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domingo, 5 de noviembre de 2017

Los primeros hombres en la Luna

Náufrago en aquel inmenso mar de agitada entomología

De 1901 data la primera edición en inglés de Los primeros hombres en la Luna (The first men in the Moon), celebérrima y fantástica novela de aventuras y ciencia ficción del escritor británico Herbert George Wells (1866-1946) —varias veces recordada por Jorge Luis Borges—, donde hay una mínima y elíptica alusión a las no menos célebres novelas del escritor francés Julio Verne (1828-1905): De la Tierra a la Luna (De la Terre à la Lune, 1865) y Viaje alrededor de la Luna (Autour de la Lune, 1870). Lo cual evoca el influjo que esos libros ejercieron en la lúdica imaginación del cineasta Georges Méliès (1861-1938) para crear su ultracelebérrima y caricaturesca película Viaje a la Luna (Le voyage dans la lune, 1902). Baste recordar en el filme, sobre lo que concierne a Verne, la nave que transporta a los estrafalarios y locuaces astrónomos: una especie de rudimentaria, enorme y hueca bala metálica (construida por operarios que golpean y laboran sobre un yunque y sobre el metal de la estructura) que es disparada por un descomunal cañón tras encender la mecha con un largo mechero; y en lo que corresponde a Wells: las cavernas de la Luna, la exuberante vegetación lunar en la que descuellan los enormes hongos, y las características físicas de la tribu de selenitas (en particular sus manazas semejantes a pinzas y sus ojos parecidos a los ojos de las aves) y sus rupestres lanzas, quienes incluso llevan prisioneros a los terrícolas, con las manos atadas por detrás, frente a su monarca: una especie de Gran Lunar apoltronado en su trono, rodeado por la guardia real (armada con lanzas) y por edecanes (quizá concubinas) de apariencia terrestre. 
Fotograma de Le voyage dans la lune (1902)
        Traducida al español por Jaime Elías y publicada en Barcelona, en 1971, por Plaza & Janés en la extinta colección de libros de bolsillo: Rotativa, Los primeros hombres en la Luna —la novela de H.G. Wells que incidió (con el conjunto de su obra) en que la Unión Astronómica Internacional le otorgara su nombre a un cráter de la Luna—, se divide en veintiséis capítulos con títulos y números romanos (impresos con liliputiense tipografía y salpimentados con algunas erratas, sin duda implantes de algún chocarrero duende lunar con rostro de hormiga alienígena). La novela es un supuesto relato testimonial escrito y contado por un tal Bedford; y en el decurso narrativo se distinguen dos momentos. En el primero, el tal Bedford, que es británico, se halla en Italia, en Amalfi, donde rememora y relata cómo recién llegado a Lympne —pueblo del condado de Kent, en Inglaterra— conoció a un tal Cavor (un peculiar científico e inventor), y cómo con él realizó un inesperado y sorprendente viaje a la Luna (poco después de que el 14 de junio de 1899 quedara descubierta la fórmula exacta para elaborar la cavorita) y cómo regresó solo a la Tierra, cayendo la esfera (el vehículo en que se transportaron a la Luna) en las aguas del Canal de la Mancha, cuya marea la lleva flotando a la playa de Littlestone, en el condado de Kent, donde, con el aspecto de un desaseado y hediondo salvaje en harapos, se hospeda en el balneario; y, para que un acreedor no lo localice y así no pagarle nada, con el apellido Blake  —neurótico, imperativo y gritón— contrata el depósito, en el Banco de New Romney, de las pesadas barras de oro y las cadenas del mismo metal que trajo de la Luna. Luego, tras perder la esfera que ideara y construyera Cavor (un chiquillo travieso la activó y se fue en ella), se traslada a Amalfi, donde escribe el relato (homónimo de la novela de H.G. Wells), el cual publica por entregas en el Strand Magazine. De Amalfi se va a Argel. Y después de seis meses de estar allí, Julius Wendigee, un lejano y borroso ingeniero electricista holandés que al parecer leyó la historia escrita por Bedford, se pone en contacto con él porque “estaba recibiendo, día tras día, un mensaje fragmentario en inglés, que sin duda procedía de Cavor, desde la Luna”.

(Plaza & Janés, Barcelona, 1971)
       Esto es así porque Julius Wendigee posee un pequeño observatorio en San Gotardo, en Suiza, “en la falda del Monte Rosa”, donde “estaba haciendo experimentos con ciertos aparatos semejantes a los que Tesla utiliza en Norteamérica en sus intentos de descubrir algún método de comunicación con Marte”. Según reporta Bedford: “Mr. Wendigee recibió el primer mensaje cuando se hallaba ocupado en una investigación completamente distinta. El lector recordará, sin duda, el estado de excitación en que se sumió el mundo a principios de siglo, cuando Nikola Tesla, el célebre electricista americano [de origen serbio], anunció que había recibido un mensaje de Marte. Esta declaración atrajo de nuevo la atención pública a un hecho que, desde tiempo atrás, había sido familiar a los hombres de ciencia, es decir, al descubrimiento de que desde algún punto desconocido del espacio llegan continuamente a la Tierra ondas electromagnéticas, totalmente semejantes a las utilizadas por Marconi para su telegrafía sin hilos. Además de Tesla, otros muchos investigadores han estado perfeccionando aparatos para recibir y registrar vibraciones, aunque muy pocos se atreven a afirmar que son mensajes procedentes de algún lugar extraterrestre. Pero entre esos pocos debemos contar a Mr. Wendigee, que desde el año 1898 se había consagrado casi enteramente a este asunto, y que, por ser hombre de abundantes medios pecuniarios, ha erigido un observatorio en la falda del Monte Rosa, en una situación perfectamente adecuada para tales observaciones.”

Nikola Tesla
(1856-1943)
Según apunta Bedford, apenas han transcurrido dos años desde que Cavor se quedó en la Luna (con los secretos para elaborar la cavorita y la esfera). Y él y Julius Wendigee, antes de una última interrupción y silencio final de Cavor (se disponía a transmitir la fórmula de la cavorita), sólo recibieron “dieciocho largas descripciones lunares” (marconigramas en código Morse, se infiere, dado que utilizó “la clave usual en telegrafía”), que son fragmentarias e interrumpidas, de las que ambos, “el próximo mes de enero”, publicarán “una edición completa y con anotaciones”, “junto con una detallada descripción de los instrumentos empleados”, que será un “informe completo y científico”, del cual Bedford, para los atónitos, boquiabiertos, estrábicos y sedientos lectores, hace “un resumen”. En este sentido, el segundo gran momento de la novela lo conforman las fragmentarias, pero minuciosas descripciones y observaciones que en primera persona hace Cavor sobre el maravilloso e increíble orbe multitudinario descubierto en el laberíntico y cavernoso interior de la Luna; reportes apostrofados con los comentarios, abreviaciones, síntesis, discrepancias e ironías de Bedford.

Guillermo Marconi
(1875-1956)
  Pese a que Bedford declara sobre su relato: “he adulterado muy poco la verdad y no he suprimido nada”, desde el inicio de la historia no tiene escrúpulos ni rubor en aludir y exhibir su naturaleza pícara y oportunista, incluso inmoral (quizá porque Wells quiso esbozar un estereotipo de esas características), propia de alguien que busca el monopolio de la riqueza y del poder en un santiamén (haiga sido como haiga sido). “Mágico metal que da a su poseedor el dominio sobre los demás hombres”, dice exultante del oro descubierto en la Luna (donde abunda), del que se hubiera traído todo lo posible y luego regresado por más y más; y quizá desencadenado entre la caterva de insaciables y codiciosos terrícolas una belicosa fiebre del oro lunar, y tal vez una quimérica traslación del mito del Dorado. 

     
Cartel alemán de La mujer en la Luna (1929
       Por otra parte, valga la digresión, la existencia de ese oro lunar imaginado por H.G. Wells quizá influyó en el leitmotiv del argumento de La mujer en la Luna (Frau im Mond, 1929), largometraje silente, del expresionismo alemán, con cierta comicidad, intriga y melodrama amoroso, dirigido por Fritz Lang (1890-1976), con guion de él y Thea von Harbou (1888-1954), donde un anciano y empobrecido astrónomo dio, hace 30 años, el jueves 17 de agosto de 1896, una conferencia ante el Congreso Astronómico Internacional en la que expuso su Hipótesis sobre el contenido aurífero en las montañas de la Luna, la cual suscitó burlas y risotadas. Para el caso, hay que destacar que el cohete para el viaje a la Luna se logra construir no sin la intromisión y coacción delincuencial de un consorcio mafioso que pretende el monopolio del mercado del oro lunar, por ende entromete en el proyecto a un agente suyo hábil para los disfraces (viaja con facha de militar nazi y pelo parecido al de Hitler), quien hace el aventurado viaje con el grupo de cosmonautas: el anciano astrónomo (que lleva en una jaula a su adorada ratoncita), el ingeniero que diseñó la nave espacial, el ingeniero amigo de éste (jefe de los Astilleros Aéreos Helius) y su bella prometida (que es astrónoma), y un chiquillo polizón con fantasías de astronauta. 

     
Fotograma de La mujer en la Luna (1929)
         Para el caso, vale destacar que entre las historietas que lleva el niño hay una donde se lucha contra vacas lunares. Que en las profundidades de la Luna 
“el astrónomo W.H. Pickering, director del Observatorio Astronómico de Mandeville, en Jamaica, cree haber observado enjambres de insectos”. Y que Helius, el apellido del constructor de la nave espacial (y propietario de los Astilleros Aéreos Helius), tiene una notable y reveladora asonancia con la palabra “helio”, que es el elemento clave para la elaboración de la cavorita, que, según la lega y postrera información que reporta Bedford, se lo enviaron al científico desde Londres en tarros de porcelana herméticamente cerrados”. Según comenta Bedford: Ha habido dudas sobre este punto, pero yo estoy casi seguro de que era helio lo que le enviaban desde Londres en tarros de porcelana. Se trataba, ciertamente, de algo gaseoso y tenue. Si yo hubiera pensado en tomar apuntes...
Bedford, sin conocimientos científicos ni formación científica, llegó a Lympne huyendo de sus malos negocios y de un acreedor y rentó, por tres años, “un hotelito” (en realidad una casa) donde se dispone a escribir un libreto teatral que le dé dinero. En ese neurótico quebradero de cabeza se halla cuando a través de la ventana observa la singular figura de Cavor, que le resulta molesta e irritante (“¡Maldito sea!”, piensa, “¡Cualquiera diría que está ensayado para convertirse en marioneta!”) y a quien se le acerca para ahuyentarlo de ahí (como si fuera una fastidiosa y golosa mosca) y después para incluirlo como “personaje cómico-sentimental” de su obra. Según Bedford, “Era un individuo de baja estatura, grueso de cuerpo y flaco de piernas, que se movía con ademanes espasmódicos. A su extraordinaria imaginación le había parecido conveniente adoptar como indumentaria una gorra de cricket, chaqueta, pantalón corto y calcetines de ciclista [atavío del día a día con que luego viaja a explorar la Luna; no obstante, en un reporte dice que los calcetines eran ‘de jugar golf’]. Era una fortuita concurrencia de prendas, cuya causa nunca me fue conocida. Gesticulaba con brazos y manos, sacudía la cabeza de un lado a otro y zumbaba. Zumbaba como si fuera un instrumento eléctrico. Nunca he oído un zumbido semejante. Y de vez en cuando se aclaraba la garganta haciendo todo el ruido posible.”
(George Newnes & Co., London, 1901)
        El caso es que de visita en la casona del científico (quien quiere comprarle el “hotelito” al recién llegado para que lo deje a sus anchas en sus cotidianos paseos y meditaciones por el rumbo), el aspirante a dramaturgo descubre que Cavor, pese a “su aspecto de loco”, tiene su vivienda convertida en taller y laboratorio (casi de alquimista y ciencias ocultas), donde trabaja con el auxilio manual de tres ayudantes adiestrados y dirigidos por él; y que su objetivo inmediato es fabricar una “sustancia opaca a la gravitación valiéndose de una complicada aleación de metales y de algo nuevo”. Oyendo al científico (quien parlotea hasta la saciedad para pensar y oírse a sí mismo y por carecer de alguien que comprenda sus conocimientos y pesquisas), Bedford entrevé las múltiples posibilidades para aplicar y capitalizar la sustancia que luego llaman cavorita. Según dice, “Después de mi primera visita a aquella casa, no recuerdo haber dedicado a mi drama una hora completa de trabajo. Parecía que no existían límites para los alcances de tal sustancia; cualquiera que fuese el objeto al que imaginara aplicarla, me hacía pensar en milagros y revoluciones. Por ejemplo, si uno deseaba alzar un peso, por enorme que fuese, con sólo poner debajo de él una lámina de aquella sustancia, podría levantarlo como una paja. Mi primer impulso natural fue aplicar este principio a cañones y acorazados y a todos los materiales y métodos de guerra; de aquí pasé a la navegación mercante, a la locomoción, a la construcción y a todas las formas concebibles de la industria humana. La casualidad que me había conducido a la misma cuna de los nuevos tiempos —porque el descubrimiento marcaría una época— era una de esas casualidades que se presentan una vez cada mil años. El asunto se desarrollaba, se extendía, se concretaba. Entre otras cosas vi en ello mi retorno a los negocios. Vi ya creada una compañía principal y compañías secundarias, patentes a la derecha, patentes a la izquierda, sindicatos, privilegios y concesiones que brotaban y se esparcían hasta que una vasta y magnífica compañía Cavorita manejaba y gobernaba al mundo. ¡Y yo estaba mezclado en ello!” 

