resulta que en realidad no se trata de la ruta histórica (real maravillosa) de la virgen negra robada a Bobby, pese a que lo parece o podría ser, dado que el propio Bobby acredita la antigüedad y el origen de esa talla en madera con dos libros que le muestra al Conde, “uno de ellos de gran formato, empastado en piel”, donde se observa una foto de la valiosa pieza y se lee: “Nuestra señora de La Vall... Escultura románica del siglo XII. Desaparecida de su ermita en 1936. Paradero desconocido.” Invaluable y antigua pieza (de museo, de coleccionista o del disperso patrimonio cultural de España) que Bobby, según le dice al Conde, heredó de su casi abuelo, “un español que había salido huyendo de la Guerra Civil” llevando consigo esa románica virgen negra, quien en su entorno inmediato y doméstico en La Habana, donde la mantuvo recluida y resguardada, la hacía pasar por su particular y milagrosa Virgen de Regla (pese a que no reproduce el consabido cliché de una popular Virgen de Regla), quien, dice Bobby, con el falso nombre de Josep Maria Bonet, fue el “segundo marido” de su abuela materna Consuelo. 
     Es decir, se trata de una historia imaginada, documentada y escrita nada menos que por el lenguaraz y ateo detective privado Mario Conde, escritor latente y frustrado, siempre onírico y deseoso de escribir un relato semejante a los relatos de Hemingway o de Salinger. Y lo hizo muy rápido, entre el “16 de septiembre de 2014” y el siguiente 8 de octubre (un día antes de su fatídico 60 aniversario), durante su convalecencia y abstinencia etílica en la casa de Tamara (su amante y compañera desde que en 1989 dejó la policía), precisamente sobre el “generoso buró de caoba” que fuera del embajador Valdemira, el padre de Tamara y de su hermana gemela Aymara, rodeado de la “bien poblada biblioteca, que él mismo había seguido nutriendo con algunas joyas caídas en sus manos de tratante de libros viejos”. Pero la escribió tecleando “la prehistórica Underwood heredada” de su padre, que es la “vieja máquina Underwood” que utilizara en el “Otoño de 1989” para escribir (luego de renunciar a la policía) el inicio de una historia que titularía Pasado perfecto, según se lee al término de Paisaje de otoño (Tusquets, 1998), novela de Leonardo Padura, perteneciente a la tetralogía “Las cuatro estaciones”, con la que en España, durante la Semana Negra de Gijón, obtuvo el Premio Internacional Dashiell Hammett 1998 y en Francia el Premio de las Islas 2000.
 
(Tusquets, México, 1998)
        En una charla sobre las vírgenes negras del Medioevo procedentes del norte de África y del Medio Oriente y su legendaria y mítica índole milagrosa, y sobre la presunta curación de Bobby gracias al poderoso influjo de la virgen negra que le robaron, el Flaco Carlos, uno de los íntimos compinches del Conde, comenta el hecho y enumera consabidos autores del “Realismo mágico”: “El que quiere creer ve y siente cosas que el descreído no ve ni siente. Por eso no me extraña que si Bobby es creyente de verdad esté convencido de que la virgen lo curó... Realismo mágico. Rulfo, García Márquez, Carpentier”. 
   
(FCE, México, 2002)
         Abrevadero latinoamericano y canónico autor cubano sobre el que Leonardo Padura tiene un erudito libro ensayístico: Un camino de medio siglo: Alejo Carpentier y la narrativa de lo real maravilloso (FCE, 2002). Que además signa La transparencia del tiempo con un epígrafe transcrito de “El camino de Santiago”, cuento de Alejo Carpentier (1904-1980) que forma parte de su trilogía cuentística Guerra del tiempo (CGE, 1958): “Dice ahora, a quien quiera oírlo, que regresa de donde nunca estuvo.” Aún lo ignoran (y se quedarían boquiabiertos y con la baba caída), pero los entrañables compinches del Conde quizá podrían ubicarlo en la vertiente del realismo mágico o de lo real maravilloso. Léase, por ejemplo, el capítulo “Antoni Barral, 1472”, donde el escudero Antoni Barral y el caballero Jaume Pallard, “Después de diez años de ausencia”, regresan al valle de donde partieron; el escudero sano y el caballero a punto de morir por la peste negra. Pero por obra y gracia de la virgen negra, oculta durante 164 años en el interior del tronco de una enorme encina con forma de cruz, seca y renegrida por un rayo, se sucede el milagro: el escudero muere atacado por la peste negra y el caballero recupera la salud y se promete “levantar en ese mismo sitio un monumento para albergar y honrar a aquella virgen milagrosa que le había devuelto la vida”. Virgen negra dejada al descubierto por un rayo divino que cae sobre la encina renegrida y seca (impacto que quiebra una de sus ramas con forma de cruz y que cae sobre él y lo deja inconsciente) y entonces comprende “el porqué de la postura orante del cadáver seco junto al árbol renegrido”. Lo que el caballero Jaume Pallard ignora es que esa virgen, negra y milagrosa, estaba oculta en el tronco del árbol con forma de cruz desde 1308, y que fue escondida allí por el sexagenario fráter Antoni Barral cuando regresaba a la aldea de la que salió siendo un adolescente; y que ese cadáver al pie del árbol recién fracturado (por el rayo divino) son los restos de un ermitaño: fray Jean de Cruzy, fallecido, “postrado” y “congelado”, en el “invierno de 1314”, con quien el proscrito ex templario convivió; pero a quien nunca reveló, pese al intercambio de confidencias, la cercana presencia de la poderosa virgen negra, rescatada por él durante la cruenta caída de San Juan de Acre en 1291. A esto se añade el inescrutable hado de que a través del tiempo los individuos que se llaman Antoni Barral se distinguen, entre los aldeanos analfabetas y romos campesinos de su entorno, por su inteligencia y valentía, por aprender a leer y a escribir, por viajar y alejarse de las tareas prescritas por la tradición. Pero, además, descuella el capítulo “Antoni Barral, 1936”, donde se relata el arrojo, la sagacidad y las aventuras marineras del astuto e intuitivo adolescente (el único jovenzuelo que sabe leer y escribir) que huye desde el Pirineo catalán hacia un destino incierto llevando consigo (y en secreto) el objeto más sagrado de su ermita y de su aldea: la talla en madera negra de Nuestra Señora de La Vall.
     Vale recapitular que ese período de abstinencia y convalecencia en casa de Tamara (que desencadena al latente escritor que lleva dentro) no se debe a una enfermedad, sino a que Mario Conde, el “14 de septiembre de 2014” recibió un balazo por parte del ratero, quien en el paupérrimo asentamiento de los orientales en San Miguel del Padrón (miserable “zona a la que le dicen las Alturas del Mirador”) había escondido la virgen negra dentro del “tronco voluminoso de un árbol, tal vez un falso laurel, del que sólo salían dos ramas que le daban una extraña forma de cruz”. Es decir, el detective por vocación Mario Conde, ineludiblemente apoyado por el mayor Manuel Palacios (y viceversa), quien es el “jefe de la sección de Delitos Mayores” de la “Central de Investigaciones Criminales”, y con quien “Veinticinco años atrás” (entre 1979 y 1989) conformó “la pareja de policías más eficientes”, logra dar con el autor intelectual del robo entre la fauna de marchantes de arte donde se mueve Bobby (Elizardo Soler, René Águila y Karla Choy), adinerados, competitivos y ambiciosos; más aún porque durante el rastreo de la pieza ocurren dos asesinatos y la misteriosa desaparición de Jordi Puigventós, un marchante catalán (y galán) recién llegado a La Habana con la obvia intención de comprar (en el mercado negro) la valiosa virgen negra. 
    Según lo acordado a través de Yoyi el Palomo (quien funge de promotor y gestor de las actividades mercantiles y profesionales de Mario Conde), Bobby debía pagarle al sabueso habanero cien dólares diarios, “más los gastos y dos mil por la virgen”. Pero, promovido por Yoyi (a petición del Conde) el día que Bobby va “a entregarle los dos mil dólares pactados”, que es el día del cumpleaños del Conde, y pese a que la virgen negra está en manos de la policía y su recuperación es incierta, el ex policía decide no aceptar el total. Iracundo, cuestiona la inmoralidad rapaz de Bobby, sus muchas mentiras y tejemanejes, la venta en Miami de cuadros falsos, y, antes de correrlo, coge del sobre “cuatro billetes de cien dólares” y le devuelve el resto diciéndole: “Me debías tres días de trabajo y gastos, nada más.”
    Ese código ético de Mario Conde (no exento de una perspectiva crítica ante los antagónicos contrastes sociales y frente a las contradicciones políticas y económicas del statu quo cubano en 2014) está en consonancia con su índole afectiva, sentimental, solidaria, generosa y desprendida. Por ejemplo, con los dólares recién recibidos, a Candito el Rojo y a Cuqui, su mujer, les lleva un envoltorio donde va un paquete de café, una bolsa de detergente y una botella de aceite de oliva. Además de que se trata de una previsible y repetitiva rutina en la que el Conde se embriaga, fuma como chacuaco y charla con sus amiguetes sobre el caso que investiga, con los dólares recién pagados, compra el ron y los ingredientes del banquete que comparte con el Conejo y el Flaco Carlos (sus compinches desde el pre de La Víbora), con tal de que Josefina, la madre éste, esa noche no se ponga el delantal. Le preocupa la magra subsistencia del Flaco Carlos y su madre Josefina (él en silla de ruedas desde hace unos 30 años y ella ya octogenaria) y por ende los apoya; la anciana lo ve y trata como si también fuera su hijo y el Conde así lo percibe. En una cafetería de nuevo cuño (“nacida sobre los restos de lo que había sido el quiosco donde de niño compraba masarreales de guayaba, pasteles de coco y jugos de melón rojo en los descansos de los interminables juegos de pelota en los cuales invirtió todas las horas posibles de su infancia”) compra cuatro hamburguesas para llevar (“y calculó que ese gasto significaba algo así como el salario de cuatro o cinco días de un compatriota proletario”); menos de dos hamburguesas son para él y más de dos son para su perro Basura II. El otrora mayor Antonio Rangel, quien fuera el jefe de la Central de Investigaciones Criminales durante la década (1979-1989) en que fue el teniente investigador Mario Conde (el mejor policía de la corporación), en 2009 sufrió “un violento derrame cerebral que le robó casi toda la movilidad y el habla”, y entonces él exigió a las hijas “encargarse del cuidado nocturno del enfermo”. Puesto que el mayor Rangel fumaba habanos de la mejor calidad (Montecristo N° 5), el Conde, cuando lo visita, suele fumar un habano frente a él para que aspire el humo. Y eso hace el “10 de septiembre de 2014”, pero no sólo para que el Viejo se deleite con esas odoríficas emanaciones, sino también para consultarlo sobre el caso que investiga; pero como el Viejo no habla, le responde levantado “ligeramente su dedo índice”. A un vagabundo, “desgreñado y sucio”, que por las calles de su barrio suele desplazarse con bolsas de plástico en los pies, le regala los zapatos que lleva puestos (vagabundo que al término de la obra, yendo “de regreso de donde nunca estuvo”, corporifica una ambigua nota de lo real maravilloso). Y pese a que egocéntricamente le duele e inquieta que el Conejo (con su mujer) deje La Habana para siempre y se asiente en Miami (donde vive su hija), el Conde le dice que cuando Bobby le pague (los dos mil dólares por el rescate de la virgen negra) cuente con ese dinero. De ahí que en el hospital (“herido de bala”) buena parte de sus seres queridos (que no son consanguíneos) lo arropen y se preocupen por su salud y bienestar. Y pese al desasosiego que para él implica cumplir 60 años, conforman un petit comité que, no sin retórica ironía “revolucionaria”, Aymara bautizó: “Comisión Organizadora del Sesenta Cumpleaños del compañero Mario Conde”. 
   
