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lunes, 24 de julio de 2017

La verdadera historia del flautista de Hammelin




Érase un zapatero remendón 
de horrorosísimos crímenes

La verdadera historia del flautista de Hammelin (22 x 22 cm), narración para niños y niñas del colombiano Álvaro Mutis [Bogotá, agosto 25 de 1923-México, septiembre 22 de 2013]), dedicada al escritor Augusto Monterroso [1921-2003], apareció en México, en 1994, con seis mil ejemplares de tiraje, coeditada por el CIDCLI y el CONACULTA en la serie EnCuento.
(CIDCLI/CONACULTA, México, 1994)
    En la nota preliminar se dice que se trata del primer cuento para niños escrito por Álvaro Mutis y que lo hizo especialmente para el CIDCLI. Y ex profesas para el relato son las espléndidas y laboriosas ilustraciones de Alberto Celletti con las que visualmente reescribe, reinventa y amplía las anécdotas que narra el texto de Álvaro Mutis, dispuestas a través de la reproducción fotográfica en color de Rafael Miranda y el diseño gráfico de Rogelio Rangel. En este sentido, y quizá sugerido o incitado por el hecho de que Alter se llama el pueblo donde empieza La verdadera historia del flautista de Hammelin, en las láminas de Alberto Celletti el protagonista del cuento: el viejo zapatero llamado Hans (especie de alter ego del narrador) luce una gran nariz que evoca la gran nariz del Álvaro Mutis de carne y hueso. 
   
Álvaro Mutis
(1923-2013)
       El relato es un divertimento, con su tinte negro y dosis macabra, donde Álvaro Mutis traza la voz narrativa de un escritor que ante los niños lectores da fe de su filiación infantil por la antigua y legendaria historia del Flautista de Hammelin, misma que da por supuesto que todos los escuincles de la aldea global se saben de memoria (al derecho y al revés); pero además anuncia a los cuatro pestíferos vientos del recalentado planeta Tierra que tras ferviente y ardua investigación ha podido exhumar La verdadera historia del flautista de Hammelin

 
Ilustración de Alberto Celleti
     “Desde niño sentí gran admiración por el Flautista de Hammelin. El famoso personaje fue el favorito de mi infancia y el más admirado de todos los personajes de leyenda. Ya grande, me dediqué a averiguar su historia y a estudiar todos los detalles de su inolvidable y bella hazaña, gracias a la cual libró a la ciudad de Hammelin de la molesta plaga infantil. Consultando papeles y archivos muy viejos, logré, al fin, saber la verdad de los hechos y es esa la que les voy a contar ahora a mis pequeños lectores.”
La narración, y no sólo por la supuesta pátina germana del nombre de varios de los lugares y del zapatero, está imbuida por ese candor, atmósfera y efluvio europeo que deviene de los antiguos cuentos populares acuñados por tradición oral, generación tras generación, en el viejo continente del orbe occidental. Es decir, por antonomasia su ancestral abrevadero es la gran vertiente donde confluyen, entre otros, los cuentos urdidos por el francés Charles Perrault (1628-1703) y los compilados y transcritos por los alemanes hermanos Grimm: Jacob (1785-1863) y Wilhelm (1786-1859), mismos que en diferentes idiomas y variantes (incluidas las versiones cinematográficas de los más célebres) viven y bullen en los sueños y en la imaginación colectiva de los energúmenos y humanoides que pululan en el devastado globo terráqueo. 
Charles Perrault
     
Los hermanos Grimm
     
Robert Louis Stevenson, autor de
El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde (1886)
      Hans, el viejo zapatero de Alter, el pueblo donde arranca La verdadera historia del flautista de Hammelin, desprecia y odia a los alharaquientos escuincles. No tolera su presencia ni sus juegos ni sus voces ni sus gritos ni sus chillidos, mucho menos las bromas y preguntas con que suelen molestarlo en su taller de zapatero mientras él se esmera en su oficio. Así, tal ogro de ogros con doble identidad o secreto maleficio a la Jekyl y Mister Hyde, planea el exterminio de la peste, el feliz asesinato de todos los chiquillos de Alter. 