H.G. Wells (c. 19005)
        Bedford —ambicioso y megalómano y frotándose las manos— empieza a hablarle al científico dando por hecho que él ya es parte angular e imprescindible del proyecto. Abandona la escritura de su drama y se propone ayudarlo en la fabricación y capitalización del negocio, pues según dice, Cavor “pensaba como un niño”; sólo pensaba que “Si llegaba a fabricar la materia, pasaría a la posteridad con el nombre de Cavorina o Cavorita”; que se le otorgaría un título de “Miembro de la Real Sociedad de Ciencias” y que “su retrato aparecería en La Nature”. Según supone Bedford, “su invento hubiera sido desdeñado o sólo apreciado a medias, como otros descubrimientos de no pequeña importancia que los hombres de ciencia han regalado al universo”. (Para el caso, el modelo de ese lugar común podría ser el Nikola Tesla de la vida real.) De modo que, apunta, “Me puse en pie de un salto y comencé a recorrer la habitación de un lado para otro gesticulando como si [el científico] tuviera veinte años. Intenté hacerle comprender sus deberes y responsabilidades. Le aseguré que podríamos adquirir suficientes riquezas para poner en práctica cualquier clase de revolución social, que podríamos ser poderosos y dar órdenes en el mundo entero. Le hablé de compañías, patentes y garantías para mantener el secreto de nuestras fórmulas. Todo esto le resultaba tan incomprensible como sus matemáticas lo habían sido para mí. En su rubicunda cara se retrató la perplejidad. Balbuceó algo sobre su indiferencia hacia las riquezas, pero refuté sus palabras. Tenía que hacerse rico, y de nada servirían sus titubeos.”

Casi como si se tratase de una receta mágica y se hubiera cocinado a fuego lento en el oculto caldero del brujo (con gorro de cucurucho y larga túnica estampada con estrellas, cometas y mediaslunas), la fórmula exacta de la cavorita queda descubierta al producirse, por accidente, una especie de gran explosión que hace despegar por los aires buena parte de la casona del científico (e incendia el resto), cuyo estruendo y onda expansiva provoca destrozos de árboles, fauna y casas del entorno (seguramente habitadas); incluso Cavor, que caminaba rumbo a la casa de Bedford, sale volando y dando piruetas por el espacio, y antes de caer con maromas e indemne en un bosquecillo sigue pensando “en resolver ciertos interesantes problemas relativos a una máquina de volar”. Esto implica y transluce un lado oscuro y antiético en el ideario del científico, pues para proseguir con sus indagaciones y planes sin pagar un solo clavo ni asumir la mínima responsabilidad por nada, Cavor escurre el bulto ante los daños causados (“por valor de miles de libras”, amén de las tácitas vidas) y le propone a Bedford, callar el meollo y atribuir los destrozos y las pérdidas a un supuesto ciclón. A esta indiferencia y frialdad se añade el menosprecio que hace de sus operarios (dizque “tres mártires de la ciencia”): “Mis tres ayudantes pueden o no haber perecido. De suyo, no tiene importancia. Si han muerto, la pérdida no es muy grande porque eran más trabajadores que inteligentes, y este prematuro acontecimiento es debido, seguramente, a su descuido del horno. Si no han parecido, dudo que tengan la inteligencia suficiente para explicar el asunto. También ellos aceptarán la historia del ciclón.”
Cavor, entonces, se instala en la casa de Bedford, donde reconstruyen el laboratorio y prosigue con su inventiva labor de Ciro Peraloca (la fabricación de la cavorita y la construcción de la esfera para viajar a la Luna) y a él se le añaden los tres operarios, quienes no murieron ni se perdieron más allá de la atmósfera terrestre (ídem la celebérrima y legendaria perra Laika) por haber ido a la taberna a discutir sus responsabilidades en los menesteres del horno.
La perra Laika en una estampilla rumana de 1959
La leyenda dice: Laika, primera viajera al Cosmos
          Desde su óptica, Bedford narra los incidentes y los pormenores del despegue de la esfera, del viaje a la Luna y del alunizaje en el fondo de un cráter: “Nos hallábamos en un enorme anfiteatro, una extensa planicie circular que constituía el fondo del gigantesco cráter. Sus muros rocosos nos rodeaban por todas partes.” (De ahí las mil y una razones por las que un cráter de impacto situado en la cara oculta de la Luna haya sido bautizado con el nombre de H.G. Wells —justo al sureste de éste se localiza un cráter de impacto de menor tamaño denominado Tesla, por Nikola Tesla—; bautizo que, curiosamente, contrasta con la idea de Bedford: “Algún día mandaré poner una inscripción en este lugar”.) 

     
Cráter lunar H.G. Wells
     
Cráteres lunares H.G. Wells y Tesla
         Al salir de la esfera, luego de que su respiración se adecúa al oxígeno y a la atmósfera de la Luna, entre lo que descubren descuella el hecho de que al dar un paso, con un solo impulso avanzan “siete u ocho metros” o “cosa de unos diez” (lo cual evoca las célebres “botas de siete leguas” que calzan Pulgarcito y Maese Gato), por ende vuelan con cada tranco y por instantes se quedan suspendidos en el aire y pueden observar lo que hay en derredor. A esto se añade la inestabilidad de la vegetación: crece con rapidez y sin cesar; fenómeno que sólo ocurre durante el caluroso día lunar y desaparece, con la totalidad de la flora, durante la helada y larga noche lunar. Intríngulis que incide en que pierdan la esfera y se esmeren por encontrarla. Y lo más sorprendente: observan una manada de carneros lunares y a un pastor selenita. Según dice Bedford del primer ejemplar de ese tipo de res: “El diámetro de su cuerpo sería de unos veinticuatro metros, y su longitud de unos sesenta. Sus flancos se elevaban y caían bajo el impulso de su fatigosa respiración. Observé que su gigantesco cuerpo se hallaba pegado al suelo y que su piel era de un color blanco que se hacía más oscuro en el lomo. No pudimos verle las patas.” “Por contraste con los carneros”, dice, “el selenita parecía un ser insignificante, una simple hormiga de un metro y medio de altura”. Y según él: “Nuestra primera impresión fue que aquélla era una criatura compacta y erizada, con muchas de las características de un complicado insecto: tentáculos en forma de látigos y un brazo que surgía de su reluciente y cilíndrico cuerpo. La forma de la cabeza quedaba oculta por un enorme yelmo provisto de innumerables puntas (más tarde descubrimos que utilizaban aquellas puntas para dominar a las reses indómitas). Un par de gafas de cristal oscuro, daban una apariencia de pájaro al artefacto metálico que le cubría la cabeza. Sus brazos no se proyectaban más allá del cuerpo, y andaba sobre unas piernas muy cortas, que aunque cubiertas con gruesas telas, a nuestros ojos terrestres nos parecieron extraordinariamente delgadas. Los muslos eran muy cortos, las tibias larguísimas y los pies pequeños.”

En la búsqueda de la esfera, llegan a una “zona circular que no era otra cosa que una gigantesca tapa que en aquel momento se deslizaba encima de la enorme abertura que cubría, y se introducía en una ranura preparada para ello.” Se trata, efectivamente, de un profundo pozo que conduce a un ámbito subterráneo donde se sucede y se oye una incesante actividad que apenas logran entrever y que a Cavor le hace pensar en “¡Fábricas...! Deben vivir en esas cavernas durante la noche y salir durante el día.” Lo que de inmediato recuerda la trágica división que, en La máquina del tiempo (1895), el viajero halla en el futuro del planeta Tierra (en el otrora ámbito londinense): dos razas y dos orbes contrapuestos: el Mundo Superior (donde son mantenidos y criados, como en granjas de lechones Pata Negra, los infantiles, angelicales, bellos, desmemoriados, fóbicos y tontorrones Eloi) y el Mundo Subterráneo, donde se pertrechan y agrupan los feos, malditos, sádicos, nocturnos, supersticiosos y carnívoros Morlocks, que algo saben de mecánica y procedimientos fabriles y por ende en sus oscuros linderos zumba maquinaria. Pero el caso es que en la Luna, si bien hay una serie de profundos pozos artificiales que conducen a un orbe subterráneo, cavernoso y laberíntico —carozo de la mazorca que intuye y deduce Cavor, y luego, sobre todo, descubre y reporta él en solitario— no hay en ella una sangrienta y feroz guerra de dos mundos antagónicos (pese a las armas que poseen), ni la guerra de un mundo que acosa y expolia a otro mundo más débil y vulnerable (tal y como hacen los Morlocks con los Eloi), sino algo distinto: un complejo y único orden social monárquico y entomológico (con visos absolutistas y totalitarios) evolucionado, multiplicado, macerado, cultivado y meticulosamente diseñado (con la incubación, el invernadero y el laboratorio) a través de la infinita e insondable noche de los tiempos, y una intrínseca y utilitaria idiosincrasia que rechaza la guerra y por ende la belicosidad del género humano les resulta peligrosa y adversa para su organismo. 
 
Le voyage dans la lune (1902)
Georges Méliès 
         En la infructuosa búsqueda de la esfera el hambre los agobia y, pese a ciertos reparos de Cavor, ambos ingieren una variedad de hongos anaranjados o amarillos que les causa una especie de embriaguez. En su tóxico delirio, Bedford no deja de fantasear con el leitmotiv de su ambición y megalomanía (y nunca lo hace ni lo hará): “Tenemos que anexionarnos esta Luna” “y dejarnos de tonterías. Esto es una parte de los dominios del hombre blanco. Cavor... nosotros somos... ¡hip...! unos sátra... unos sátrapas. Un imperio como el que Cesar nunca soñó. Lo pu... lo publicarán todos los periódicos. Cavorecia. Bebfordecia, Bebfordecia... ¡hip...! Sociedad limita. ¡Quiero decir...ilimitada...!” Pero ese hilarante y turbio episodio culmina cuando seis selenitas los descubren y encierran en una oscura y subterránea celda donde recuperan el sentido tras la inconsciencia de la borrachera. Les han quitado los zapatos; tienen las “chaquetas desabrochadas” y están encadenados “de pies y manos, extenuados y sucios, con una barba de tres centímetros y la cara ensangrentada y llena de arañazos”. Allí, de pronto, con una previa luz azul que ilumina la mazmorra, ven que un selenita ha ido a observarlos por unos momentos. Según dice Bedford, “Permanecimos en silencio, de espaldas a aquella extraña luz azul, mirando a un monstruo que parecía un engendro de Durero.” Ese espeluznante selenita es el primero que ven de cerca. En su breve estancia en la Luna, Bedford, con el científico, verá otros ejemplares de selenitas; pero sólo Cavor observará, en el asombroso y laberíntico interior de la Luna, toda una gama de múltiples formas y tamaños de selenitas (incluso minúsculos), cuya morfología y taxonomía de cada espécimen y serie de prototipos (ya originados través del proceso evolutivo y de adaptación biológica, o de una manera eugenésica, inducida y cultivada desde la incubación y el infantil criadero, o en el paréntesis del impasse y latencia del invernáculo, e incluso intervenida y diseñada con cirugía y en el laboratorio) corresponde a su función y trabajo en el complejo ecosistema y organigrama sociológico, industrial y arquitectónico de ese orbe orgánico, subterráneo y laberíntico que le hace pensar en la complejidad de una colmena y de un hormiguero, donde el epicentro de la vida, del pensamiento, de la filosofía y del poder es el monarca.
 