Leonardo Padura y Lucía López Coll
       Vale añadir que en la sui géneris indagación detectivesca que emprende el ex policía Mario Conde, además del mayor Manuel Palacios (con reparos y estiras y aflojas), los amigos del Conde (Candito el Rojo, Yoyi el Palomo, el Conejo y el Flaco Carlos) también participan, ya sea con algún comentario, reflexión o información, o acompañándolo en uno u otro episodio peliagudo. A lo que se añade la cátedra sobre el origen de las “vírgenes negras medievales” que al Conejo y al Conde les brinda, en Regla, el sabihondo sacerdote Gonzalo Rinaldi, párroco del Santuario de la Virgen de Regla.
    Pese a la angustia, al malestar y a lo aciago que implica el inminente cumpleaños número 60 de Mario Conde, a los crímenes y a los cuestionamientos críticos sobre el panorama cubano (“En este país la gente vive con el cuchillo en los dientes, porque si no, no vive”, dictamina el escritor que no escribe Miki Cara de Jeva, quien también le dice al Condenado: “pensándolo bien, brother, aquí las cosas se han puesto tan jodidas que cualquiera hace cualquier cosa por salir a flote”), La transparencia del tiempo no es una novela depresiva ni desesperanzadora. Todo lo contrario. Además de la extraordinaria vertiente culterana e imaginativa supuestamente escrita por Mario Conde, se trata de una novela gozosa, rebosante de lúdicos pormenores, muchas veces ligera en su jocoso vocabulario repleto de cubanismos, vulgarismos, modismos y coloquialismos. Donde además de las referencias a episodios o detalles que Leonardo Padura ha tocado o narrado en sus anteriores novelas protagonizadas por Mario Conde, e incluso en La novela de mi vida (Tusquets, 2002), no faltan los episodios eróticos ni las alusiones escatológicas.


Leonardo Padura, La transparencia del tiempo. Colección Andanzas número 690/8, Serie Mario Conde, Tusquets Editores. México, febrero de 2018. 446 pp.



viernes, 9 de marzo de 2018

Vientos de Cuaresma




No hay más remedio que acostumbrarse al fracaso

Firmada en “Mantilla, 1992”, Vientos de Cuaresma, novela del cubano Leonardo Padura (La Habana, octubre 9 de 1955), obtuvo en Cuba, en 1993, el Premio Nacional de Novela “Cirilo Villaverde” otorgado por la UNEAC (Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba). Y Tusquets Editores la publicó en Barcelona, en marzo de 2001, con el número 434 de la Colección Andanzas. Fue (y es) su cuarto libro publicado por tal prestigiosa editorial con el que completó la tetralogía de novelas policiales “Las cuatro estaciones” (ubicadas en La Habana) protagonizadas por el teniente investigador Mario Conde. En este sentido, Vientos de Cuaresma (2001) se sucede en la “Primavera de 1989”, Máscaras (1997) en el “Verano de 1989”, Paisaje de otoño (1998) en el “Otoño de 1989” y Pasado perfecto (2000) en el “Invierno de 1989”. 
      Vale añadir que a estas alturas del siglo XXI, Tusquets Editores ha publicado en la Colección Andanzas otras cinco novelas policiales del prolífico Leonardo Padura (Premio Princesa de Asturias de las Letras 2015) en las que el protagonista es el mismo Mario Conde: La neblina del ayer (2005), Adiós, Hemingway (2006), La cola de la serpiente (2011), Herejes (2013) y La transparencia del deseo (2018).  Conjunto al que se añaden: La novela de mi vida (2002), sobre la biografía del poeta cubano José María Heredia (1803-1839); El hombre que amaba a los perros (2009)sobre el exilio y el asesinato de León Trotsky (1879-1940); el libro de cuentos Aquello estaba deseando ocurrir (2015); y la novela El regreso a Ítaca (2016), escrita a cuatro manos con el cineasta francés Laurent Cantet (Melle, 1961); una obra que noveliza el guión de la homónima película, urdido por ambos (con algunos parlamentos de La novela de mi vida) y dirigida por Cantet, estrenada en el Festival Internacional de Cine de Venecia de 2014, donde “ganó el Premio de los Días de Venecia”, y luego fue “Fue proyectada en la sección de Presentaciones Especiales del Festival de Cine Internacional de Toronto 2014”.


(Tusquets, Barcelona, 2001)
Pese a los recurrentes episodios eróticos y culinarios, a la lúdica ironía y a la procacidad coloquial, a la íntima disección idiosincrásica y a la proverbial desfachatez de Mario Conde (que comparte con sus compinches de siempre, en particular con el Flaco Carlos, condenado a una silla de ruedas), Vientos de Cuaresma es una novela melancólica, repleta de un existencial pesimismo, que linda, boga o hace agua en los hediondos y anquilosados miasmas del fracaso. 
Una vertiente narrativa oscila en torno al esclarecimiento del crimen, cuya investigación policial encabezan el teniente Mario Conde y su adjunto el sargento Manuel Palacios. Se trata de descubrir quién mató a Lissette Núñez Delgado y por qué. Lissette, quien aún no cumplía 25 años, era una profesora de química en el Pre de La Víbora (el mismo Pre donde el Conde y sus compinches de siempre estudiaron “entre 1972 y 1975”). Según le informa a Mario Conde el mayor Rangel, el jefe de la Central de Investigaciones Criminales, Lissette era soltera y militante de la Juventud Comunista (con un notable e impoluto currículum); “la asfixiaron con una toalla, pero antes le dieron golpes de todos los colores, le fracturaron una costilla y dos falanges de un dedo y la violaron al menos dos hombres. No se llevaron nada de valor, aparentemente: ni ropa, ni equipos eléctricos... Y en el agua del inodoro de la casa aparecieron fibras de un cigarro de marihuana.” Y según se lee en la página 36, “En la casa [un cómodo departamento en el cuarto piso de un edificio de Santos Suárez] habían aparecido huellas frescas de cinco personas, sin contar a la muchacha, pero ninguna estaba registrada. Sólo el vecino del tercer piso había dicho algo ligeramente útil: escuchó música y sintió las pisadas rítmicas de un baile la noche de la muerte, el 19 de marzo de 1989.” 
A tales latitudes de la novela —que aún son las iniciales—, tal fecha incide en que el lector conjeture las fechas de los consecutivos días, no precisadas por el autor, pues el crimen se resuelve en una semana. En la página 102 el teniente Mario Conde le afirma a Pupy (Pedro Ordónez Martell), uno de los investigados: “A Lissette la mataron el martes”. Y por ende, considerando la citada fecha, se da por entendido que fue el martes 19 de marzo de 1989. De nuevo, sin precisar, el Conde le comenta al sargento Manuel Palacios que el crimen fue “el martes por la noche”. Pero hasta la página 145 se dice que fue el “martes 18”. Y a partir de la página 202, a punto de desvelar al asesino, se reitera y repite tal cambio de fecha: “Lissette fue asesinada el martes 18, alrededor de las doce de la noche”. 