Ilustración de Alberto Celletti
  Hans, el viejo zapatero, les dice a los niños (y por todo el pueblo hace correr el rumor) de que el Miércoles de Ceniza (con lo cual revela que no tiene una pulga de beatería católica) “a la medianoche, en el horno del panadero”, les espera “la más rica variedad de exquisitos dulces y pasteles deliciosos y que podrían comérselos todos porque eran para ellos”. 
Ilustración de Alberto Celletti
  Una vez que los ruidosos y juguetones escuincles de Alter han escapado de sus casas y están adentro de la gran panza del horno, el viejo Hans tapa la entrada con ladrillos y cemento y prende el fuego con la leña que tenía dispuesta. “Dos días duró el horno ardiendo sin parar.” Con lo que el zapatero denota que en sus venas corre sangre nazi, de la peor y más nauseabunda estirpe asesina de judíos, negros, pieles rojas, zapatistas, mexicas y semejanzas por el estilo. 
Ilustración de Alberto Celletti
Thomas de Quincey
   Y como para que no sobre duda de que se trata de una variante más del asesinato considerado como una de las bellas artes —para decirlo con el sonoro título de las memorias que Thomas de Quincey (1784-1859) publicó en 1827 y en 1839—, la manada de chavalines queda convertida “en pequeños carbones en forma de cilindro”, y así “fueron guardados en el museo de la ciudad [y seguramente exhibidos en alguna sala erigida ex profeso] y poco a poco se fueron volviendo polvo y hubo que tirar el montón de hollín en que se habían convertido”. 
 
Ilustración de Alberto Celletti
       Luego de la quema de los niños en el horno, en Alter no hay protestas públicas ni pesquisas policíacas ni mucho menos castigo al exterminador (no lo despellejan vivo en el cadalso, por ejemplo, ni exhiben su cabeza en lo alto de una esquina de la iglesia), quien repleto de felicidad, relajado y sin ningún sentimiento de culpa, puede seguir chambeando en su taller de zapatero y paseándose en la plaza los días de descanso.
Esta imagen de ogro, tranquilo como vaca, que odia y asesina la plaga de niños, retocada en un lúdico y macabro cuento infantil, recuerda la legendaria imagen de ogro solitario de Jonathan Swift (1667-1745), el célebre autor de los Viajes de Gulliver (1726), quien además de detestar a los infantes, brindó instrucciones para su extermino, entendido como un supuesto acto de bienestar y justicia social. 
Jonathan Swift
 
Las niñas y Borges
       Al respecto, sigue diciendo Jorge Luis Borges de Jonathan Swift en su prefacio a los Viajes de Gulliver, compilado en su libro póstumo Jorge Luis Borges. Biblioteca personal (prólogos) (Alianza, Buenos Aires, 1988): “En 1729 publicó su Modesta propuesta para impedir que los hijos de los pobres fueran una carga para sus padres. Harto más atroz que los nueve círculos del Infierno, el plan propone la fundación de mataderos públicos donde los padres pueden vender a sus hijos de cuatro o cinco años, debidamente cebados para ese fin. En la última página del folleto señala que obra imparcialmente, ya que él no tiene hijos y ya es tarde para generarlos.”
Sin embargo, pese a su impecable crimen, el viejo Hans no disfruta muchos años de esa placentera paz. En las casas de Alter, poco a poco empiezan a nacer los horripilantes bebés y de nuevo comienzan los chillidos, los juegos de nunca acabar, y más tarde las risas y el espinoso y despreciable asedio de los niños en su taller de zapatero. Así, el viejo Hans se ve obligado a irse de Alter para siempre.
Ilustración de Alberto Celletti
   El viejo Hans fija su nuevo taller de zapatero en Halburg, un pueblo sobre el río Elba, cuya corriente lo atrae porque piensa que su rumor cubrirá el ruido de los chavales, pero resulta que los niños hablan y gritan más fuerte con tal de vencer el sonido de las aguas. 
 Cierto día Hans descubre una gran cueva cercana a Halburg, misma que le enciende la mecha de su instinto asesino. Así, de nueva cuenta le hace creer al total de la chiquillada que la noche del “próximo Miércoles de Ceniza los juguetes más hermosos del mundo iban a aparecer en el fondo de la cueva, a orillas del Elba; que eran un regalo para todos los niños de la ciudad, que para todos alcanzarían los juguetes y cada uno podría escoger los que más le gustaran, no importaba la cantidad.”
Ilustración de Alberto Celletti
     Cuando los niños de Halburg se hallan reunidos en el vientre de la cueva, el viejo Hans deja caer una gran roca y así tapa la entrada.
    Casi sobra decir que “Allí perecieron todos los niños de Halburg y una vez más Hans comenzó a vivir días de increíble y completa felicidad. Se recuerda todavía en Halburg los zapatos tan bellos y las botas tan finas que Hans fabricó allí, disfrutando de la ausencia de la infantil maldición que le había amargado tantos años de su vida.
“Pero otra vez, también, la dicha fue breve. Las canciones de cuna, los llantos y berridos de los nuevos bebés, vinieron a anunciar al pobre zapatero el final de su bienestar. En pocos años, de nuevo las preguntas de esas voces chillonas y destempladas llovieron sobre Hans para amargarle la vida y envenenarle hasta los días de descanso.
“Como ya estaba muy viejo, pensó que mejor sería partir hacia otra ciudad y probar allí fortuna. Fue así como se instaló en Hammelin, resignado ya a su suerte sin remedio.”
Ilustración de Alberto Celletti
      En Hammelin no tarda en aparecer la famosa plaga de ratones que acaba con los granos y quesos que la población había almacenado para el invierno. Es entonces cuando, según reza el canon que las abuelas no olvidan y cuentan, arriba el flautista que por “tres talegas de monedas de oro” ofrece acabar con los bichos. Así, bajo el hechizo sonoro de su instrumento, el flautista conduce al precipicio a los roedores que infestaron Hammelin y mueren ahogados en el río. 