Selenitas (1902)
Dibujo de 
Georges Méliès 
        Según Bedford, ese primer selenita tenía el “cuerpo flaco y enjuto” y “la cabeza hundida entre los hombros. No llevaba puesto el casco ni las vestiduras que usaban en el exterior.” [...] “Saltaba como un pájaro, y al hacerlo sus pies caían uno delante del otro.” [...] “Aquello no parecía una cara, sino una máscara, un horror, una deformidad que de un momento a otro sería borrada o transformada en algo más normal. No tenía nariz, pero sí dos grandes ojos saltones situados uno a cada lado de la cabeza. Al ver su contorno recortado contra la luz, había imaginado que aquello serían las orejas. No tenía orejas... He intentado dibujar una de aquellas cabezas, pero no me ha sido posible conseguirlo. Tenía la boca curvada hacia abajo, como una boca humana en una cara que nos mirara con ferocidad.” [...] “El cuello sobre el que la cabeza descansaba tenía articulaciones semejantes a las que poseen los cangrejos en las patas. No pudimos ver las articulaciones de los demás miembros porque los llevaba envueltos en una especie de vendas que constituían su única vestimenta.” “¡Y aquello nos miraba fijamente!”
     En ese oscuro calabozo, Cavor infiere que los selenitas “son criaturas razonables”. Y puesto que allí “El aire es más denso”, supone que deben “estar a una profundidad de casi una milla de la superficie de la Luna.” Pero lo más sorprendente y relevante es que Cavor colige que “La Luna debe ser enormemente cavernosa y debe tener una atmósfera interior y un mar en el centro de la caverna”. (No se equivoca, vale adelantarlo; pero el lector sólo descubre lo extraño y las maravillosas minucias de ese mundo subterráneo al leer la transcripción y el resumen de sus postreros e interrumpidos reportes.) Y añade: “Sabíamos que la Luna tenía una gravitación específica menor que la de la Tierra, sabíamos que en su superficie exterior había poco aire y poca agua; sabíamos también que era un planeta semejante a la Tierra y que era inadmisible la idea de que su composición fuera diferente a la de nuestro planeta. La deducción de que está hueca hubiera debido resultarnos tan clara como la luz; no obstante, nunca se nos ocurrió pensar en ello. Kepler, naturalmente...” [...] “Kepler tenía razón con sus ‘subvolvani’” (sic).
   
Le voyage dans la lune (1902)
Georges Méliès 
         En la oscuridad de esa celda, Bedford y el científico discuten con rispidez, pero son interrumpidos por varios selenitas que les llevan de comer en unos recipientes metálicos. Ambos devoran la “materia blanquecina” que tal vez haya sido una especie soma o magma de carnero y hongos. Pero lo curioso es que los brazos que les sirven el alimento y les aflojan las cadenas para que coman, no terminan “en manos, sino en una especie de pinza carnosa, parecida al extremo de la trompa de un elefante”. Saciada esa imprescindible necesidad biológica, les vuelven a encadenar las manos, les aflojan la cadena de los tobillos y les sueltan la cadena que rodea su cintura. Y uno de los selenitas, el “más bajo y mucho más grueso que los demás”, para comunicarse con ellos, no hace uso de alguna línea o figura geométrica, como Cavor había pensado hacer recurriendo a las “proposiciones de Euclides”, sino de la más llana y elemental mímica. De modo que forman un cortejo (con visos policíacos o militares) para conducirlos, presos, a algún sitio. Según dice Bedford, “Vimos que cuatro de los selenitas que se hallaban inmóviles junto a la puerta, eran más altos que los demás y estaban vestidos del mismo modo que los que habíamos visto en el cráter, es decir, con yelmos redondos y puntiagudos, y con forros o cajas cilíndricas alrededor del tronco. Vimos también que cada uno de ellos llevaba una especie de lanza cuya punta era del mismo metal que las cazuelas. Los cuatro se nos acercaron, colocándose a ambos lados de nosotros mientras salíamos de la cámara en la que nos encontrábamos para entrar a la caverna de donde procedía la luz.”
   
Le voyage dans la lune (1902)
Georges Méliès 
       En ese trayecto, maniatados con cadenas y con grilletes en los tobillos y sin zapatos, observan una “vasta maquinaria en movimiento” que los impresiona, donde laboran maquinales selenitas que parecen enanos compenetrados en el mecanismo. Por lo que apunta Bedford, el lector infiere que con esa clase de ciclópea maquinaria (cuya función él no comprende) se produce la sustancia fosforescente y azul que corre por conductos e ilumina todos los vericuetos, pozos, túneles y cavernas del interior de la Luna; una sustancia que puede untarse en los pantalones del terrícola y delatar su presencia o hacer luminosos a los selenitas. Por lo que con posteridad observa y reporta Cavor en solitario —además de las “plantas fungoideas” (sic) que emiten luz brillante, “algunas muy parecidas a nuestros hongos terrestres, pero tanto o más altas que un hombre”—, en las inmediaciones del agitado y subterráneo “Mar Lunar” —que es “una región de fosforescencia” iluminada por arroyos y cascadas de agua azul que “corrían cada vez con más abundancia hacía el mar central”—, esas aguas azules “sin duda contenían algún organismo fosforescente”. Por ende puede deducirse que esa especie de organismos fosforescentes (microscópicos al parecer) son utilizados por los selenitas en la gigantesca maquinaria que observan por primera vez los patidifusos terrícolas. Según dice Bedford, “Por entre todas aquellas piezas [de la maquinaria] se movían diminutas figuras que nos parecieron algo distintas de los seres que nos rodeaban. Cada vez que los tres brazos de la máquina se hundían, se oía un gran estruendo, y por encima del cilindro vertical se desbordaba una sustancia incandescente que iluminaba el local y corría como corre la leche que hierve en una vasija. Aquella materia se derramaba después sobre un depósito luminoso situado debajo. Era una luz fría y azul, una especie de fulgor fosforescente pero infinitamente más intensa que la fosforescencia terrestre, y desde los depósitos en que caía corría por conductos a través de la caverna.” [...] “Tuf, tuf, tuf, hacían los grandes vasos del complicado aparato mientras la sustancia luminosa silbaba y se desbordaba. Al principio me pareció que la maquinaria tenía un tamaño razonable, pero al ver lo pequeños que parecían los selenitas que trabajaban en ella, comprendí la inmensidad de la caverna y del aparato.”
     Pese al interés intelectual que el científico expresa con ademanes  frente a la maquinaria y hablando a la Tarzán (trata de demostrar que son seres inteligentes y no animales), los selenitas hacen caso omiso, y a empellones y pinchazos de los lanceros los conducen hasta el límite de lo que parece un delgadísimo puente o “cuerda floja” sobre un abismo que deben cruzar a pata pelada, pese al vértigo que les suscita. (Posteriormente el científico deduce que los conducían al interior de un globo.) Mientras Cavor trata de conservar la cabeza fría, puesto que infiere que sus anfitriones son razonables y por ende de recíproco interés científico, Bedford, que logra liberar sus manos mientras avanzan, reacciona con voces agresivas ante los empujones y pinchazos; de modo que ante un segundo pinchazo, en lugar de obedecer y cruzar el puente, según dice, “Dirigí un potente puñetazo al rostro del selenita de la lanza. Al hacerlo tenía la cadena enrollada en la mano.” Entonces, para sorpresa suya y para la sorpresa de los boquiabiertos lectores, descubren la vulnerabilidad física de los selenitas y su nula habilidad para el combate cuerpo a cuerpo: “Mi puño pareció atravesarle. Su cara se aplastó como un merengue duro por fuera y líquido por dentro. Era como si hubiera golpeado a un enorme sapo. Su cuerpo salió disparado unos doce metros por el aire y cayó produciendo un ruido sordo. Quedé estupefacto, sin poder creer que un ser viviente ofreciera tan poca resistencia. Por un instante me pareció que todo aquello era un sueño.” 
   
Le voyage dans la lune (1902)
Georges Méliès 
         Tal asesinato suscita expectación en el corro y es el inicio de un episodio de violencia y acción: un lancero ataca a Bedford; éste lo confronta y termina aplastándolo con un pie, mientras los otros dos lanceros salen huyendo. Bedford libera de las cadenas a Cavor e inician el escape hacia la superficie de la Luna. En ese subterráneo trayecto, no exento de sorpresas y peligros, para el regocijo y la onírica ambición de Bedford, advierten que las cadenas que llevan son de oro. Cavor, por su parte, prosigue con sus casi certeras deducciones de raciocinador empedernido; según colige: “Su mundo central, su mundo civilizado, debe estar más abajo, en la profundas cavernas que rodean su océano. La región de la corteza, en la que nos encontramos, no es más que un distrito remoto, una zona rural. Estoy convencido de ello. Los selenitas que hemos visto, equivalen, en cierto modo, a los cowboys o a los obreros que trabajan en fábricas aisladas de los núcleos urbanos. El uso de estas lanzas (que probablemente utilizan para dirigir a las reses), la falta de imaginación que demuestran al creer que nosotros podemos hacer lo que ellos hacen [cruzar el delgado puente sin sentir vértigo, por ejemplo], su indiscutible brutalidad, todo parece indicar algo por ese estilo. Pero si soportáramos...”
       El caso es que trepan a un declive desde donde observan una caverna, iluminada por “tres arroyos de fluido azul”, en la que una clase de parlanchines selenitas “estaban descuartizando reses lunares, del mismo modo que la tripulación de un barco ballenero descuartiza las ballenas. Cortaban la carne a tiras, y en algunos de los cuerpos más lejanos aparecían ya desnudas las blancas costillas. El sonido que habíamos oído desde abajo, era producido por sus hachas. Un poco más lejos, una especie de vagoneta cargada de trozos de carne corría hacia arriba por el inclinado suelo de la caverna. Aquella enorme acumulación de cuerpos destinados a convertirse en alimento, nos dio la idea de la vasta población lunar.” Y más aún: Bedford ve que el mobiliario del matadero, el vehículo y las herramientas de esos matarifes son de oro.
   