Leonardo Padura
Premio Princesa de Asturias de las Letras 2015
Siendo tal la flagrante contradicción y la reiteración del cambio de fecha, al lector no le queda más que optar porque el crimen ocurrió el martes 18 y no el martes 19. En este sentido, el tiempo presente de la novela (dividida en siete capítulos sin rótulos) transcurre entre el Miércoles de Ceniza, es decir, el 19 de marzo de 1989, día del inicio de la Cuaresma, (cuando el Conde conoce a Karina, una ingeniera de 28 años), y el siguiente martes 25, día del entierro del capitán Jorrín y de los últimos puntos sobre las íes en torno al trasfondo del asesinato. Más dos o tres días después, cuando, luego de haber ido a presenciar un catártico juego de béisbol con sus compinches de siempre (el Flaco Carlos, Andrés y el Conejo), el Conde, ya en su casa y en la cama, se sumerge en un sueño que reitera y varía el meollo de su recurrente y frustrado sueño guajiro: “soñó que vivía frente al mar, en una casa de madera y tejas [donde siempre se ve escribiendo, él, que es un escritor frustrado] y que amaba a una mujer de pelo rojo y senos pequeños [que corporificó la fugaz Karina], con la piel tostada por el sol. En el sueño siempre veía el mar como a contraluz, dorado y agradecido. En la casa asaban un pez rojo y brillante, que olía como el mar, y hacían el amor bajo la ducha, que de pronto desaparecía para dejarlos sobre la arena, amándose más, hasta quedar dormidos y soñar entonces que la felicidad era posible. Fue un sueño largo, asordinado y nítido, del que despertó sin sobresaltos, cuando la luz del sol volvía a entrar por su ventana.”
Vale decir que el caso del asesinato de la profesora Lissette no destapa, al interior del Pre de La Víbora, una amplia urdimbre de descomposición sistémica (más allá de las aulas) semejante a la que rememora el Conde de su época de estudiante y que él y otros alumnos apodaron “Waterpre” (lúdico parafraseo al sonoro escándalo que suscitó, el 8 de agosto de 1974, la caída del presidente Richard Nixon), pero sí hay visos de una cómplice y promiscua permisividad, coronada por la corrupción de ciertos alumnos. Es decir, Lissette, pese a su imagen e inmaculado currículum de militante de la Juventud Comunista, es una libertina y una interesada negociadora en cierto mercado negro: lo mismo se acuesta con uno de sus amantes para obtener unos tenis o con el director para conseguir impunidad ante ciertas corruptelas a ojos vistas; le gusta toquetear a los estudiantes y hacer fiestas con ellos en su departamento en el cuarto piso del edificio de Santos Suárez y llevarse a alguno a la cama; se embriaga y baila allí en su departamento y no le importa el ruido y el respeto a sus inmediatos vecinos. La cereza del pastel, no obstante, no la protagoniza el director o alguno de los maestros, sino el alumno que “vendía a cinco pesos la respuesta de los exámenes”, empeñado en que Lissette le consiguiera “los exámenes de física y matemáticas”.
El Miércoles de Ceniza —un día antes de que el Conde se entere por el mayor Rangel y empiece a investigar el caso del asesinato de Lissette—, se sucede el citado encuentro con Karina, a quien conoce porque a ella se le pincha una llanta de su Fiat polaco y, con torpeza, la auxilia. Karina, quien además de ingeniera toca el saxo, se va a Matanzas para cumplir una tarea en una fábrica de fertilizantes y acuerdan verse el viernes a su regreso. El Conde queda flechado: desde el inicio de los “tres días de espera” se imagina “todo: matrimonio y niños incluidos, pasando, como etapa previa, por actos amatorios en camas, playas, hierbazales tropicales y prados británicos, hoteles de diversos estrellatos, noches con y sin luna, amaneceres y Fiats polacos, y después, todavía desnuda, la veía colocarse el saxo entre las piernas y chupar la boquilla, para atacar una melodía pastosa, dorada y tibia. No podía hacer otra cosa que imaginar y esperar, y masturbarse cuando la imagen de Karina, saxofón en ristre, resultaba insoportablemente erógena”.
En este sentido, la otra vertiente narrativa de Vientos de Cuaresma discurre en torno a la espera de Karina (y los dos encuentros sexuales que tiene con ella: el sábado 23 y el domingo 24), imbricada a la interacción del Conde con su orbe doméstico y cotidiano —sobre todo con el Flaco Carlos en silla de ruedas desde lo balearon en la Guerra de Angola (1975-1991) y las comilonas que para ambos prepara Josefina, la madre de su compinche—. Pero también figuran Andrés (médico), el Conejo (historiador), y Candito el Rojo (zapatero, quien ha sido y es su secreto informante), más las íntimas evocaciones de su genealogía y biografía. Y es allí donde descuella su recurrente sueño guajiro: “Se conformaba, entonces, con soñar —sabiendo que sólo soñaba— que alguna vez viviría frente al mar, en una casa de madera y tejas siempre expuesta al olor de la sal. En aquella casa escribiría un libro —una historia simple y conmovedora sobre la amistad y el amor— y dedicaría las tardes, después de la siesta —que tampoco había escapado a sus cálculos— en el largo portal abierto a las brisas y terrales, a lanzar cordeles al agua y a pensar, como ahora, con las olas batiéndole los tobillos, en los misterios de la mar.”
El lunes 25, Mario Conde espera ansioso el telefonema de Karina (“Estoy asquerosamente enamorado”); pero ésta no lo hace y él, en el entorno de la cercana casa de la madre de ella, observa la ausencia del Fiat polaco. El martes 26, luego de desvelar la identidad del asesino de Lissette, el Conde la halla en casa de su progenitora y Karina le revela el trasfondo de su ausencia: tiene marido y vuelve a él. Es decir, Karina es otra variante de la “alegre buscona de fines del siglo XX”, quien además de enfatizarle: “Me sentía sola, me caíste bien, me hacía falta acostarme con un hombre”, le reprocha: “Te enamoras”.
El Conde, vil perro apaleado, todavía dice: “Llámame alguna vez”. No obstante, “Piensa que no hay más remedio que acostumbrarse al fracaso”.
El teniente investigador Mario Conde, con 35 años de edad y estudios universitarios truncos, sin mujer y sin hijos (vive solo con un autista y solitario pez recluido en su circular pecera), fumador empedernido, bebedor voraz que ronda el alcoholismo (suicida vicio que comparte con el Flaco Carlos, preso en la silla de ruedas desde hace una década), coincidiendo con la muerte del capitán Jorrín (decano de la Central, quien era su estimado amigo) y con la bronca callejera que tuvo con el teniente Fabricio (motivo por lo que el mayor Rangel, tras resolver el caso de Lissette, lo suspende en espera de la comisión disciplinaria y del proceso), piensa que su ciclo en la policía ya concluyó: “Quiero irme de aquí —dijo, y abrió las manos para abarcar el espacio que lo agredía”. 


Leonardo Padura
(La Habana, octubre 9 de 1955)
Si tales son los resumidos rasgos de un fracaso individual e íntimo (siente que su destino está ligado al incierto destino del Flaco Carlos y su madre Josefina), está inextricablemente inmerso en el fracaso social, político y económico de su generación y del régimen autoritario que gobierna Cuba en 1989. El Conde —que borracho se ve atosigado por la angustia de un triste llanto sin control— no se opone al statu quo (que traza los estertores del “socialismo” dictatorial dependiente de la hegemonía de la URSS) ni busca huir de la isla, pese a la falta de libertades, a su inveterada pobreza y a que en su fuero interno cuestione muchas anomalías. En este sentido, la conciencia autocrítica del grupo la formula Andrés (“el perfecto, el inteligente, el equilibrado, el triunfador”) en una perorata que es un doméstico deshago verbal ante sus compinches de siempre: “Carlos: estás jodido, te jodieron. Y yo que camino también estoy jodido: no fui pelotero, soy un médico del montón en un hospital del montón, me casé con una mujer que también es del montón y trabaja en una oficina de mierda donde se llenan papeles de mierda para que se limpien con ellos otras oficinas de mierda...”