Ilustración de Alberto Celletti
  Pero el malvado Hans, experto en tretas asesinas, que ya había visto en otros pueblos la terrible escena vengativa del flautista si le negaban el pago de sus servicios exterminadores, y puesto que además sabe que las monedas de oro están guardadas en una caja fuerte oculta tras un armario que se halla en la alcaldía, mientras todos duermen, se introduce en ésta, y con sus ya probadas dotes de albañil, levanta un muro que cubre el sitio donde se guarda el dinero. 
 
Ilustración de Alberto Celletti
       Cuando al día siguiente los habitantes de Hammelin tienen que pagarle al músico, sólo encuentran “un muro viejo, sin rendija ni señal de esconder nada. Aterrados, pensaron ser víctimas de algún encantamiento, y así se lo explicaron al Flautista, que esperaba en la plaza.” Este se siente engañado y conjura su venganza: “Esa noche, a medianoche, recorrió las calles de la ciudad tocando en su flauta un aire que despertó a los niños y los condujo tras el Flautista, quien se dirigió al precipicio sobre el río y allí perecieron ahogados todos los niños de la ciudad.” 
Ilustración de Alberto Celletti
   Esto resulta ser el broche de oro de los horrorosísimos y espeluznantes crímenes del viejo y solitario zapatero (un auténtico asesino múltiple), pues constituye el preámbulo de su tranquila vejez y muerte de anciano sin remordimientos, respetado y querido por los lugareños (a imagen y diferencia de un padrino de la mafia siciliana): “Hans volvió a disfrutar de la dicha de una ciudad sin niños y fue tan afortunado que murió apaciblemente antes de que volvieran los incorregibles preguntones y los ruidosos organizadores de juegos y rondas en el parque. Toda la culpa cayó sobre el Flautista y nadie, jamás, pensó en relacionar la desaparición de las criaturas con el simpático zapatero del pueblo.”



Álvaro Mutis, La verdadera historia del flautista de Hammelin. Ilustraciones a color de Alberto Celletti. Serie EnCuento, CIDCLI/ CONACULTA. México, 1994. 28 pp.