Selenitas (1902)
Dibujo de 
Georges Méliès 
        Observando esa labor, unos lanceros les dan alcance por la grieta que subieron para llegar al declive y a través de una rejilla empiezan a atacarlos. Esto es el principio de otro episodio de violencia y acción (narrado con agilidad y visualidad por H.G. Wells) que culmina con una masacre de selenitas y la dispersión de una multitud. Con torpeza y poco tino, los pastores los acosan y atacan con sus lanzas y los carniceros con pequeños machetes. En la pelea, Bedford, que es herido sin grandes complicaciones (una jabalina le da en el hombro, la lleva clavada por unos instantes y luego se la arranca), se arma con dos palancas de oro (de “unos dos metros de longitud”) que los carniceros utilizan “para dar vuelta a las reses muertas” (que son las pesadas barras de oro con que luego regresa a la Tierra, ligeras para él en la Luna). Pero además de la especie de ballesta que lanzaba “una especie de jabalina”, los selenitas los agreden con “una de sus rápidas ballestas-ametralladoras” que disparaba “tres o cuatro flechas”. No obstante, ambos salieron indemnes de la escaramuza. Según dice Bedford:
    “Durante cosa de un minuto, aquello fue una verdadera matanza. Yo estaba demasiado furioso para tener compasión, y los selenitas demasiado asustados para defenderse. En realidad, ni siquiera llegaron a atacarme. Ebrio de ira, irrumpí entre aquellos insectos de cuero segando y golpeando a diestro y siniestro. A un lado y a otro saltaban pequeñas gotas pegajosas. Mis pies caían sobre cosas que se aplastaban, se hundían y me hacían resbalar. Los selenitas no tenían plan de defensa. Cierto que me lanzaron algunas flechas y que una me alcanzó en el brazo y otra en la oreja, pero eso no lo descubrí hasta más tarde, cuando la sangre tuvo tiempo de brotar y enfriarse.
    “No sé lo que hizo Cavor. Por mi parte, llegó un momento en que tuve la impresión de que el combate había durado un siglo, y de que se prolongaría para siempre; después, de pronto, todo terminó y no vi más que los cogotes de los selenitas, que subían y bajaban alejándose en todas direcciones... No había sido herido de gravedad. Avancé unos pasos, grité, y luego me volví. Estaba atónito.
    “Mis saltos me habían llevado al mismo centro del grupo, y todos habían echado a correr de aquí para allá intentando esconderse.
     “Sentí un enorme asombro y no poco orgullo ante el resultado del gran combate en que me había enzarzado. No pensé que lo que había descubierto era la inesperada debilidad de los selenitas, sino mi gran fortaleza. Me eché a reír estúpidamente. ¡Aquella Luna era fantástica!
    “Contemplé durante un momento los aplastados cuerpos de los selenitas que se retorcían desparramados por la caverna, y luego me precipité detrás de Cavor.”
    El caso es que logran escabullirse a la superficie de la Luna; y lo hacen cruzando pasadizos, cavernas y túneles, y subiendo y trepando por la espiral de un profundo pozo que, infiere Cavor, es el mismo que descubrieron al correrse la enorme tapa circular (orificio por donde salen y entran los selenitas y las reses lunares) y que además se prolonga hacia abajo hasta el abismal mar central, según infiere entre lo que oyen y entrevén tras el tamiz del resplandor azul. Afuera del hoyo es de día, pero se ven las estrellas y el sol y hace mucho calor; y descubren que buena parte de las selváticas “plantas habían perdido su tierno verdor, y que, ennegrecidas, secas y duras, se perdían de vista formando una espesa maraña sobre las rocas”. Según calcula Bedford, llevan en la Luna “Dos días de la Tierra, quizá” (y sólo han comido una vez, enfatiza); pero según calcula Cavor (cuyo cerebro bulle en reflexiones y deducciones no sólo al observar la posición de las estrellas) llevan allí casi diez días lunares: “El sol ha pasado su cenit y se inclina ya hacia poniente. Dentro de cuatro días o menos, empezará la noche lunar.” Dice y por ende contemplan “el avanzado otoño de la tarde lunar”. 
     En ese episodio Cavor decide la estrategia para localizar la esfera, necesaria para su perentorio regreso a la Tierra. Dando saltos, cada uno busca por distinto lado del cráter, luego de atar un pañuelo a un arbusto (el punto de partida y reencuentro). La búsqueda concluye cuando Bedford halla la esfera. Entonces empieza a localizar al científico; pero en lugar de encontrarlo ve tirada “la gorra de cricket que Cavor usaba” y “un pedazo de papel arrugado” con manchas de sangre, donde éste le dejó un mensaje, escrito de prisa con lápiz, en el que le dice que se hirió la rodilla (luego reporta que se fracturó la rótula) y por ende no puede correr ni arrastrarse, que lo persiguió y atrapó “una clase de selenitas completamente distinta”, y que no le han disparado ni hecho daño. Pero ante el repentino y vertiginoso hecho de que el cielo se nubla y se oscurece, baja la temperatura y empieza a nevar, Bedford da por perdido a Cavor; y, dando saltos que le parece “cada uno duraba siete siglos”, logra, con tropiezos y caídas, dirigirse hacia la esfera, introducirse en ella, atornillar la tapa y activarla, pese que ignora “el manejo de los registros” y a que “ni siquiera los había tocado en el viaje de ida”.
   
Borges y el aleph
       En el previo diálogo que el científico y Bedford sostienen antes de buscar la esfera para irse a la Tierra, descuellan dos pasajes. En uno —con una mezcla de conjetura y presagio (como si viera a través de un aleph borgeseano o la superficie y las minucias del interior del globo lunar comprimido en una mágica bola de cristal), donde también se reitera su prejuiciosa supremacía al menospreciar y minusvalorar a los trabajadores manuales— Cavor se lamenta y reflexiona sobre el subterráneo orbe que, supone (y casi no se equivoca), existe en el interior de la Luna: “[...] pero ya nunca tendremos ocasión de llevar a cabo lo que ha estado en nuestras manos hacer. Bajo nuestros pies hay un mundo. ¡Imagine lo que debe de ser ese mundo! ¡Recuerde aquella máquina, la inmensa tapa, el arroyo azul! Y esas cosas estaban situadas a gran distancia del centro; las criaturas que hemos visto y contra las que hemos luchado, no eran más que ignorantes campesinos, habitantes de las capas exteriores, patanes y labradores semejantes a animales. ¡Pero más abajo...! Cavernas bajo cavernas, túneles, construcciones, caminos... Este mundo debe abrirse y ensancharse haciéndose cada vez más grande y populoso cuanto mayor es su profundidad. No me cabe duda: debe descender hasta llegar al mar central que se agita en el mismo corazón de la Luna. ¡Figúrese sus negras aguas bajo el resplandor de las luces! ¡Eso, por supuesto, en el caso de que necesiten luces! ¡Las cascadas tributarias que se precipitan hacia el centro para alimentar ese mar! ¡Las mareas de su superficie, sus oleajes y temporales! Es posible que tengan barcos para navegar sobre él; acaso allá dentro haya grandes ciudades, regidas por un orden y una sabiduría superiores a los del hombre. ¡Y pensar que podemos morir aquí arriba, sin llegar a ver nunca a los dueños de todo esto! Podemos helarnos y morir aquí; el aire se congelará y entonces... Entonces nos encontrarán, encontrarán nuestros cuerpos inmóviles y silenciosos, encontrarán nuestra esfera perdida, y comprenderán al fin, demasiado tarde, todo el esfuerzo que con nuestra muerte se habrá desperdiciado en un desenlace estéril.”
    En el otro pasaje, con su conjetural perspectiva de oráculo, Cavor sopesa la desmedida ambición del género humano y su inextricable, intrínseca y consubstancial belicosidad, que supone trasladaría a la Luna y en consecuencia haría añicos la vida y el universo subterráneo de ese planeta (¡habría una guerra de los mundos!); lo cual Bedford (arquetipo de la índole predadora, racista y expoliadora del hombre y del corsario inglés con o sin patente de corso) reitera al termino de unos de sus comentarios entreverados entre los reportes de Cavor: “una extraña raza contra la que, inevitablemente, tendremos que luchar... Allí el oro es tan común como aquí el hierro o la madera...”. Intríngulis que —oyendo en el palacio real las explicaciones y relatos de Cavor sobre “las historia de las guerras terrestres”, sobre las poderosas armas y sobre el hecho de que para la “raza anglosajona” la guerra es “el acto más glorioso de la vida”— “el Gran Lunar, que es el dueño y Señor de la Luna”, también colige y lo horroriza, y por ende las misivas telegráficas del terrícola fueron vigiladas, interferidas y bloqueadas sin que él pudiera advertirlo ni impedirlo. Le dice Cavor a Bedford antes de separarse en busca de la esfera: “Yo fui quien encontró la manera de venir aquí, pero encontrar un camino no es siempre dominarlo. Si vuelvo a la Tierra con el secreto, ¿qué sucederá? No creo que pueda guardarlo durante un año, ni siquiera durante medio año. Más pronto o más tarde saldrá a la luz, y entonces... Gobiernos y Estados lucharán unos contra otros por venir aquí, lucharán entre sí y contra los habitantes de la Luna; mi secreto sólo servirá para aumentar los odios y multiplicar los motivos de guerra. Si revelo mi secreto, dentro de poco, dentro de muy poco este planeta quedará cubierto de cadáveres hasta lo más profundo de sus galerías. Hay muchas cosas que admiten dudas, pero ésta es indiscutible. Y, sin embargo, la Luna servirá de muy poco a los hombres. Porque, en resumen, ¿qué han hecho de su propio planeta? Convertirlo en campo de batalla, en el escenario de sus insensateces y locuras. Pequeño como es su mundo y corto como es el plazo de sus vidas, los hombres tienen demasiado que hacer en la Tierra para ocuparse de cosas nuevas. ¡No! La ciencia ha trabajado demasiado creando armas para ponerlas en manos del hombre. Ya es tiempo que suspenda esa labor. Que los hombres descubran el secreto por sí mismos... dentro de mil años. [...] Hemos empleado la violencia contra los habitantes de la Luna, les hemos demostrado de lo que somos capaces, y las perspectivas que ahora tenemos ante nosotros son las mismas que tendría un tigre que se hubiera escapado y hubiera matado a un hombre en Hyde Park. La noticia de nuestra actuación debe ir corriendo de galería en galería, hacia las regiones centrales... Después de haber visto nuestro comportamiento ningún selenita que esté en sus cabales nos permitirá que llevemos de nuevo la esfera a la Tierra.”
     

      Para trasladarlo de la superficie hacia abajo, los selenitas llevan a Cavor a bordo de un globo, que es un vehículo común entre ellos para bajar por los “pozos verticales” e ir y venir por los vericuetos de caracol, túneles transversales y cavernas de la Luna. (Algunos selenitas, además, para descender por los pozos usan paraguas como si fueran paracaídas.) Por órdenes del Gran Lunar, el soberano absoluto y el cerebro más grande y poderoso de la Luna, instalaron a Cavor en una celda, donde le asignaron dos mentores que de él aprendieron el inglés (pero no le enseñaron el habla selenita) y donde poco a poco ganó cierta libertad; misma que le sirvió para, con la anuncia de los selenitas, manipular sus “juguetes eléctricos” y el aparato con que hizo los envíos telegráficos (o marconigramas) a los terrícolas. Según supone Bedford, “En algún lugar de la Luna, Cavor debió tener acceso durante mucho tiempo a una gran cantidad de aparatos eléctricos, y es de creer que logró construir (quizá furtivamente) un artefacto emisor del tipo de los de Marconi.” No obstante, Bedford y Julius Wendigee, si bien captaron sus mensajes a través del “aparato detector de trastornos electromagnéticos” de éste, nunca lograron comunicarse directamente con él: nunca conversaron. Quizá por la preventiva y secreta interferencia utilizada por la invisible inteligencia selenita, que si bien permitió que Cavor enviara mensajes a la Tierra, acabó bloqueándolo e impidiendo que transmitiera la fórmula de la cavorita. Vale puntualizar, entonces, que el científico nunca supo quién recibía sus mensajes y cuál fue el destino de Bedford y de la esfera.
     
Cráter lunar Jules Verne
        Con sus parámetros y analogías terrestres, la descripción de las características de la fauna selenita que hacen Bedford y sobre todo Cavor (“aquí, una criatura mitad insecto y mitad vertebrado, por la menor gravitación de la Luna, logra alcanzar dimensiones humanas y ultrahumanas”, dice) sin duda se ubica en el inagotable abrevadero de la antigua tradición fantástica (incluso mítica) de todos los lugares y tiempos. 

  
Éduard Riou:
Voyage au centre de la Terre (1864)
      Y en el caso particular de las subterráneas cavernas y del mar en el centro de la Luna, al parecer hay un influjo del Viaje al centro de la tierra (Voyage au centre de la Terre, 1864), la celebérrima y popular novela de Julio Verne (punto de partida de varios filmes), pues en ésta, mucho antes de arribar al laberíntico y peligrosísimo límite de la subterránea y azarosa expedición, los tres exploradores —que hace 47 días descendieron por el cráter del Sneffels, un volcán en Islandia (y luego por una chimenea cuyo fondo se bifurca en dos linderos, etcétera)— descubren, iluminados por una subterránea y continua “aurora boreal” de extraño “origen eléctrico”, titánicas cavernas de granito, nubes, cascadas de agua dulce, copiosa vegetación (entre ella un bosque de colosales hongos), grandes huesos y enormes osamentas de animales “de la segunda época del mundo” (del mastodonte, del dinoterio, del megaterio), y un mar con marea, furiosas tempestades con rayos y truenos, y fauna marina (no sólo monstruosa, antediluviana y gigantesca, como el plesiosauro y el ictiosauro) entre la que se puede pescar arcaicos y extintos peces ciegos, y navegar en una magnífica almadía armada con “madera fósil” por el nativo guía (que incluso prepara un “delicioso moka”), y descubrir, en medio de ese océano, un solitario “islote volcánico” con forma de “inmenso cetáceo” en reposo, del que constantemente brota un sonoro y enorme géiser cuya agua tiene “un calor de 163°”. Y luego, tras cruzar ese mar en el que estuvieron a punto de irse a pique, el científico y su sobrino hallan una “vasta llanura de osamentas” de “animales prehistóricos”, incluidos fósiles intactos de hombres de la “época cuaternaria”; y más adelante un bosque sin sombras cuya gigantesca y pálida vegetación parece de la “época terciaria”; y luego ven, estupefactos, “un rebaño de mastodontes vivos”, custodiados por un rupestre y gigantesco “pastor antediluviano” que 
“Blandía con la mano un tronco enorme” a manera de cayado. Intacta y natural cápsula del tiempo de la que huyen despavoridos como si hubieran visto al Coco o al todopoderoso Diablo rojo con su amenazante tridente y con una pata de macho cabrío y la otra de gallo salvaje, y esa visión no fuera indicio de una tribu y quizá de una civilización primitiva, y como si no los animara la sapiente curiosidad ni el espíritu científico y expedicionario. De ahí que el joven Axel —la voz narrativa y oriundo de Hamburgo, quien al ver por primera vez esas colosales cavernas evoca “la gruta de Guachara, en Colombia,” y “la inmensa caverna de Mammouth [sic], en Kentucky”)— apunte atónito como si viera, con desmesurados ojos de plato y los pelos de punta, el paisaje de un planeta nunca antes visto por un infinitesimal terrícola: “Contemplaba silencioso tan grandes maravillas, faltándome palabras para transmitir mis sensaciones. Creía hallarme en algún planeta lejano, en Urano o en Neptuno, contemplando fenómenos de los que mi naturaleza terrenal no tenía conciencia. Nuevas sensaciones requerían nuevas palabras, que mi imaginación no me prestaba. Contemplaba, pensaba, admiraba con asombro algo mezclado de espanto.” 
     