Leonardo Padura, Vientos de Cuaresma. Colección Andanzas (438), Tusquets Editores. Barcelona, marzo de 2001. 232 pp.

martes, 26 de diciembre de 2017

American Noir


Con una aguja clavada en el corazón

The Best American Noir of the Century apareció por primera vez en Estados Unidos, en 2010, editado por Houghton Mifflin Harcourt, con sede principal en Boston. Se trata de una antología de diez cuentos de narrativa negra norteamericana pergeñada entre el editor Otto Penzler (Nueva York, 1942) y el narrador James Ellroy (Los Ángeles, 1948). Y en noviembre de 2014, en Barcelona, España, Navona Editorial, con el título American Noir publicó su traducción al español a cargo del escritor y traductor Enrique de Hériz (Barcelona, 1964). 
Colección Navona Negra núm. 16, Navona Editorial
(Barcelona, 2ª edición, diciembre de 2014)
  Estropeada con visibles, flagrantes, chambonas y torpes erratas, la antología American Noir, número 16 de la Colección Navona Negra (con pastas duras y sobrecubierta), está precedida por un “Prólogo” de Otto Penzler fechado en “Mayo de 2009” y por una “Introducción” de James Ellroy datada en “Junio de 2009”, muy reconocido y recordado —más allá de los Estados Unidos y del orbe del inglés y del español— por la homónima adaptación al cine de su novela L.A. Confidential (1990), protagonizada por Russel Crowe, Kim Basinger, Guy Pearce, Kevin Spacey, Danny DeVito, James Cromwell y David Strathairn.

Otto Penzler
  Pese a que no están todos los que son, Otto Penzler dice en su “Prólogo” que “Este volumen está dedicado a la narrativa breve de género negro del siglo pasado” —no obstante, el relato que cierra el libro data de 2002—. Y con sobradas razones afirma: “resulta imposible divorciar el género literario por completo de su contrapartida fílmica”. En este sentido, cada uno de los diez cuentos, que corresponden a diez autores, está antecedido por un breve esbozo curricular (quizá urdidos a cuatro manos) donde se suelen mencionar o destacar las adaptaciones cinematográficas e incluso las televisivas, y cuyos trazos biográficos no pocas veces resultan novelescos y peliculescos.   

James Ellroy
  Todo indica que la subversión de las normas, la oquedad ética, la violencia, el crimen y el asesinato son consubstanciales al predador género humano que infesta los restos y recovecos del recalentado y contaminado planeta tierra. La narrativa negra y criminal —egregia descendiente de la “escuela hard-boiled” y pariente de las populares revistas pulp—, con trazo ágil y visual ausculta esas zonas oscuras y underground de la psique humana, pero lo hace o lo suele hacer a imagen y semejanza de un divertimento (a veces sutil en el trasfondo de un drama), de un espejo retrovisor que induce al lector a horrorizarse o a reírse de sí mismo y de los otros. De ahí que James Ellroy, como si oprimiera un alfiler en la víscera cardíaca del insaciable y empecinado lector, le diga en el fragmento que concluye su prefacio: “Los relatos de este volumen son una gozada. Ponga a trabajar su malsana curiosidad y léalos todos. Encontrará repulsión y atracción. Soportará el abandono moral. La condena es diversión. Usted es un pervertido por leer esta introducción. Lea el libro entero y terminará muriendo en una camilla, con una aguja clavada en el corazón.” Se puede decir, entonces, parafraseando el consabido y cantarín estribillo de ladrillescos volúmenes (tipo Pequeño Larousse ilustrado) con los que se podría matar de un golpe en la cabeza, que American Noir reúne los diez cuentos de narrativa negra norteamericana que hay que leer antes de morir.

James M. Cain
(1892-1977)
  “Pastorale”, el primero de los diez relatos del libro, de James M. Cain (1892-1977), data de 1928 y por ende se observa que la antología, elegida y dispuesta cronológicamente, va de tal año al 2002, que es la fecha del décimo y último cuento. Es probable que a James M. Cain sobre todo se le recuerde, en toda la aldea global, por El cartero siempre llama dos veces (1934), su primera novela; de ahí que en la nota biográfica que precede al cuento se diga de ésta: “gozó de un enorme éxito comercial y pasó a la gran pantalla en producción de la MGM (con guión de Raymond Chandler) en 1946, protagonizada por Lana Turner y John Gardfield, y de nuevo en 1981, esta vez con Jessica Lange y Jack Nicholson.” Su cuento “Pastorale” es narrado por la omnisciente voz de un testigo cercano a Burbie, quien es un joven pueblerino de pocas luces y pocas destrezas que se involucra en amoríos clandestinos con Lida, coterránea suya, casada con un viejo, dueño de una granja solitaria y alejada del pueblo. Burbie planea con Lida, estúpida y miedosamente, el asesinato del ruco. Según se reporta en la nota, “Cain no escribía historias de detectives, pero se lo suele agrupar con otros escritores de la vertiente más dura del género por sus rudas historias de criminales, llenas de sexo y violencia, la mayor parte de las cuales siguen un patrón habitual, en el que un hombre se enamora de una mujer y eso lo lleva a involucrarse en una trama criminal para luego verse traicionado por ella.” No obstante, en el cuento, Lida no traiciona a Burbie, sino que el crimen, en el que participa un tal Hutch, toma un derrotero inesperado y más violento que lo induce, tras la muerte de éste, a la creencia en Dios y a la confesión pública de sus actos, que ignoraba el pueblo, preámbulo de su condena a la horca, anunciada en la primera línea: “Bueno, pues parece que van a colgar a Burbie.”

 
Mickey Spillane
(1918-2006)
    El segundo cuento: “¡Muere!, dijo la dama” (1953) es de Mickey Spillane, pseudónimo de Frank Morrison Spillane (1918-2006). Entre las películas basadas en sus novelas en la nota se destacan tres: Yo, el jurado (1953), con Biff Elliot caracterizando al detective Mike Hammer, “su personaje más famoso”, en sus libros, en el cine y en la televisión; “El beso mortal (1955), un clásico del cine negro en el que Ralf Meeker interpretaba a Hammer; y Cazadores de mujeres (1965) donde el propio Spillane interpretaba al detective”. 
   “¡Muere!, dijo la dama” se sitúa en un elegante club neoyorquino, donde Chester Duncan, magnate financiero, recibe a Early, inspector de la policía, donde le narra los pormenores que subyacen en el recién suicidio de Walter Harrison, también magnate financiero, quien fue su condiscípulo en la universidad y su compinche en francachelas de bebida y faldas, y luego su furioso competidor, no sólo en Wall Street, pues otrora conquistó y le quitó a su prometida, la mujer de sus sueños, para quien había edificado una onírica mansión que llama “mi casa de la Isla”. El sorpresivo suicidio de Walter Harrison —le platica Chester Duncan al inspector Early— indujo al orbe financiero a suponer “que las acciones que él había financiado ya no tenían valor y quiso deshacerse de ellas. Resulta que yo era uno de los pocos que sabía que valían como el oro y compré tantas como pude. Y, por su puesto, corrí la voz entre mis amigos. Alguien tenía que beneficiarse de la muerte de... De una rata”, entre ellos el inspector Early, quien se lo agradece. Sin embargo, lo que no le agradecería es saber que en ello operó un delito que incrimine por asesinato a su benefactor; entonces tendría que actuar como policía. Walter Harrison se lanzó por la ventana de un hotel de la Quinta Avenida al saber que su amor por Evelyn Vaughn era imposible. Desde luego que en ello obró una planificada jugada de ajedrez, una vengativa trampa que Duncan le tendió a Harrison para cobrarse la afrenta y la revancha por haberle “robado” a su prometida. No obstante, vale objetar que, pese a tratarse de un artilugio literario (de un divertimento), el súbito suicidio de Harrison resulta inverosímil, pues además de un donjuán irredento, era un competitivo y boyante magnate acostumbrado a perder y a ganar. Evelyn Vaughn tiene la inefable belleza, el costoso atavío y la figura de una inasible diosa del cine, pero es deficiente mental de nacimiento y el saberlo es lo que literalmente “asesina” a Walter Harrison de un flechazo, para regocijo y satisfacción de Chester Duncan, muy pagado de sí mismo. 
David Goodis
(1917-1967)
  El tercer cuento: “Un profesional” (1953) es de David Goodis (1917-1967), con un buen número de novelas adaptadas al cine; es el caso del filme La senda tenebrosa (1947), dirigido por Delmer Daves (con quien la guionizó), protagonizada por Humphrey Bogart y Lauren Bacall; y de la película Disparen al pianista (1960), dirigida por François Truffaut. “Un profesional” —se reporta en la nota— “se proyectó como episodio de la serie televisiva ‘Fallen Angels’ (Ángeles caídos) el 15 de octubre de 1995.” El relato ocurre en Filadelfia, donde Freddy Lamb, de 33 años, es “el favorito de los cinco ascensoristas del Chambers Trust Building”. De apariencia pulcra, modesta, discreta y amable, lleva una doble vida, pues por las noches es un elegante y frío asesino, hábil con la navaja, que aprendió a usar en el reformatorio, donde cayó a los once años. Pero no mata por su cuenta, sino que está al servicio y bajo las órdenes de Herman Charn, un duro y dictador mafioso que opera en su propio antro: el Yellow Cat, un club nocturno al sur de Filadelfia, con orquesta de jazz, desnudistas, alcohol y drogas. Esto lo hace, coaccionado, desde hace quince meses, pues de no hacerlo a él y a Ziggy, su timorato y débil compinche, “los hubieran borrado del mapa”. Así que luego de liquidar de un navajazo en el cogote a Billy Donofrio en el Billy’s Hut (el cliente pagó a Herman Charn mil quinientos dólares: mil para él y quinientos para Freddy Lamb), en el privado de su rudo y fortachón jefe añora los viejos tiempos de su romántica independencia: “la época en que Ziggy era inmune a cualquier daño, cuando tanto Ziggy como él eran sus propios jefes y se encargaban de toda la ingeniería en los muelles. Había mucha gente en los muelles dispuesta a pagar buenas cantidades de dinero por ver a alguien tumbado en una camilla, o en un ataúd. En aquella época se cobraban tarifas de quince dólares por una mandíbula rota, treinta por una fractura de pelvis y cien por un completo. Ziggy se encargaba de la porra y de las balas, mientras que Freddy se ocupaba de funciones especiales, como el navajazo, el chorro de lejía en los ojos y diversos polvos o píldoras disueltas en una cerveza, en una copa de vino o en un café. En aquellos tiempos se ofrecían todas clase de encargos.”