Enlace a "Fiesta de los zapatos", canción de Cri-Cri interpretada por Cri-Cri (Francisco Gabilondo Soler).


jueves, 26 de septiembre de 2013

El último rostro




Los seres son iguales en el mundo entero



                                               Álvaro Mutis in memoriam 


Iturri, el capitán del Alción, uno de los protagonistas de La última escala del Tramp Steamer (Ediciones del Equilibrista, México, 1988), novela del poeta y narrador colombiano Álvaro Mutis (1923-2013), dice en forma concluyente, inapelable y lapidaria: “los seres son iguales en el mundo entero y los mueven iguales mezquinas pasiones y sórdidos intereses, tan efímeros como semejantes en todas las latitudes”.
Álvaro Mutis
     
(Ediciones del Equilibrista, México, 1988)
        Tal conclusión escéptica, pesimista, corrosiva, lúcida y sin esperanza (quizá diría el colombiano Eduardo García Aguilar) es la que permea y unifica, también, a “La muerte del estratega”, “El último rostro”, “Antes de que cante el gallo” y “Sharaya”, los cuatro cuentos que Álvaro Mutis reunió en El último rostro, libro impreso en Madrid, en 1990, por Ediciones Siruela, dentro de la serie Libros del tiempo.

(Siruela, Libros del Tiempo núm. 14, Madrid, 1990)
         Otro ingrediente unificador, tan significativo como lo dicho, lo cifra el epígrafe del relato homónimo del libro, atribuido, de un modo cervantino y borgeano, a un apócrifo “manuscrito anónimo de la Biblioteca del Monasterio del Monte Athos, siglo XI”; la inscripción (cuasi pétreo epitafio) reza: “El último rostro es el rostro con el que te recibe la muerte
”.
       
El domingo 22 de septiembre de 2013, en la Ciudad de México,
el escritor colombiano Álvaro Mutis falleció a los 90 años.
        En este sentido, casi sobra decir que en cada una de las cuatro narraciones se da noticia de un rostro que dibuja sus últimos rasgos.

Quizá no asombre que Jorge Luis Borges se haya referido a “La muerte del estratega” como “uno de los relatos más hermosos que he leído en mi vida”. Escrito bajo el influjo de Vidas imaginarias (1896), del francés Marcel Schwob (1867-1905) —el cual, junto a La cruzada de los niños (1894), también influyó en la urdimbre de los relatos reunidos por Borges en Historia universal de la infamia (Tor, Buenos Aires, 1935)—, “La muerte del estratega” narra los trasfondos íntimos que vivió Alar el Ilirio, estratega de la Emperatriz Irene en el Thema de Lycandos, los cuales impidieron que se le canonizara junto a un grupo de cristianos que perecieron emboscados por los turcos en arenas sirias.
Biblioteca Personal de Jorge Luis Borges núm. 36
(Hyspamérica, Buenos Aires, 1985)
     
(Tusquets, Cuadernos marginales núm. 13, Barcelona, 1984)
     
(Tor, Col. Megáfono núm. 3, Buenos Aires, 1935)
         Alar el Ilirio encarna un modelo de escéptico que sirve con fidelidad y frialdad a los vaivenes e intrigas, fanáticas e inquisidoras, de un imperio y una fe religiosa que cuestiona en su fuero interno:

“Hemos perdido el camino hace muchos siglos y nos hemos entregado al Cristo sediento de sangre, cuyo sacrificio pesa con injusticia sobre el corazón del hombre y lo hace suspicaz, infeliz y mentiroso. Hemos tapiado todas las salidas y nos engañamos como las fieras se engañan en la oscuridad de las jaulas del circo, creyendo que afuera les espera la selva que añoran dolorosamente”.
El estratega, por sus intrínsecas reflexiones, es uno de los personajes más perspicaces y desilusionados del libro El último rostro. Su vida, pese a ser un guerrero que encabeza y comanda un ejército, es casi monacal, desprendida de los placeres y bienes mundanos, y físicamente alejada de las miserias e intrigas de la corte, pese a que sirve a éstas. Su conciencia del vacío es su secreto mejor guardado. Y la aceptación de su nada es el íntimo estoicismo que todos interpretan como reflejo de una religiosidad extrema.
Alar el Ilirio piensa y filosofa que “con el nacimiento caemos en una trampa sin salida”, “que cualquier comunicación que intentes con el hombre es vana y por completo inútil”. Sin embargo, a imagen y semejanza de los grandes románticos, llega a decir: “Ana es, hoy, todo lo que me ata al mundo”; “Con ella he llegado a apresar, al fin, una verdad suficiente para vivir cada día”.
Certidumbre y pasión amorosa que se encamina a un clásico final trágico y evanescente, cuando las coyunturas que se urden en la cumbre del Imperio lo distancian para siempre de su amada. No le queda más remedio que cumplir como todo un héroe por los cuatro costados: orquesta una batalla que lo conducirá, con celeridad, al silencio honorable y redentor de la muerte.
Algo parecido ocurre en “El último rostro”, el cuento que incitó a Gabriel García Márquez a escribir la novela El general en su laberinto (Diana, México, 1989). Guiado por el coronel Napierski, el lector asiste a Pie de la Popa, “una fortaleza que antaño fuera convento de monjas”, donde Simón Bolívar, el Libertador y héroe marmóreo de cinco naciones, vive sus últimos días mientras da cuenta de su desencanto ante las ruindades, intrigas y traiciones que definen “lo irremisible y propio de toda condición humana”; lo cual se puede resumir con sus propias palabras:
(Diana, México, 1989)
       “¡Qué poco han valido todos los años de batallar, ordenar, sufrir, gobernar, construir, para terminar acosado por los mismos imbéciles de siempre, los astutos políticos con alma de peluquero y trucos de notario que saben matar y seguir sonriendo y adulando!”