Julio Verne
(1828-1905)
        Según se lee en la transcripción de Bedford:  
    “Este Mar Lunar —sigue Cavor— no es un océano estancado; una marea solar le empuja en perpetuo flujo hacia el eje lunar, y en sus aguas se desarrollan extrañas tormentas, hervores y agitaciones. A veces hay vientos fríos y truenos que ascienden por las populosas vías de esta especie de hormiguero. El agua de este mar sólo irradia luz cuando está en movimiento; en sus raros períodos de calma, es completamente negra. Por regla general, sus olas se alzan y se arremolinan formando en la aceitosa superficie grandes y espesas capas de espuma. Los selenitas navegan por sus cavernosos estrechos y lagunas en pequeños botes parecidos a las canoas terrestres; aún antes de mi viaje a las galerías que rodean al Gran Lunar, que es el Señor de la Luna, se me permitió hacer una breve excursión por estas aguas.
“Las cavernas y los pasadizos son muy tortuosos. Gran parte de esas vías sólo son conocidas por los más expertos pescadores y ocurre con frecuencia que los selenitas se pierdan en sus laberintos. Según me han dicho, en las regiones más remotas hay extraños animales, algunos de ellos terribles y peligrosos, a los que toda la ciencia de la Luna ha sido incapaz de exterminar. El más notable es el Rapha, inexplicable masa de tentáculos que al romperse en pedazos se multiplica; también está el Tzee, un animal velocísimo que nadie ha podido ver, tan sutil y repentinamente mata...” Bestezuelas lunares (amén de la estirpe de selenitas soñados por H.G. Wells) que tal vez deberían figurar en alguna nota o en algún pie de página de un célebre bestiario; por ejemplo, el Manual de zoología fantástica (1957) y El libro de los seres imaginarios (1967), etcétera.
[...]
Itiocentauro
(Tinta y acuarela sobre papel, 1983)
Obra de Francisco Toledo para el
Manual de zoología fantástica (FCE, 1984)
      “Esta excursión [sigue Cavor] me recordó lo que he leído acerca de las cuevas de Mammoth [se hallan en el centro de Kentucky, Estados Unidos]; si hubiera tenido luz amarilla en lugar de la eterna luz azul y un remero de apariencia terrenal en lugar de un selenita con cara de insecto, sentado en un extremo de la canoa, podría haberme imaginado que había vuelto a la Tierra de improviso. Las rocas que nos rodeaban eran muy variadas: a veces negras, a veces de un azul veteado, y en cierta ocasión brillaron y refulgieron como si hubiéramos entrado en una mina de zafiros. Por las oscuras aguas vi pasar y desvanecerse en las fosforescentes profundidades un gran número de peces también luminosos y fantasmagóricos. Luego, de pronto, tropezábamos con la corriente de uno de los canales de tráfico, con un desembarcadero o con uno de aquellos enormes pozos verticales.

“En un vasto espacio lleno de estalactitas, un grupo de selenitas se ocupaba en sus labores de pesca. Nos acercamos a una de las barcas y pude contemplar a aquellas criaturas de largos brazos en el momento en que sacaban una red. Eran seres pequeños y jorobados, de brazos muy fuertes, piernas cortas envueltas en tela, y caras arrugadas. Mientras tiraban de la red, ésta me pareció la cosa más sólida de la Luna; estaba terriblemente cargada, y tardaron mucho tiempo en extraerla porque en aquellas aguas los peces más grandes y exquisitos se hallan en el fondo. Los que la red había aprisionado salieron como sale a veces la Luna en el cielo terrestre, teñidos de un azul refulgente.
La Peluda de la Ferte-Bernard
(Tinta sobre papel, 1983)
Obra de Francisco Toledo para el
Manual de zoología fantástica (FCE, 1984)
  “Entre lo que habían pescado se hallaba un animal de muchos tentáculos y de ojillos malignos, que se agitaba ferozmente y cuya aparición fue recibida con gritos y murmullos. En el acto le hicieron pedazos valiéndose de unas pequeñas hachas que manejaban con movimientos rápidos y nerviosos. Una vez descuartizado el monstruo, sus miembros continuaron retorciéndose y azotando el aire de un modo amenazador. Más tarde, cuando caí presa de la fiebre, soñé una y otra vez con ese agresivo y furioso animal que surgió de las profundidades de aquel mar desconocido. Ése ha sido el más maligno y repelente de cuantos seres vivientes he conocido en este mundo interior de la Luna... 

   “La superficie de este mar debe hallarse a unas doscientas millas bajo la superficie de la Luna; he sabido que todas las ciudades de la Luna se levantan inmediatamente encima del mar central, en espaciosas cavernas y galerías artificiales como las que he descrito, y que se comunican con el exterior por enormes pozos verticales que desembocan invariablemente en lo que los astrónomos de la Tierra llaman ‘cráteres’ de la Luna. En el transcurso de las exploraciones que precedieron a mi captura, vi la plataforma que cerraba una de tales aberturas.” 
    El científico no reporta nada de las capas intermedias de la Luna, es decir, de los túneles, serpentinos pasadizos y cavernas que se hallan entre el mar central y la superficie lunar. Zonas que no conoce (con excepción de la celda en la que estuvo preso con Bedford y del matadero que ambos observaron); de ahí que sobre ellas el propio Cavor podría repetir: “Hasta ahora, mi conocimiento de estas cosas es el mismo que un zulú podría tener en Londres de las reservas de cereales en el Imperio Británico.” No obstante, para el científico la Luna “es una especie de esponja rocosa”: “Esta porosidad —dice Cavor— es en parte natural, pero se debe casi toda a la enorme industria de los selenitas en tiempos pasados. Los grandes montes circulares formados por rocas y tierra, constituyen en torno de los túneles los ‘volcanes’, como les llaman los astrónomos terrestres, engañados por su falsa analogía.”
    Vale observar, además, que en la pintoresca y utilitaria estratificación de la diversidad biológica y de la múltiple tipología selenita que reporta Cavor, desde la abundante y variada “clase obrera”, hasta los más complejos y complicados cerebros, cada espécimen  “Ama su trabajo y cumple, completamente feliz, las obligaciones que justifican su existencia” planificada, diseñada y ordenada en ese orbe único. 
   
Aldous Huxley
(1894-1963)
          Se trata, entonces y en cierto modo, de una especie de embrionaria anticipación orgánica, biológica, química, eugenésica, política, ideológica y social de la pesadillesca distopía terrestre, futurista y totalitaria de Un mundo feliz (Brave New World, 1932), la celebérrima novela de Aldous Huxley (1894-1963). 
Entre la variedad de tipos de selenitas destacan los “intelectuales”, “especie de aristocracia”, cuyas peculiaridades resultan lúdicas e hilarantes caricaturas de consabidos estereotipos de terrícolas; por ejemplo, el dibujante, el matemático y los eruditos, egocéntricos y abstraídos en su especialidad cultivada y premeditada desde su nacimiento, adaptación y desarrollo (lo cual comprende el gineceo, el parvulario, el laboratorio, la cirugía y los narcóticos). A los distinguidos y apapachados “intelectuales” pertenecen Phi-oo y Tsi-puff, los dos “fantásticos hombres-insectos”, “de grandes cabezas”, designados por el propio Gran Lunar “para vigilarle, estudiarle y establecer con él la comunicación verbal que fuera posible”, auxiliados por un dibujante y por un experto con “una enorme cabeza en forma de balón de fútbol” (que descifra “complicadas analogías”). Phi-oo pertenece a la clase de “los administradores” (“selenitas de considerable iniciativa y versatilidad”) y Tsi-puff a la clase de “los eruditos” (“depositarios de todos los conocimientos”), quien se convirtió en “el primer profesor lunar de lenguas terrestres”. No obstante, cuando Cavor por fin comparece y dialoga con el Gran Lunar, es Phi-oo quien hace el papel de traductor y Tsi-puff de instantáneo diccionario parlante. En este sentido, sobre “los eruditos” descuella una relevante singularidad que reporta Cavor: “es curioso observar que el ilimitado desarrollo del cerebro ha hecho innecesaria la invención de las ayudas mecánicas para el trabajo cerebral, que han sido siempre imprescindibles para el hombre. No existen libros, archivos, bibliotecas ni instituciones culturales. Todo conocimiento está almacenado en cerebros distendidos, del mismo modo que las hormigas melíferas de Texas almacenan la miel en sus abdómenes. El Archivo Histórico de la Luna y su Biblioteca Nacional, son colecciones de cerebros vivientes...”
   Así, cuando Cavor por fin es conducido ante al trono (en medio de un impresionante, masivo y alharaquiento cortejo y desfile) para acceder a la esperada “entrevista trascendental” con el Gran Lunar —“cuya caja craneana debía tener muchos metros de diámetro” y por ende una serie de criados en semicírculo le sostienen la cabeza y otros le riegan el “gran cerebro con un líquido refrescante”—, además de las ineludibles presencias de Phi-oo y Tsi-puff, los acompañan “un escogido grupo de sabias cabezas, una especie de enciclopedia viviente” que el Gran Lunar (con su cuerpo diminuto y “encogido y miembros de insecto, peludos y blancos”) puede consultar en un tris. Y que quizá en el actual (pero ya vetusto y arcaico) período del siglo XXI, esa poderosa “enciclopédica galaxia de sabios” hubiera sido sustituida por una minúscula terminal de la computadora más potente de la Luna y quizá del Sistema Solar.
   
Fotograma de Le voyage dans la lune (1902)
           Vale añadir, por último, que el curioso inventor y científico en medio del “inmenso hormiguero” —que es la masiva y abigarrada multitud de espeluznantes selenitas que asisten a la regia ceremonia— llega a sentirse horrorizado y fóbico como un “náufrago en aquel inmenso mar de agitada entomología”. No obstante, en calidad de “huésped de honor”, fue trasladado en un navío por los canales del mar central (con toda una comitiva cargada de objetos y lacayos) y luego sentado en una litera hacia la serie de excavaciones y cavernas que conforman el “palacio del Gran Lunar”. Pero lamentablemente para él es que en medio del fasto y de la regia y sonora pompa va a prosternase y a comparecer ante Su Graciosa Majestad con la risible pinta de un pestilente pordiosero desarrapado recién salido de la alcantarilla. Según reporta: “Debo confesar que todo aquello me hizo considerarme miserable e indigno. No estaba afeitado ni peinado (no tenía navaja de afeitar) y una enmarañada barba me cubría la boca. En la Tierra siempre me sentí inclinado a desdeñar toda exhibición de pulcritud que no fuese absolutamente necesaria, pero en aquellas excepcionales circunstancias, en virtud de las cuales era el representante de mi planeta y de la especie humana, hubiera dado cualquier cosa por llevar algo más presentable y artístico que los harapos que me cubrían. Había estado tan seguro de que la Luna no era habitable, que no había tomado ninguna precaución en este sentido. Iba vestido con una chaqueta de franela, calzón corto, calcetines de jugar al golf, manchados con toda la suciedad que puede encontrarse en la Luna; zapatillas (por cierto que había perdido el tacón de la izquierda) [deben ser zapatillas lunares, pues los zapatos terrestres se quedaron en la celda donde estuvo encerrado con Bedford], y una manta con un agujero en medio, por el que sacaba la cabeza. (Naturalmente, sigo vistiendo las mismas ropas.) Las barbas, que me habían crecido libremente, podían serlo todo menos una mejora en mi rostro, ya de por sí nada bello; en un flanco del calzón llevaba un gran roto que se veía perfectamente cada vez que me movía, y el calcetín de la pierna derecha persistía en caérseme, a pesar de mis esfuerzos por impedirlo. Me hago completo cargo del mal lugar en que mi aspecto dejó a la Humanidad, y si de algún modo hubiera podido hacerme más presentable, lo hubiera hecho. Pero eso no estaba en mi mano. Me las arreglé lo mejor que pude con la manta, envolviéndome en ella como si fuera una toga, y me mantuve tan erguido como me lo permitió el balanceo de la litera.”