Lauren Bacall, David Goodis y Humphrey Bogart
  Aunque aparentemente no es así, las cosas se empiezan a poner difíciles para Freddy Lamb cuando Herman Charn le ordena que deje a Pearl, una de las siete desnudistas del Yellow Cat, rubia y con un tentador cuerpo de pecado, de 23 años, pero ya con su historial de prostitución, trapicheo de cocaína y “un tiempito en el trullo”. La razón: Herman Charn quiere que Pearl sea sólo para él; pero ella lo rechaza, aunque le dice: “Tienes mi cuerpo, Herman. Puedes tomar mi cuerpo siempre que quieras.” Por resentimiento y venganza, Herman le ordena a Freddy que la mate. Dos órdenes que obedece como todo un profesional que no quiere perder su reputación en el inframundo del hampa (“experto de grado A que nunca fallaba un encargo”). No obstante, en el parque Fairmount se suicida luego de matar a Pearl de un navajazo en el cuello. Un suicidio quizá también inverosímil, pero quizá no. 

Jim Thompson
(1906-1977)
  El cuarto cuento: “Para siempre jamás” (1960) es de Jim Thompson, pseudónimo de James Myers Thompson (1906-1977), con una errática y azarosa trayectoria, tanto en sus novelas, como en las adaptaciones al cine de éstas, entre las que se hallan: La huida (1972), dirigida por Sam Peckinpah y su homónimo remake de 1994 dirigido por Roger Donaldson; El asesino dentro de mí (1976), dirigida por Burt Kennedy y su homónimo remake de 2010 dirigido por Michael Winterbottom; Los timadores (1990), con la dirección de Stephen Frears; y Casta de malditos (1956) y Senderos de gloria (1957), ambas dirigidas por Stanley Kubrick, en cuyos guiones Jim Thompson participó. 

   En “Para siempre jamás”, Ardis Clinton, una ama de casa clasemediera, después de 15 años de soporífero matrimonio con Bill Clinton, un maquinista de unos 45 años al que desprecia y de quien recibe un trato áspero y machista y nada afectivo, ha planeado su asesinato, que además de librarla de él, le brindará “los veinte mil del seguro de vida”; dólares que piensa compartir con Tony, su joven amante y cómplice, quien es lavaplatos “en el Joe’s Diner, que quedaba justo al otro lado del callejón”. “Tendrás tu propio negocio”, le susurra en la oreja, “tu restaurante pequeño y elegante con eso que llaman zona íntima de barra. Y sólo tendrás que dirigirlo, te pasearás por ahí vestido con un buen traje...” Así que poco antes de las cinco de la tarde, cuando el marido aún no está en la casa, Tony arriba con un cuchillo oculto en la cintura, arma que usará para ultimarlo en el baño. 
Todo parece salir a pedir de boca. Bill Clinton llega de su trabajo con la fiambrera y Ardis lo recibe vestida con un sugerente baby doll. Bill Clinton repite las frases de siempre y va a la ducha. Allí, Tony lo acuchilla. Le asegura a ella que lo mató. Ardis llama a la policía denunciando el asesinato. Tony le da a Ardis un golpe en la cara, dizque para que parezca un robo; la deja inconsciente y se va. Cuando recupera el sentido, ve frente a ella a un doctor de bata blanca con un estetoscopio en el pescuezo y al teniente Powers, quien con su raciocinación e interrogatorio desmonta lo ocurrido. No obstante, la difusa vuelta de tuerca que cierra el cuento indica que todo ha sido un fantaseo de Ardis (quizá psicótico), atrapada sin salida en su gris y asfixiante rutina, pues Bill Clinton no está muerto, sino que regresa de su trabajo vivito y coleando y repitiendo las frases de siempre.
Patricia Highsmith
(1921-1995)
  El quinto cuento: “Lenta, lentamente al viento” (1976) es de Patricia Highsmith, nom de plume de Mary Patricia Plangman (1921-1995), quien en el ámbito del orbe del castellano es la estrella del elenco entre los diez escritores de narrativa negra reunidos en American Noir. Pues además de que buena parte de sus novelas, cuentos y ensayos están traducidos al español y sucesivamente circulando en el mercado, en la nota que precede al relato vagamente se comenta: “Hay más de veinte películas basadas en sus treinta libros (veintidós novelas y ocho colecciones de relatos), muchas de ellas rodadas en Francia.” Entre los filmes basados en sus libros descuella Extraños en un tren (1951), de Alfred Hitchcock, homónima adaptación de su primera novela, editada en 1950 (“escrita cuando aún no había cumplido los treinta”), y la primera adaptación fílmica de sus obras, que la sacó de las sombras gringas y la catapultó a nivel internacional. Vale destacar A pleno sol (1960), dirigida por René Clément, basada en su novela El talento de Mr. Ripley (1955), cuyo homónimo remake, de 1999, lo dirigió Anthony Minghella. Asimismo su novela El juego de Ripley (1974) tiene dos adaptaciones cinematográficas: El amigo americano (1977), dirigida por Win Wenders, y la homónima del libro, de 2002, dirigida por Liliana Cavani.