Sólo el amor que llega oculto en una carta que le envía una ecuatoriana que otrora lo amó y salvó su vida, lo anima por unos instantes y hace reverberar la juventud de su moribundo corazón.
“Antes de que cante el gallo”, el tercer cuento, parodia el surgimiento de Jesús y los doce apóstoles. La narración, situada en un contexto entonces y todavía actual, portuario y latinoamericano, expone dos asuntos entretejidos.
Uno es la infamia (delirante y esquizofrénica) del Maestro y sus discípulos (una secta pseudorreligiosa) cifrada en la siguiente frase con que el heresiarca fustiga y amonesta a sus acólitos (y que ineludiblemente lo implica y refleja): “Todos son unos cerdos que siguen revolcándose en la inmundicia en que nacieron”.
El otro es el hecho de que retornan a un puerto sitiado por una mafia que controla todos los poderes: la alcaldía, la policía, las compañías navieras, que vigila y observa las juntas e impide las manifestaciones, y que ha impuesto líderes sindicales vendidos a los patrones mercantes; la cual, para intimidar y disuadir a las avanzadas extremistas y la agitación de los trabajadores, no duda en hacer uso de la secta en calidad de chivos expiatorios.
Cuando la policía, con saña y sadismo, tortura al Maestro (cuya psicosis y egocentrismo lo obligan a convertirse en mártir), éste refrenda ante Pedro, su discípulo preferido, que lo negaría tres veces antes de que cantara el gallo.
Y “Sharaya”, el cuarto cuento que cierra el presente libro de Álvaro Mutis, narra, en forma alterna, el último monólogo interior del Santón de Jandripur (especie de pueblo hindú) y el sangriento arribo de un ejército invasor.
El monólogo del Santón, a imagen y semejanza de los invisibles y fugaces rescoldos de un solipsista que se “sueña descubriendo las pistas secretas de su destino”, hace evidente su anquilosamiento, estrechez y oquedad (“Un tiempo sin cauce como un grito sin voz en el blanco vacío de la nada. Lo llaman vida, presos en sus propias fronteras”), escepticismo (“eres tan miserable y tan pobre como ellos”) e incurable y laberíntica desesperanza (“Ellos mismos traen un nuevo caos que también mata y una nueva injusticia que también convoca a la miseria”).
Así, tanto su largo y lento suicidio-meditación, como la carencia de escrúpulos de los soldados que lo asesinan y de la mujerzuela que fornica con ellos, y el olvido al que lo arrinconara la avaricia e hipocresía del pueblo, no son más que imperceptibles e infinitesimales pedúnculos umbelíferos que corrieron, se propagaron y fundieron como el polvo “por el piso indiferente del pobre astro muerto viajero en la nada circular del vacío que arde impasible para siempre para siempre para siempre”.


Álvaro Mutis, El último rostro. Colección Libros del Tiempo núm. 14, Ediciones Siruela. Madrid, 1990. 106 pp.