Herbert George Wells, Los primeros hombres en la Luna. Traducción del inglés al español de Jaime Elías. Colección Rotativa, Plaza & Janés. Barcelona, 1971. 190 pp. 

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La mujer en la Luna (1929), largometraje silente dirigido por Fritz Lang (rótulos en español).

sábado, 4 de noviembre de 2017

La guerra de los mundos

Bajo el talón de los marcianos

I de III
El argentino Jorge Luis Borges (1899-1986) leyó en inglés la prolífica y polifacética obra del escritor británico Herbert George Wells (1866-1946). De ahí que lo haya antologado y prologado, en español, en dos libros pertenecientes a dos colecciones canónicas seleccionadas y dirigidas por él y su dedo flamígero de demiurgo mayor (que alguna poderosa empresa editorial del siglo XXI debería exhumar y editar para los remisos y sobre todo para las nuevas generaciones de lectores de habla hispana). Uno es La puerta en el muro, número 11 de la serie La Biblioteca de Babel, editado en Madrid, en 1984, por Ediciones Siruela, que compila los relatos: “La puerta en el muro”, “El país de los ciegos”, “El caso Plattner”, “La historia del difunto señor Elvesham” y “El huevo de cristal” (que es un pequeño, camuflado y perdidizo objeto alienígena donde, en su interior y en la obscuridad, se pueden observar imágenes que corresponden al planeta Marte y sus habitantes, y donde al unísono, desde allá, se ve el planeta Tierra como una reluciente estrella vespertina); del cual, en su prefacio, revela: “Dos elementos muy diversos hay en ‘El huevo de cristal’: la desvalida condición del protagonista y una imprevisible proyección que abarca el universo. A una vaga memoria de esas páginas debo mi cuento ‘El Aleph’.” El otro libro, editado en 1985 por Hysparémica, en Madrid y en Buenos Aires, es el número 14 de la serie Biblioteca Personal de Jorge Luis Borges y reúne a La máquina del tiempo (1895) y a El hombre invisible (1897), dos de las novelas más famosas y sucesivamente traducidas y reeditadas de H.G. Wells, uno de los angulares precursores de la ciencia-ficción de siglo XX; obras, de eufónicos títulos (explotados ad nauseam por la industria del cine), no menos célebres que La isla del Doctor Moreau (1896), La guerra de los mundos (1898) y Los primeros hombres en la Luna (1901).
H.G. Wells con su primer traje de etiqueta
(enero de 1895)
Foto en H.G. Wells (Circe, 1993),
biografía de Anthony West
       Abundan las dispersas y múltiples alusiones de Borges sobre la obra de H.G. Wells —entre las más notables descuella la que se lee en “La flor de Coleridge”, ensayo publicado el 23 de septiembre de 1945 en La Nación, periódico de Buenos Aires, luego compilado en su libro Otras inquisiciones (1937-1952) (Sur, 1952), donde también antologó a “El primer Wells”, ensayo que se autoeditó, en septiembre de 1946, en el número 9 de Los anales de Buenos Aires—. Y en la Revista Multicolor de los Sábados del diario Crítica de la capital argentina, Borges publicó tres cuentos de H.G. Wells traducidos por él: “El caso del difunto Mr. Elvesham” en el número 28 (febrero 17 de 1934), “Los distantes ojos de Davidson” en el número 41 (mayo 19 de 1934) y “El cono” en el número 58 (septiembre 15 de 1934). Y en la revista Sur se ocupó de su obra en cuatro artículos: “Wells, previsor”, en el número 26 (noviembre de 1936); “H.G. Wells y las parábolas”, nota en torno a The Croquet Player y Star Begotten, en el número 34 (julio de 1937), incluida en 1957 en su libro Discusión (Gleizer, 1932); “Apropos of Dolores”, nota en torno al libro homónimo, en el número 50 (noviembre de 1938); y la reseña “H.G. Wells, Travels of a Republican Radical in Search of Hot Water” en el número 64 (enero de 1940). Y en “Libros y autores extranjeros”, sección de la revista bonaerense El Hogar, entre el “27 de noviembre de 1936” y el “24 de marzo de 1939”, Borges comentó y criticó en español, brevísimamente, ocho libros de H.G. Wells leídos en inglés: Things to Come, The Croquet Player, Star Begotten, Brynhild, The Brothers, The Camford Visitation, Apropos of Dolores y The Holy Terror. Y el “13 de mayo de 1938” concluyó la miscelánea subsección “De la vida literaria” con un sarcástico e hilarante comentario: “En el segundo volumen de su Autobiografía, H.G. Wells declara que Marcel Proust tiene menos valor documental y es menos divertido que un diario viejo y que éste ofrece la ventaja de ser más fidedigno y de no imponer su interpretación.”   

 
Libros del Zorro Rojo
(Polonia, octubre de 2016)
      Pero la relevante anécdota para la presente nota, y como preludio a mi reseña de La guerra de los mundos —la novela de H.G. Wells editada en octubre de 2016 por Libros del Zorro Rojo—, descuella el hecho de que el “23 de diciembre de 1938” en la revista El Hogar (cuando aún era reciente la sonora “broma de Halloween” con que Orson Welles y el Mercury Theatre aterrorizaron a los crédulos radioescuchas de la cadena CBS que oían “un programa de música de baile” “interrumpido por unos alarmantes boletines informativos”, y por entrevistas y transmisiones supuestamente en vivo desde el dramático lugar de los hechos, que reportaban el arribo de los marcianos haciendo la destructiva guerra a los horrorizados y masacrados terrícolas en varios lugares del país del Tío Sam), Borges, en la subsección “De la vida literaria” y con el título “H.G. Wells contra Mahoma”, alude otra perenne guerra de los mundos ideológico-religiosos, que da visos de que por esas trincheras del planeta Tierra podría existir otro ayatola Jomeini, barbudo y ortodoxo, dispuesto a condenar a la hoguera otros Versos satánicos y a su barbudo autor anglohindú, por sus presuntas blasfemias contra el Islam, El Corán y su profeta. En su prefacio a La puerta en el muro, Borges recuerda que al igual que George Bernard Shaw, H.G. Wells perteneció a la Sociedad Fabiana de Londres, una agrupación de intelectuales con ideas pragmáticas y socialistas, pero no marxistas ni revolucionarias ni todos coreando al unísono una especie de candorosa y acólita internacional socialista; no obstante, Wells, en su búsqueda de un hipotético y cooperativo “Estado mundial organizado” —según se lee casi al término de su Experimento en autobiografía (Espasa-Calpe Argentina, 1943)— llegaría a alabar los “logros” en la URSS del sanguinario genocida y dictador José Stalin y su supuesta personalidad (“Jamás he visto a un hombre más cándido, más limpio y más honesto”), con quien dialogó en 1934 en su viaje al Kremlin de Moscú, el epicentro de la totalitaria e imperialista cortina de hierro. En este sentido (y contrasentido), Borges apunta: “En su libro La conspiración abierta, Wells declaró que la división actual del planeta en distintos países, regidos por distintos gobiernos, es del todo arbitraria y que los hombres de buena voluntad acabarán por entenderse y prescindirán de las formas actuales del Estado. Las naciones y sus gobiernos desaparecerán, no por obra de una revolución, sino porque la gente comprenderá que son del todo artificiales.” 
   
Espasa-Calpe Argentina
(Buenos Aires, 1943)
           Pese a que Borges recuerda que “Anatole France dijo de él que era ‘la mayor fuerza intelectual del mundo de habla inglesa’”, se trata de un presagio incierto, de una vaporosa y evanescente utopía (digna de la Oda a la alegría de Beethoven) que, sin proponérselo, refrenda, por actual (en el contexto de la globalizada islamofobia y viceversa), el meollo de la breve nota “H.G. Wells contra Mahoma”, escrita con ese estilo borgeseano de condensada erudición enciclopédica que se aprecia, por ejemplo, en su prefacio a La cruzada de los niños, de Marcel Schwob; en su prólogo a Mystical Works, de Emmanuel Swedenborg; y en algunos de los textos del Libro del cielo y del infierno (Emecé, 1960), antología urdida a cuatro manos con Adolfo Bioy Casares:
“Es conocida la veneración que el Islam profesa por su libro sagrado. Los teólogos musulmanes afirman que el Corán es eterno, que los ciento catorce capítulos que lo forman son anteriores a la tierra y al cielo y sobrevivirán a su fin, y que el texto original —la Madre del Libro— está en el paraíso, donde lo veneran los ángeles. Otros doctores, no contentos con esas prerrogativas, han divulgado que el Corán puede tomar la forma de un hombre o la de un animal y contribuir a la ejecución de los impenetrables propósitos del Señor. Este mismo (en el capítulo diecisiete de su obra) dice que aunque los hombres colaboraran con los demonios para confeccionar otro Corán, no lo conseguirán... H.G. Wells (en el capítulo cuarenta y tres de su Breve historia del mundo) se felicita de esa incapacidad humanodemoníaca, y deplora que doscientos millones de musulmanes acaten ese libro confuso.
“Indignados, los mahometanos que residen en Londres han procedido en su mezquita a una ceremonia expiatoria. Ante una silenciosa congregación, el doctor Addul Yakub Khan, barbudo y ortodoxo, ha arrojado a las llamas un ejemplar de la Breve historia del mundo.”
A.P. Márquez, Editor
(Méjico, 1939)
        O sea que, al parecer, esa Breve historia del mundo, por tal bemol, no es parte de los últimos e idealistas libros de H.G. Wells que Borges refiere casi al concluir su prólogo a La máquina del tiempo y El hombre invivible: “En las últimas décadas de su vida pasó de la escritura de sueños a la redacción laboriosa de grandes libros que pudieran ayudar a los hombres a ser ciudadanos del mundo.” 

Vale decir que en su nota “H.G. Wells contra Mahoma”, Borges alude, sin precisar, el versículo 90 de la “Sura XVII” del Corán. En la traducción de Juan Vernet reza así: “Di: ‘Aunque se reuniesen los hombres y los genios para traer algo semejante a este Corán, no traerían nada parecido, aunque se auxiliasen unos a otros’.” Y en la versión de una anónima vulgata tariqa: “Di: Aunque los hombres y los genios se reuniesen para producir una cosa semejante a este Corán, no producirían nada semejante, aunque se ayudasen mutuamente.” Y una consulta a “Mahoma y el Islam”, el escueto “Capítulo XLIII” de Breve historia del mundo (con traducción “corregida y puesta al día” de R. Atard, publicada en Méjico, en 1939, por A.P. Márquez, Editor, “Con trece mapas a colores” y permiso de la empresa española M. Aguilar, Editor, que la publicó en Madrid, por primera vez, en 1935, “Con doce mapas”), revela que H.G. Wells esboza una imagen crítica, escéptica y somera del Corán y de ciertos rasgos humanos de la legendaria y mítica personalidad de Mahoma, quizá “lesivos” para los intolerantes barbudos y ortodoxos dispuestos a blandir la sharia, una fetua, la cimitarra, el Kaláshnikov o los ocultos explosivos adheridos al cuerpo (imagen de reprochable y violenta lobotomía que evoca “el conventículo de monstruos sentados que gangosean en su noche un credo servil”, que según el demiurgo mayor: “es el Vaticano y es Lhasa”). Por ejemplo, dice incrédulo de Mahoma: “Hacía versos que decía le comunicaba un ángel y tenía extrañas visiones en que aseguraba era transportado al cielo e instruido por Dios acerca de su misión [...] Al declinar sus años se casó con varias mujeres, y su vida, en conjunto, era poco edificante desde el punto de vista de las ideas modernas. Parece que Mahoma fue un compuesto de gran vanidad, codicia, astucia, desengaño y pasión religiosa muy sincera. Dictó un libro de preceptos y explicaciones: el Corán, que afirmó le había sido comunicado por Dios. Tanto literaria como filosóficamente, el Corán es manifiestamente indigno del Autor Divino a quien se atribuyera.” 
       Pero a pesar de la acritud y del disentimiento de H.G. Wells, en ninguna línea del “Capítulo XLIII” de su Breve historia del mundo “se felicita de esa” susodicha y supuesta “incapacidad humanodemoníaca” “para confeccionar otro Corán”, ni “deplora que doscientos millones de musulmanes acaten ese libro confuso”.   
   