“Lenta, lentamente al viento” centralmente ocurre en Maine, más que nada en “un complejo agrícola de casi tres hectáreas llamado Coldstream Heights”, un rancho cercano a Bangor, recién adquirido por Edward Skipperton, un adinerado viejo de 52 años, asesor de empresas de profesión, cuyos médicos, tras un infarto, le recomendaron retirarse y dejar de beber y fumar. De carácter dominante y signado por fúricos arrebatos, está divorciado y tiene una hija de 19 años que estudia en un internado en Suiza (luego de “su colegio privado en Nueva York”). Su único empleado para las faenas es Andy Humbert, un lugareño que vive allí en una cabaña. Y su inmediata ambición es hacerse de un riachuelo contiguo a sus tierras “llamado Coldstream”, donde quiere “pescar de vez en cuando” y “poder presentarse como propietario de aquel paisaje y afirmar que tenía derechos ribereños”. Pero tal arroyo pertenece a Peter Frosby, un viejo con un solo hijo, que se llama como él, quien se niega a vendérselo, pese a la jugosa oferta, pues según le dice: “Los Frosby no venden sus tierras.” “Hemos tenido la misma propiedad durante casi trescientos años y el río siempre ha sido nuestro.”
El trato hosco, rudo y vengativo se traduce en la intolerancia de Skipperton cuando algún animal de los Frosby entra a su territorio, pues lo mata con su rifle, y el viejo Peter Frosby lo denuncia ante el juez. El asunto se complica cuando Margaret, su hija, arriba al rancho de vacaciones de verano y, sin que él pueda evitarlo, se hace amiga de Peter Junior. Obviamente Skipperton truena y le prohíbe tal vínculo. No obstante, la amistad sigue y llega el momento en que aprovechando la salida a un nocturno baile, Margaret se fuga con Peter Junior y desde Boston le envía una carta donde le dice que ella y su novio se aman y que se van a casar. Skipperton, agrio y furioso, no tarda en pergeñar el asesinato del viejo Peter Frosby y oculta el cadáver bajo las ropas del espantapájaros del sembradío. Lógicamente la policía y el entorno se alarman e interrogan ante la extraña desaparición del viejo Frosby e incluso hacia la medianoche del domingo en que ocurre la desaparición y el asesinato, Margaret lo llama por teléfono desde Boston. 
Patricia Highsmith
  Pese a la búsqueda policíaca: revisan la casa, las tierras y los dos rifles de Skipperton y anotan los calibres y los números de serie, no hallan el cuerpo del delito. Pasan los días y Andy Humbert, su empleado, le dice: “Sé lo que hay en el espantapájaros”. Y pese a que su patrón se lo ofrece, no acepta ningún pago por su silencio. Pero llega la noche de Halloween (hay “fiesta en Coldstream, en casa de los Frosby”) y una hielera de niños, con linternas o antorchas (“una oruga negra con una luz naranja en la cabeza y otras pocas luces repartidas por el cuerpo”), entran al rancho y se encaminan por el sembradío cantando hacia el espantapájaros. Skipperton, irritado y gritando desde su casa, oye que “Los críos cantaban alguna locura con voces agudas y sin la menor afinación. Era sólo como un cántico agudo” y le parece oír que en su cantinela vociferan: “Vamos a quemar el espantapájaros”. Entonces, ante el hecho de que los chiquillos han descubierto los restos mortuorios (los gritos y alaridos se lo indican), no soporta la inminencia del oprobio, colige que ha llegado su final, y por ende se mete en la boca el cañón de un rifle y se pega un explosivo morreo.    

James Ellroy
(Los Ángeles, 1948)
  El sexto cuento: “Desde que no te tengo” (1988) es del antólogo James Ellroy, pseudónimo de Lee Earle Ellroy (Los Ángeles, 1948). El título es una línea de Since I don´t have you (en YouTube se oye y se ve una versión de Guns and Roses), popular rola que The Skyliners lanzaron en 1958. Según la nota que precede al relato: “Ellroy es el escritor de novela criminal más influyente de Estados Unidos a fines del siglo XX; el estilo potente de su prosa, implacablemente oscuro, compuesto por frases sincopadas, cargadas de un argot específicamente americano que golpea cada frase, ha sido imitado en incontables ocasiones por jóvenes autores de historias duras.” Oralidad, tesitura y jerga que obviamente se pierden en la traducción al español. De las novelas que integran su “Cuarto de Los Ángeles”: La dalia negra (1987), El gran desierto (1988), L.A. Confidencial (1990) y Jazz blanco (1992), las más celebres son el par adaptado al cine con homónimos rótulos: La dalia negra (2006), dirigida por Brian De Palma, y L.A. Confidencial (1997), dirigida por Curtis Hanson; y por ende el lector, más allá del ámbito norteamericano y del inglés, reconoce los clisés, los gags y los nombres que pueblan su narrativa vertida al cine. La voz narrativa es la de Turner Meeks, alias Buzz, un viejo, otrora ex policía, que como tal sirvió —al unísono y haciendo todo tipo de trabajos sucios, duros, violentos y detectivescos—, a dos de los gángsteres más poderosos de Los Ángeles: Howard Hughes, magnate de la aviación y del cine, quien es el “cuarto hombre más rico de América”; y el judío Mickey Cohen, “gran señor de los chanchullos y pretendido capo de clubes nocturnos” de L.A. Ambos están obsesionados por la misma fémina: Gretchen Rae Shoftel, una rubia de 19 años de busto generoso, quien sostenía relaciones con los dos y que ha huido de ellos. Y por ende, paralelamente, cada gángster lo contrata para que la halle ipso facto. La búsqueda inicia y se remonta al “15 de enero de 1949”, cuando Buzz tenía 41 años y “los periódicos aventaban el segundo aniversario del caso del asesinato de la dalia negra: nadie lo había resuelto; todos seguían especulando.” Y aquí vale decir que en la nota también se dice que cuando el autor “tenía diez años, su madre murió asesinada; nunca se pudo detener al asesino. El caso tenía ciertas similitudes con el famoso asesinato de Elizabeth Short, conocida como ‘La dalia negra’, y ambos crímenes obsesionaron a Ellroy durante muchos años.” Y por ello “Escribió una versión inventada de la muerte de Betty Short”, la susodicha novela de 1987, “que entró en las listas de ventas de The New York Times, así como un relato de los quince meses que pasó buscando al asesino de su madre, Mis rincones oscuros (1996).”

       
Ficha policial de Elizabeth Short
(Santa Bárbara, septiembre 23 de 1943)
Apodo póstumo: La Dalia Negra
Hallada muerta a los 22 años el 15 de enero de 1947
en Leimert Park, Los Ángeles, California 
        Pero fuera de la citada alusión, en el cuento no se habla más de “la dalia negra”. Y las indagaciones detectivescas de Buzz, no exentas de referencias a la corrupción policíaca, política y sistémica, de cadáveres y enfrentamientos a golpes y balazos, lo llevan a localizar a Gretchen en medio del intríngulis delictivo donde se mueve con su facilidad para los cálculos matemáticos, quien no opta por ninguno de los dos gángsteres que la quieren, cada uno sólo para él, sino por Sid Weingerg, director de un filme de terror, en cuya fiesta de estreno se despejan los rumbos del par de anhelantes mafiosos y donde Buzz sirve de guarura para evitar que “los buscadores de autógrafos se vuelvan locos”. 

DVD de L.A. Confidential (1997)
  Además del nombre y del apelativo del ex policía Buzz y del capo Michael Cohen, quien también tiene entre sus pistoleros a Johnny Stompanato (“con su ricito de pavo ensalivado colgando por delante de la cara de guapo”) “encoñado con Lana Turner” (la auténtica), descuellan otros clisés. Por ejemplo, Howard Hughes —el magnate dueño de los estudios RKO Pictures, que alguna vez apareció “en el Romanoff, vendado como una momia, con Ava Gardner del brazo”, tras perder el control de uno de sus aviones— tiene un picadero encubierto en South Lucerne, que llama “la casa del cine”, donde se filman películas porno, que luego exhibe ante “los asesores de la defensa”, sus “colegas del Pentágono”, de los que luego se beneficiará fabricando aviones durante la guerra de Corea (1950-1953). Howard Hughes, además, atento de lo que se ventile de él (hush-hush, diría el clásico) en el Confidential (se “insinuaba que mis buscadores de talento sacan fotos en topless y que me gustan las mujeres con mucho pecho”, dice), fue cliente, con tales militares, en un burdel de Milwaukee, en Wisconsin, regentado por “un contable y antiguo pistolero de la banda de Jerry Katzenbach”, donde las prostitutas, si bien no han sido objeto de cirugías plásticas para convertirlas en réplicas exactas de las esculturales y elegantes diosas del cine, son “chochos menores de edad, disfrazadas de estrellas de Hollywood: novatas peinadas, maquilladas y vestidas para parecerse a Rita Hayworth, Ann Sheridan, Verónica Lake y otras por el estilo”, como Jean Arthur, que es la chicuela que le gustó al magnate. 

     
Joyce Carol Oates
(Lockport, Nueva York, 1938)
    El séptimo cuento: “Infiel” (1997) es de la prolífica narradora Joyce Carol Oates (Lockport, Nueva York, 1938). En consonancia con el título, muy pronto el lector colige un posible crimen de género, de violencia machista. La voz narrativa y evocativa es la de Bethany, nacida en 1951, quien a los 44 años, en 1995, aún se interroga por el intríngulis que operó y rodeó la brusca desaparición de Gretel Nissenbaum, de 27 años, casada con John Nissenbaum, de 41, con quien tenía dos niñas: Constance, de 8, y Cornelia, de 5, quien era la futura mamá de Bethany. 
    La desaparición de Gretel Nissenbaum ocurrió “el 11 de abril de 1923”. Y la última vez que las niñas Connie y Nelia vieron a su madre, aún en la cama (cuando ya debía estar levantada), lucía claros visos de haber recibido una golpiza (“Tenía el ojo derecho inflado y amoratado y se veían marcas rojas recientes en la frente”).
Los hechos ocurrieron en la solitaria y rústica granja de John Nissenbaum, ubicada en el valle de Chautauqua, a 15 kilómetros del río de Chautauqua y a 11 km del pueblo de Ransomville, donde supuestamente Gretel pudo tomar el tren hacia Chautauqua Falls, a “casi cien kilómetros al sur”, donde radicaban “los Hauser, su familia”.
John Nissenbaum, el abuelo de Bethany, murió “en 1972, en un asilo de Yewville”; y Cornelia, su madre, murió en 1981 creyendo que Gretel “Era basura”, “una infiel” que la abandonó cuando ella tenía 5 años y su hermana 8, y por ende nunca supo que Gretel Nissenbaum no huyó con un amante —cosa que piensan los ñoños pobladores de Ransomville—, pues “en abril de 1983” se hallaron sus restos durante un desbordamiento de “un arroyo que cruza las antiguas propiedades de los Nissenbaum”. Es decir, “quedó a la vista un esqueleto humano, virtualmente intacto pese a sus décadas de antigüedad”, que “Al parecer lo habían enterrado a menos de un kilómetro de la granja de los Nissenbaum”. 
       Además de que los objetos desenterrados indican que se trata de los restos de Gretel, los forenses del condado de Chautauqua dictaminaron “que el esqueleto pertenecía a una mujer, aparentemente muerta por haber recibido abundantes golpes en la cabeza (con un martillo, o con el lado romo de un hacha) que le habían partido el cráneo como un melón”.
Joyce Carol Oates
  Vale subrayar que si la develación del crimen es la sorpresiva y visual vuelta de tuerca que cierra el relato, el mello de la narración implica los sinsabores, pestilencias y avatares que signaron la dura y afanosa infancia y adultez de Constance y Cornelia, particularmente de ésta; el trazo de la cerrada y hosca personalidad del abuelo John Nissenbaum; y el conjunto de atavismos, costumbres e idiosincrasia de los romos pobladores de Ransomville, presididos por un prejuicioso y condenatorio reverendo de la Primera Iglesia Luterana, cuya esposa, más alta que él, dicta la catequesis al par de humildes “niñas de granja” supuestamente abandonadas por su casquivana madre. 

Lawrence Block
(Búfalo, Nueva York, 1938)
  El octavo cuento: “Como un hueso en la garganta” (1998) es del no menos prolífico y versátil escritor Lawrence Block (Buffalo, Nueva York, 1938). Desde la primera página el lector advierte que también se trata un asesinato de género, de violencia machista, pero con secuestro, violación, tortura, y mucha rudeza, saña y envilecimiento. William Charles Croydon, el guapo asesino, tiene 30 años y está siendo procesado. Karen Dandridge, la víctima, era una universitaria de 20 años y Paul, de 27, su único familiar y su único hermano, está entre los asistentes al juicio, cuyo jurado refrenda por unanimidad la acusación de “asesinato en primer grado” que hace el fiscal y por ende el asesino es sentenciado a “muerte por inyección letal”.

Croydon es trasladado a una cómoda celda del corredor de la muerte, donde pide y le proporcionan una máquina de escribir. El decurso del relato denota, mientras su defensa apela la permutación a cadena perpetua (con vías a obtener la libertad condicional), el cinismo y la intrínseca psicopatía del feminicida, que aunada a la maniática correspondencia que sostiene con varias fanáticas (les pide, para saciar sus fantasías y su onanismo, que le narren anécdotas lascivas de ellas y que le envíen fotos suyas con poses cachondas), tiene en su oculto haber el ataque, la violación y el asesinato de otras dos jóvenes, impunes feminicidios de los que nadie supo nada. En un momento de su lúcida hipocresía y de su hobby de tecleador impenitente, decide escribirle una carta a Paul Dandridge, donde le narra los sádicos y misóginos pormenores que precedieron y rodearon la violación y el asesinato de Karen. Pero tal carta no la envía, sino que decide guardarla y escribirle otra donde le miente y con la que inicia una correspondencia amistosa en la que Paul Dandridge poco a poco, para sorpresa y desconcierto del lector, se hace amigo del asesino de su hermana y definitivamente lo perdona cuando ya han transcurrido 15 años del asesinato (es decir, Croydon tiene ahora 45 años y Paul 42).
Es entonces cuando se avecina un tribunal de apelación y Paul Dandridge, a favor del preso, organiza y financia tres testimonios: el de un siquiatra, el de la maestra de cuarto curso de Croydon y el suyo, que es el más trascendente e incide en la decisión del gobernador para conmutar la pena de muerte por cadena perpetua. El dieciseisavo día de su muda a “una celda con los presos comunes”, tres gandayas lo violan y al día siguiente pide su “traslado al bloque B”, donde pasa encerrado 23 horas al día y continúa su correspondencia con Paul Dandridge, quien le envía libros de filosofía (Kierkegaard, Martin Buber) que lo inducen a llamarse a sí mismo “el Filósofo de la Cárcel” y con los que junto a su soledad y a su correspondencia con Paul, según le reporta a éste, logra construirse “una vida interior, una vida del espíritu, superior a cuanto tuve en mi vida como hombre libre...”
El caso es que William Charles Croydon se pregunta si Paul Dandridge “¿Se lo estaba tragando?” Y parece que sí, pues Paul no ceja por ganar la libertad condicional del asesino de su única hermana. Y cuando por fin lo logra y lo va a recoger en su coche a la salida de la prisión, ahí mismo en el vehículo le invita un trago de “Johnnie Walker, etiqueta negra”, que ha llevado consigo. Pero el whisky tiene algo que duerme a Croydon y cuando se despierta está atado a una silla en una cabaña en medio del bosque, semejante a la solitaria y rústica cabaña donde él, durante tres interminables días, secuestró, ató, torturó, violó y finalmente mató a Karen Dandridge. “La tumba ya está excavada” —le dice Paul— “Me ocupé de eso antes de ir a recogerte a la cárcel.” Pero Croydon, que en el fondo tampoco ha dejado ser el mismo, tiene tiempo de recitarle las cínicas y sádicas minucias de la primera carta que otrora le escribió y no le envió.
Dennis Lehane
(Dorchester, Boston, Massachusetts, 1965)
  El noveno cuento: “Quedarse sin perros” (1999) es de Dennis Lehane (Dorchester, Boston, Massachusetts, 1965). Entre sus obras descuellan tres novelas que han sido adaptadas al cine con homónimos títulos: Mystic River (2001), su primer best seller, cuya adaptación, de 2003, dirigió Clint Eastwood, tuvo crítica favorable y “fue nominada a 6 premios Oscar de los cuales obtuvo dos: al mejor actor (Sean Penn) y al mejor actor secundario (Tim Robbins)”; Gone Baby Gone (1998) —en Latinoamérica: Desapareció una noche—, cuya adaptación, de 2007, es la primera película dirigida por el actor Ben Affleck; y Shutter Island (2003), cuya adaptación, de 2009, dirigió Martin Scorsese.

“Quedarse sin perros” se desarrolla en Edén, un pueblo mal avenido de Carolina del Sur, en cuyo entorno oscilan ex combatientes en Vietnam y jaurías de perros salvajes y por ello el Gran Bobby Vargas, el alcalde —por instancia del gobernador y de los inversores que han proyectado la edificación del “Edén Falls, un gran parque en plan carnaval, con montañas rusas y toboganes de agua y cosas así”— busca tiradores que los eliminen. Elgin Bern, ex combatiente en Vietnam y albañil en las obras del Edén Falls, sería un cazador ideal. Pero éste no se interesa por el trabajo y en cambio, Blue, su amigo y coterráneo desde la infancia y un friki y marginado en el pueblo (se da por supuesto que “Nunca ha estado bien de la cabeza”), sí acepta y desempeña el oficio que parece perfecto para él (pues desde chico se entrenó torturando y matando insectos y animales) y que aspira proseguir en Australia con su rifle que luce una nueva y potente mira telescópica y un sistema de amplificación de luz para operaciones nocturnas. Elgin Bern tiene por novia a Shelley Briggs, que es recepcionista en Auto Emporium, negocio del ricachón Perkin Lut. Y al unísono tiene encuentros subrepticios con Jewel Lut, la esposa de éste, pero con mayor jocosidad e ímpetu sexual que con Shelley Briggs. Jewel, además, también es contemporánea de Elgin y Blue, puesto que los tres se criaron en el pobretón “parque de caravanas”. Y para Blue, que es de baja estatura, feo y flacucho y que nunca ha tenido una novia, Jewel es la mujer de sus sueños. Así que luego de la violenta y vergonzosa escena pública en la que Perkin Lut golpea a Jewel en el Chuck’s Diner (se oyó “un follón de vasos y platos caídos” y “Jewel estaba ya en el suelo, con los codos rodeados de añicos de cristal y de porcelana”), Blue, tras amenazar a Perkin, se siente flotando y realizado cuando Jewel, “con un buen cardenal marrón debajo del ojo”, se refugia un par de días en su caravana, que es una sucia y estrecha pocilga que hiede a podredumbre y a perro muerto. Jewel, como lo previó Elgin, regresa a la seguridad y comodidad que le brindan los dólares de Perkin Lut. Pero días después aparece asesinada en las obras en ciernes del Edén Falls: “Encontraron su cuerpo colgado del andamio que habían levantado junto al esqueleto de las montañas rusas. Estaba desnuda, colgada boca abajo de una cuerda atada a sus tobillos. El cuello tenía un corte tan profundo que el forense dijo que era un milagro que la cabeza todavía estuviera engancha al cuerpo cuando lo encontraron. El ayudante del forense, un tipo llamado Chris Gleason, cuanto se tomaba unas copas explicaba que en el coche fúnebre se les había caído la cabeza cuando bajaban por la calle mayor hacia la morgue. Decía que había oído un grito.” 
Dennis Lehane
  Por el crimen, Perkin Lut fue detenido, recluido y liberado (“el tribunal decidió no acusarlo”), pues la vox populi supone que “que quien había matado a Jewel era Blue”. Y a éste, el mismo día que hallaron el cadáver de Jewel, Elgin lo mató de un disparo con el rifle que le quitó de las manos, pese a que desde niños lo protegió y defendió. Elgin fue encarcelado; pero sólo por un tiempo, “gracias a su historial de guerra y a las circunstancia de quién era Blue, pero la cárcel es la cárcel.” Y cuando Elgin Bern salió, Shelley Briggs, su novia con la que iba a casarse e irse a Florida o a Georgia, “se había ido, se había mudado al norte nada menos que con Perkin Lut”. 