A.P. Márquez, Editor
(Méjico, 1939)
        Desde las catacumbas del recalentado y minúsculo globo terráqueo, ciertos terrícolas sobrevivientes sabemos, por lega antonomasia, que no sólo los libros sagrados y los Evangelios apócrifos son formas de la literatura fantástica. Y si Borges, como buen humano-demiurgo, también incurría en olvidos y lapsus, quizá sí leyó y tuvo noticia de lo que apuntó y comentó el “23 de diciembre de 1938” en la revista El Hogar. Y tal vez, ante el auto de fe que condenó a la hoguera (en la mezquita de Londres) a su Breve historia del mundo, H.G. Wells decidió extirparle ese pasaje “revulsivo” (e “incendiario”) y por ende el traductor R. Atard no lo encontró cuando tradujo en la España de los años 30. 

II de III
Al término de su prefacio a La puerta en el muro, Borges dice: “Lamento haber descubierto a Wells a principios de nuestro siglo: querría poder descubrirlo ahora para sentir aquella deslumbrada y, a veces, terrible felicidad.” Aserto literariamente autobiográfico (ídem: “me crié en un jardín, detrás de una verja con lanzas, y en una biblioteca de ilimitados libros ingleses”; “a veces pienso que nunca he salido de esa biblioteca”) que repite y varía al concluir su preámbulo a La máquina del tiempo y El hombre invisible: “Las ficciones de Wells fueron los primeros libros que yo leí; tal vez serán los últimos.” Palabras que repiten lo dicho por él casi al concluir su ensayo “El primer Wells”: “De la vasta y diversa biblioteca que nos dejó, nada me gusta más que su narración de algunos milagros atroces: The Time Machine, The Island of Dr. Moreau, The Plattner Story, The First Men in the Moon. Son los primeros libros que yo leí, tal vez serán los últimos...” Y concluye con un vaticinio de oráculo que alcanza con celeridad el imaginario colectivo del siglo XXI y lo rebasa: “Pienso que habrán de incorporarse, como la fórmula de Teseo o la de Ahasverus, a la memoria general de la especie y que se multiplicarán en su ámbito, más allá de los términos de la gloria de quien lo escribió, más allá de la muerte del idioma en que fueron escritos.”
   
Borges en 1911
       
H.G. Wells en 1876
      No sin olvidar que “Un libro no es menos íntimo que las manos y los ojos” y que “La lectura es una forma de la felicidad” —Borges dixit—, en tales finales parece pregonar que las ficciones de Wells son propias para la infancia y la juventud de todo lector. Esto parece ser así en angulares casos y sin duda mucho lo es en el caso de La guerra de los mundos, novela que al parecer no era de sus preferidas, quizá por su desbordante y diverso filón fantástico. No obstante, en “El primer Wells”, afirma categórico: “Verne escribió para adolescentes, Wells, para todas las edades del hombre.”
Libros del Zorro Rojo
(Polonia, octubre de 2016)
      “Impreso en Polonia por Zapolex”, en “octubre de 2016”, el libro La guerra de los mundos editado en Barcelona por Libros del Zorro Rojo está diseñado y manufacturado con un criterio celebratorio y preciosista, pese a que el corrosivo e insomne duende dejó su lúdica impronta (casi una cagadita de mosca): en el antepenúltimo renglón de la página 90 refulge una planetaria errata. De buen tamaño (24.05 x 17 cm), pastas duras y vistosa sobrecubierta (ilustrada en el anverso y en el reverso), en el frontispicio se anuncia que está “Ilustrado por Alvim Corrêa”. Y en el faldón se evoca la susodicha y legendaria “Transmisión radial de 1938” que suscitó “una ola de pánico colectivo” que catapultó a la fama (y a Hollywood) al joven Orson Welles en medio de un escandaloso y mediático juicio contra la CBS, y que por otra parte, Woody Allen recrea en un jocoso pasaje de su película Días de radio (1987): “Damas y caballeros, tengo el deber de comunicarles una grave noticia. Los extraños seres que han aterrizado esta noche son la vanguardia de un ejército invasor procedente de Marte.” Episodio que se complementa, en la contraportada y en la cuarta de forros, con un dizque desfragmentado código de barras (para quesque activarlo en la web) y su adjunto letrero: “Este enlace permite escuchar la grabación original de Orson Welles y leer la traducción de dicho guion radiofónico.” Episodio que se retoma en el tercer párrafo de “Sobre La guerra de los mundos”, nota sin firma de los editores, que precede a la traducción de la novela hecha por Ramiro de Maeztu: “El 30 de octubre de 1938, como broma de Halloween, el actor, director y guionista estadounidense Orson Welles adaptó La guerra de los mundos a un guion de radio que, teatralizado en forma de noticiario, narraba el arribo de naves marcianas a la ciudad de Nueva York. Los oyentes que sintonizaron la emisión ya comenzada y que, por ende, no habían escuchado la introducción aclaratoria, fueron presa de un estado de pánico que se extendió rápidamente por la ciudad. ‘Muchas verdades se han dicho en broma’, escribió H.G. Wells en su célebre libro. Sociedades con poderosos ejércitos y altamente armadas (como la británica y la estadounidense) habían recibido, en forma de reflejo espejeado, el terror que suscita su propensión al abuso militar.”

Orson Welles en 1938
       Vale puntualizar que si bien en esa legendaria e histórica transmisión radial hecha a través de las ondas hertzianas encadenadas a la CBS de Nueva York la noche del domingo 30 de octubre de 1938, entre las 20 y las 21 horas, el joven Orson Welles, de 23 años, era el director del Mercury Theatre —una pequeña compañía de actores (fundada por él y John Houseman) con quienes producía y realizaba el semanario programa radiofónico The Mercury Theatre on the Air (El teatro de Mercurio en el aire)— y el flamante primer locutor y actor del radioteatro (fue la diecisieteava entrega del programa semanal), él no escribió el guion radiofónico basado y a partir de La guerra de los mundos, la famosa novela de H.G. Wells, sino el dramaturgo y guionista Howard E. Koch. Y además de que durante la emisión del radioteatro hubo cuatro alusiones a la adaptación radiofónica de la novela de H.G. Wells (al inicio, a la mitad, y dos veces al término), la supuesta invasión marciana (que dizque suscitó una apresurada ley marcial) no empezó en la ciudad de Nueva York ni se limitó a ella: el primer cilindro (no una nave) en el que dizque llegaron los marcianos supuestamente cayó en la Granja Wilmuth, en Grovers Mill, Nueva Jersey; y fue allí donde dizque se formó un cerco de “siete mil hombres armados con rifles y ametralladoras frente a una sola máquina de guerra marciana”, que en un instante los incendió y fulminó con su “rayo térmico”. 

   
Henrique Alvim Corrêa
(1876-1910)
       En la segunda de forros de La guerra de los mundos editada por Libros del Zorro Rojo, precedida por un retrato en blanco y negro de H.G. Wells, se lee una nota sobre su vida y obra. Y en la tercera de forros, encabezada también por un retrato en blanco y negro, se lee una nota de la misma índole sobre el pintor y artista gráfico Henrique Alvim Corrêa (Río de Janeiro, 1876-Bruselas, 1910), quien “falleció de tuberculosis a los treinta y cuatro años”. Es decir, derrotado en otra guerra de los mundos: la feroz batalla sin cuartel contra las bacterias, que son, con los virus, los seres microscópicos del planeta Tierra que, en la novela de Wells, derrotan y matan a los marcianos y exterminan en un santiamén (casi como con barita mágica) a la plaga de la invasora Hierba Roja, de rápida propagación, que los extraterrestres trajeron consigo.
Ilustración de Henrique Alvim Corrêa
         Treinta y dos espléndidas estampas de Henrique Alvim Corrêa figuran en el interior del libro con excelente reproducción, dispuestas en páginas completas e ilustrando, en buena parte, episodios adyacentes. Tan modernas y contemporáneas que podrían haber sido trazadas hoy mismo. Y se distinguen por su impronta caricaturesca, de recuadros de historieta (o novela gráfica), y por su dejo hilarante e infantil, muy visible, por ejemplo, en los saltones ojos antropomórficos (o animalescos) de las giratorias caperuzas metálicas de las descomunales Máquinas de Combate que en la novela se desplazan a gran velocidad con enormes zancadas de su mecánico trípode, una de las cuales se observa, en pleno ataque, en el diseño de la tapa. 

     
Ilustración de Henrique Alvim Corrêa
       Saltones ojos que, por ejemplo, también poseen los marcianos que se observan en esa imagen donde un hombre está cabizbajo y sentado en una escalera y agarrándose el cráneo con las crispadas manos, frente al cadáver de otro hombre que yace en el suelo con la cabeza reposada en el rastrero cuerpo de un marciano, y que remite a la angustia, neurosis y pesadilla que al escritor y filósofo le suscitan la presencia de los invasores extraterrestres y a la necedad, fobia, obcecación, delirio y psicosis del clérigo católico de Weybridge empeñado en seguirlo y en hacerle difícil la sobrevivencia. 

     
Editorial Sexto Piso
(México, 2005)
       Curiosamente, la traducción y edición de La guerra de los mundos que Sexto Piso publicó en México, en 2005, exhibe en la portada una de las láminas de Henrique Alvim Corrêa; pero además de que es la única (y se repite en la tarjeta postal adjunta al libro), en la página legal se acredita así: “Ilustración de portada: Alvin Correco, 1906”. Pero eso sí, en un fosforescente círculo anaranjado pegado al plástico protector que lo envolvía, se pregonaba con bombo y platillo a los cuatro pestíferos vientos de la recalentada aldea global: “Nueva traducción y edición del libro clásico La guerra de los mundos, en el que está basada la película dirigida por Steven Spielberg y protagonizada por Tom Cruise.” Largometraje de 2005 que supera con creces el filme de 1953, guionizado por Barré Lyndon y dirigido por Byron Haskin.

     
Ilustración de Henrique Alvim Corrêa
         La preliminar y anónima “Nota de la edición” de Libros del Zorro Rojo informa y canta sobre las ilustraciones de Henrique Alvim Corrêa:
    “La presente edición de La guerra de los mundos recupera las magníficas ilustraciones del artista brasileño Henrique Alvim Corrêa, iniciadas apenas cuatro años luego de la aparición del célebre libro. Estas portan, inalterado, el imaginario de una época que aún no conocía las feroces guerras del siglo XX. Trabajadas con lápiz de carbón y tinta sobre papel fueron publicadas por primera y única vez en 1906 por la editorial belga L. Vandamme & Co. En una tirada limitada de tan solo quinientos ejemplares.
“Por vez primera se ofrece al lector de habla hispana este trabajo que sorprendió gratamente al propio H.G. Wells, y cuyos trazos premodernistas y mirada futurista merecieron elogiosas palabras del autor homenajeado.”
Y entre lo que se dice en la tercera de forros sobre Alvim Corrêa, se lee que “En 1890 fue llevado por su padrastro a Europa. En 1894 comenzó sus estudios artísticos en París, donde asistió a las clases del pintor Jean Baptiste Édouard Detaille, especializado en pinturas de temática bélica. Al año siguiente expuso por primera vez en el Salón de París, y en 1900 se trasladó a Bruselas, donde instaló su taller. Realizó óleos sobre la guerra franco-prusiana, y acuarelas de impronta erótica, que firmó bajo el seudónimo de Henri Lemort (‘El muerto’ en francés) [...] En 1942, la guerra de este mundo casi acaba con su obra: el navío que transportaba a Brasil los originales de su trabajo fue atacado por las tropas alemanas. Pese a ello, prevaleció el arte.” 
 