Por otra parte, antes de que Elgin Bern desapareciera para siempre de allí y nunca nadie supiera más de él, las obras del futuro parque de diversiones quedaron truncas. Pero “El esqueleto de Edén Falls sigue asentado en la media hectárea de tierra que queda justo al este de Brimmer’s Point, cubierto de un óxido grueso como la carne. Hay quien dice que fue por el nivel de yodo que el inspector de medio ambiente encontró en el agua subterránea lo que ahuyentó a los inversores iniciales. Otros, que fue el hundimiento de la economía estatal, o el fracaso del gobernador en las elecciones. Algunos dicen que Edén Falls era un nombre sencillamente estúpido, demasiado bíblico. Y luego, claro, había muchos que afirmaban que lo que ahuyentó a todos los trabajadores fue el fantasma de Jewel Lut.” 
Elmore Leonard
(1925-2013)
  El décimo y último cuento de American Noir: “Cuando las mujeres salen a bailar” (2002) es de Elmore Leonard, nom de plume de Elmore John Leonard, Jr. (1925-2013). De su obra adaptada al cine se pueden citar las películas: Un hombre (1967), dirigida por Martin Ritt y protagonizada por Paul Newman, Fredic March y Richard Bonne; 52-Pickup (1986), dirigida por John Frankenheimer, con guión de Elmore Leonard y John Steppling, y protagonizada por Roy Scheider y Ann-Margret; El cazador de gatos (1989), dirigida por Abel Ferrara, con guión de Elmore Leonard y James Borelli, y protagonizada por Peter Weller y Kelly MacGillis; y Get Shorty (1995), o Cómo conquistar Hollywood, dirigida por Barry Sonnenfeld, y protagonizada por John Travolta, Gene Hackman, Rene Russo y Danny DeVito. 

“Cuando las mujeres salen a bailar” ocurre en South Florida, donde Lourdes, una colombiana de 35 años, por recomendación de Viviana (también colombiana) llega a trabajar a una mansión de “Ocean Drive, a pocas manzanas de la de Donald Trump” (el folclórico, petulante y nefasto candidato republicano que ganó el retrete de la Casa Blanca, célebre no sólo porque odia y discrimina a los inmigrantes mexicanos). Su empleadora es la “señora Mahmood, esposa del doctor Wasim Mahmood”, un adinerado y lujurioso cirujano plástico, pakistaní y musulmán de nacimiento, a quien le gusta bañarse desnudo en la alberca y andar en pelotas por la casa, luciendo su “extraño pene negro” en medio de las asustadizas criadas filipinas. Su empleadora, una gringa con “el cabello rojo corto” que no aparenta “más de treinta”, la quiere de asistente personal; le ofrece un trato ligero (le pide que la llame Ginger) y no tarda en confesarle que fue stripper y que así, contoneándose por dinero, conoció a su marido el doctor Wasim Mahmood: “me sacaba más bailándoles encima a los tíos, o participando en fiestas privadas [...] y entonces tenía veintisiete años, ya era más vieja que todas las demás. Woz [el doctor Mahmood] llegaba con sus colegas, todos de traje y corbata, tan empeñados en no parecer del tercer mundo. La primera vez agitó un billete de cincuenta en el aire para llamarme y yo le dediqué un poco de strip hop tribal de bien cerquita. Le dije: ‘Doctor, si te vuelves a poner los ojos en sus cuencas me verás mejor.’ Le encaba que le hablara así. Más o menos a la cuarta visita le hice lo que se conoce como la paja del millón de dólares y me convertí en la señora Mahmood.”
    Sin embargo, ahora desprecia al doctor Mahmood y la tiene hasta la coronilla, pues, según le dice a Lourdes, tiene una amante y es un donjuán que se va por allí “Con ella o con otra”; además de que teme que le eche ácido en la cara, como hacen con las mujeres en Pakistán, dice, o que la asesine en “en una pira funeraria”; muerte semejante a la de su primera esposa, quien al parecer murió en Rawalpindi al prenderse “fuego por accidente en los fogones”. 
La señora Mahmood sabe que Viviana y Lourdes fueron “novias por correspondencia” y se muestra muy interesada en los detalles de su casorio con el señor Zimmer, un conductor de una hormigonera que trabajaba “para un contratista en obras de pavimentación hasta su muerte, dos años después de su matrimonio”, cuando Lourdes ya tenía el permiso de residencia y estaba harta de las palizas que le daba su marido, que era un gringo fuerte, pese a sus 58 años; pues, según le dice a su patrona, “bebía demasiado” y la golpeaba “Si no tenía cuidado con lo que decía”.
La señora Mahmood quiere saber sobre el asesinato del señor Zimmer, del que le habló Viviana. Así que Lourdes le dice: “Despareció unos cuantos días, hasta que encontraron su hormigonera cerca de Hialeah, junto a un montón de cemento. No había ninguna razón para que estuviera allí, porque no tenía ningún encargo para entregar por esa zona. Así que la policía hizo reventar el cemento y dentro encontró al señor Zimmer.”
El caso es que en las más o menos íntimas charlas, la señora Mahmood le dice a su asistente: “El mayor error de mi vida ha sido casarme con un tipo de otra cultura, con una toalla en la cabeza.” Y en medio de la cháchara, Lourdes le apostrofa: “No quiere seguir con él”, “pero quiere vivir en esta casa”. Y más aún, porque deduce que la ex stripper sabe o intuye el meollo del asesinato del señor Zimmer, le brinda una ayudita preguntándole: “¿Cómo se sentiría si a su marido le cayera encima una carga de cemento fresco encima?” “¿Cuánto cuesta hoy día una carga de cemento fresco?”, le pregunta la señora Mahmood. “Treinta mil”, le contesta Lourdes ipso facto. No obstante, el acuerdo queda en “casi veinte mil en efectivo hoy, ahora mismo”. 
Elmore Leonard
  La misma noche del acuerdo, el doctor Wasim Mahmood no regresa a la mansión de Ocean Drive. “Ni la noche siguiente. A la siguiente mañana, llegaron dos agentes de la oficina del sheriff del condado de Palm Beach” y le dieron la noticia a la señora Mahmood. Noticia que Lourdes lee “en el periódico, según la cual el doctor Wasim Mahmood, prominente etcétera, etc., había sufrido heridas de bala en el transcurso de lo que parecía un asalto para robarle el coche en la calle Flagler, cerca del parque Currie, y había ingresado cadáver en el Good Samaritan. El mercedes había aparecido abandonado en la calle, en Delray Beach.”

Y “tras una salida informal con sus viejas amigas para tomar unas copas”, la viuda Mahmood, al regresar a la intimidad de su casa en Ocean Drive, ve que “En la encimera había ron y cócteles, limas, un cuenco lleno de cubitos de hielo.” Y que “Del patio llegaba un ritmo latino [una cumbia]. Siguió aquel sonido para acercarse a un círculo de velas encendidas, donde vio a Lourdes con un bañador verde [que es suyo y no de su asistente], moviéndose al ritmo de la música con los brazos en alto, batiendo las caderas con sutileza.” “Sentados a la mesa había dos tipos fumando que no hicieron ademán de levantarse al ver a la señora Mahmood.” Se trata de los colombianos, del par de sicarios, que están allí para cobrarse el plus. “Es una fiesta para ti, Ginger” —le dice Lourdes, usando el nom de guerre con que la llaman sus amigas— “Los colombianos han venido a verte bailar.”
Enrique de Hériz
(Barcelona, 1964)



Otto Penzler y James Ellroy, American Noir. Traducción al español de Enrique de Hériz. Colección Navona Negra núm. 16, Navona Editorial. 2ª edición. Barcelona, diciembre de 2014. 340 pp.


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