Ramiro de Maeztu
(1874-1936)
          No obstante, Libros del Zorro Rojo no aporta ningún dato sobre el traductor Ramiro de Maeztu ni sobre su traducción de La guerra de los mundos. Nacido en Vitoria, el 4 de mayo de 1874, Ramiro de Maeztu “fue un diplomático y escritor español perteneciente a la generación del 98”, asesinado en otra sangrienta guerra de los mundos ideológico-políticos; es decir, el 29 de octubre de 1936 fue fusilado en Aravaca, entonces provincia de Madrid, “en el curso de una de las sacas que elementos del bando republicano efectuaron en el Madrid posterior al golpe de Estado de julio de 1936”. 
     
Editorial Bruguera
(Barcelona, 1981)
         Curiosamente, Editorial Bruguera, en Barcelona, en enero de 1981, publicó la traducción de Ramiro de Maeztu en un libro de bolsillo, de pastas duras y con ilustraciones en blanco y negro de Eugenio Darnet, número 1 de la colección Club Joven Bruguera, que en la tapa le canturreaba (y aún le canturrea) al novicio lector: “Ediciones íntegras e ilustradas”. Allí, en la página legal, el circulito del copyright de la traducción de Ramiro de Maeztu está datado en 1902. Es decir, primero, entre el 17 de marzo y el 21 de abril de 1902, la traducción de Ramiro de Maeztu, a modo de folletín, se publicó por entregas en El Imparcial, periódico de Madrid; y luego “ese mismo año la publicó la imprenta de El Imparcial en formato de libro”. Y “En 1914 [el año que en Europa estalló la cruenta, espeluznante y sonora Gran Guerra de varios mundos del mundanal mundo] apareció otra edición dentro de la Colección ‘Biblioteca de El Imparcial’, editada por Establecimiento Tipográfico de la Sociedad Editorial de España”. Pero lo que sí hizo Libros del Zorro Rojo fue añadirle, a la traducción de Ramiro de Maeztu, cinco sesudas e ilustrativas notas al pie de página.

III de III
Dedicada a su “hermano Frank Wells, que tuvo la idea”, y precedida por un epígrafe de Kepler, transcrito de La anatomía de la melancolía, de Robert Burton, La guerra de los mundos está dividida en dos partes. La primera se titula “Libro primero: La llegada de los marcianos”, y está seccionada en catorce capítulos con rótulos y números romanos. La segunda se titula “Libro segundo: La Tierra en poder de los marcianos”, y está dispuesta en nueve capítulos con rótulos y números romanos. Y la concluye un “Epílogo”. La voz narrativa, omnisciente y ubicua (alter ego de H.G. Wells), es la de un británico de clase media que reside en Woking (donde vivió el autor), pueblo en el sureste de Inglaterra, ubicado a un poco más de 40 km al sureste de Londres. Según dice de sí mismo, es “un escritor reputado que se ocupa en cuestiones filosóficas”; y por ende, previo al ataque alienígena, se pasa el tiempo “en aprender a andar en bicicleta y en escribir una serie de artículos” sobre el “Probable desarrollo de las Ideas Morales en concordancia con el progreso material e intelectual”. El meollo es que el arribo de los belicosos extraterrestres ocurrió un viernes de junio de 1894 y la dramática guerra de los ingleses contra los marcianos duró sólo unos quince días (o un poco más); y él traza un círculo narrativo en el decurso de la trama que evoca y relata, pues el domingo (posterior al viernes), ante el avance asesino y destructor de los marcianos, salió huyendo de Woking en compañía de un artillero y un mes después regresa a su medio destruida y saqueada casa familiar, donde en su despacho, en el piso superior, lee el inconcluso manuscrito del artículo que estaba escribiendo cuando aquella noche del viernes cayó el primer cilindro en la llanura de Horsell. Y al poco rato de su retorno, para, con un final feliz, cerrar el círculo evocativo y narrativo del libro, llegan nada menos que su propia esposa y su primo, a quienes creía masacrados en la villa de Leatherhead, pues los suponía allí cuando fue demolida por una de las terroríficas y altas Máquinas de Combate de los marcianos.
Vale puntualizar, entonces, que el filósofo y escritor, quien nunca dice su nombre, hace un recuento y una reminiscencia de lo ocurrido seis años antes: en 1894. Es decir, él escribe y narra sus memorias —y lo indagado, lo meditado, lo conjeturado y lo hipotético— en 1900, o sea: en el inminente futuro ante el presente de H.G. Wells, pues La guerra de los mundos se editó en 1898.   
Portada de la primera edición en inglés
de La guerra de los mundos (1898)
      Entre sus preliminares reflexiones sobre el extinto y fugaz ataque de los marcianos —cuyo clímax destructivo (y la derrota) se sucede en Londres, la metrópoli más poderosa del mundo, de la que frente el avance de los marcianos salieron huyendo unos seis millones de aterrorizados terrícolas—, el filósofo y escritor apunta: “Antes de juzgarlos con excesiva severidad debemos recordar que nuestra propia especie ha destruido completa y bárbaramente, no solo especies animales, como el bisonte y el dodo, sino también razas humanas inferiores. Los tasmanios, a despecho de su figura humana, fueron enteramente borrados de la existencia en una guerra exterminadora de cincuenta años que emprendieron los inmigrantes europeos.” Es obvio que ese prejuicio y atavismo xenofóbico y racista del arquetipo del hombre blanco que se transluce en sus conceptos taxonómicos, propio de la idiosincrasia y supremacía imperial británica decimonónica, resulta ahora obsoleto y anacrónico. Pero es lo que piensa el filósofo y escritor, tan veraz como es su inveterada creencia en Dios, sus rezos y ruegos; y por ende, antes de su breve colapso amnésico, le agradece haber sobrevivido al ataque de los extraterrestres. E incluso es a Dios a quien le atribuye la creación y existencia de las bacterias y virus que causan la muerte y exterminio de los marcianos: “por las ínfimas criaturas que Dios, con su sabiduría, ha puesto sobre la Tierra”. De ahí que diga: “Acaso los marcianos, llenos de confianza, invocaban también a Dios. Seguro que, aunque no hayamos aprendido nada más, esta guerra nos ha enseñado la piedad, piedad hacia esas almas sin razón que nosotros dominamos.”

H.G. Wells en la Escuela Normal de South Kensington,
como alumno del curso de biología elemental del gran
Thomas Henry Huxley.

Foto en H.G. Wells (circe, 1993)


       
Thomas Henry Huxley
(1825-1895)
Según Borges:
Apodado el bulldog del darwinismo
Foto en Experimento de autobiografía  (Espasa-Calpe, 1943)
          No obstante que la novela La guerra de los mundos se cuenta entre los decimonónicos y finiseculares libros precursores del género literario de la ciencia-ficción del siglo XX (y de su traslación al cine), sus planteamientos “científicos” son pseudocientíficos y a todas luces ficticios, ingenuos e imaginativos, y muy marcados por las limitaciones y recursos técnicos, mecánicos, armamentísticos, tecnológicos y científicos de la época, y por los usos, hábitos, costumbres y transportes terrestres y acuáticos del entorno social victoriano. Su ritmo es vertiginoso, envolvente y trepidante. Y en el desarrollo de la trama, además de las escenas y anécdotas particulares, descuella la mirada panorámica, geográfica y aérea de la voz narrativa, que evoca y narra sus propias observaciones y experiencias vividas y sabidas entre las villas y villorrios que van de Woking a Londres y en los márgenes del Támesis; pero también las vistas y vividas por su hermano, estudiante de medicina en la capital inglesa, quien, en medio de los sinsabores y ríspidos azares suscitados por el sorpresivo e imprevisto ataque alienígena, logra huir de Londres y embarcarse en un vapor rumbo a Ostende en compañía de un par de señoras.  

Inextricable a las escenas bélicas y a los escenarios de destrucción, muerte y abandono, y a la agresiva competitividad, deshumanización y egoísta beligerancia que la guerra y el terror suscita en un tris entre los pobladores que huyen o son atacados por los marcianos (hay robos y rapiña —no sólo alimenticia— en los comercios, bares y casas, y se suceden abusos, agandalles, tacañerías, pleitos callejeros y asesinatos, e incluso los periódicos aumentan sus precios en su afán de lucrar con el pánico, el drama y el avance de los extraterrestres), lo que descuella sobremanera, por inaudito y nunca visto, es lo que concierne a los extraños seres procedentes de Marte, de los cuales, según reporta el escritor y filósofo, seis años después del ataque, en el Museo de Historia Natural, en Londres, se “conserva en alcohol” “un ejemplar magnífico y casi completo”; mientras que en la cima de “la cuesta del Primrose Hill”, “todavía se alza allí” una de las gigantes Máquinas de Guerra de trípode, que los británicos, adultos y niños, acuden a contemplar con asombro y boquiabiertos, casi como si fuera la enorme montaña rusa de un parque de diversiones itinerante. 
Ilustración de Henrique Alvim Corrêa
          Para viajar al planeta Tierra desde Marte —focalizada su caída en la todopoderosa Gran Bretaña—, los marcianos cruzaron, raudos y veloces, los “sesenta millones de kilómetros” del “espacio vacío” a bordo de unos enormes cilindros (cayeron diez en total en distintos puntos). Los cuales fueron disparados, uno a uno, por un ciclópeo, potente, explosivo y ultralumínico cañón. Instrumento y protonave espacial que ineludiblemente evoca al rudimentario cañón de mecha (que al unísono evoca los ahora arcaicos pero entonces poderosos cañones Maxim con que los artilleros británicos combaten a los marcianos) y el hilarante cohete (especie de bala de lata construida por los herreros que golpeaban sobre el aledaño yunque) en cuyo hueco interior viaja a la Luna un estrafalario grupo de terrícolas con paraguas desintegradores y cobijas para dormir en el pedregoso y cavernoso territorio de la salvaje tribu de los monárquicos selenitas, según se observa en Viaje a la luna (1902), el caricaturesco y fantástico cortometraje silente de Georges Méliès, “la primera película de ciencia-ficción de la historia”.

     
Fotograma del Viaje a la luna (1902),
cortometraje silente de Georges Méliès.
        En su violenta caída, cada cilindro causa un enorme cráter, que luego los marcianos acrecientan con su imparable laboriosidad de hormigas insomnes y obreras, según lo observa el escritor y filósofo en tres escenarios: en la llanura de Horsell (contigua a Woking); en la villa de Mortlake, precisamente frente al borde de un cráter, donde pasa dos semanas de miedo y angustia oculto entre los restos de una casa en compañía del obcecado, psicótico, fóbico y glotón sacerdote católico, hasta que lo atrapa un ciego tentáculo rastreador de una Máquina de Combate (luego de que quedara inconsciente por el golpazo que le da el escritor y filósofo con el mango de un cuchillo de carnicero); y en Londres, donde, en medio de las ruinas, de la desolación en las calles y de la muerte del último marciano en Regent’s Park (quien moribundo aúlla llamando a sus compinches dentro de la caperuza de la enorme Máquina de Guerra), llega a pie y exhausto al borde de lo que fue “el último y el mayor de los campamentos marcianos”. 

Ilustración de Henrique Alvim Corrêa
         Antes de salir a la Tierra a hacer de las suyas, los extraterrestres esperan a que el cilindro se enfríe. Y cuando ya está frío, paulatinamente desatornillan la tapa y del interior emergen esos extraños seres de apariencia horrenda y repulsiva: parecen enormes, pesados, torpes y redondeados moluscos babeantes con tentáculos (“pulpos”, los tilda un zapador del ejército tras oír su descripción), cuyos detalles físicos el escritor y filósofo observa en primera línea al emerger el primer alienígena en el cráter de la llanura de Horsell; y luego, con mayor detenimiento, en su cautiverio en los restos de la casa de Mortlake; a lo que se añaden otros datos, características y conjeturas sobre su anatomía externa e interna (incluso quizá absurda, como el hecho de que tienen pulmones, pero no fosas nasales ni olfato).

Ilustración de Henrique Alvim Corrêa
        Esos catapultados cilindros son de considerables dimensiones, pues en ellos los marcianos transportaron las enormes y desplegables Máquinas de Guerra, que se desplazan a través de un trípode que da enormes y veloces zancadas. Las Máquinas de Guerra son manejadas por un marciano ubicado dentro de la giratoria caperuza, situada en lo alto, quien despliega y mueve los prensiles tentáculos. Y para atacar y destruir despliega y utiliza dos móviles y poderosas armas: el Rayo Ardiente, “un rayo luminoso” que es un “chorro invisible” que incendia lo que toca: personas, flora, fauna, arquitectura; y el tóxico y letal Humo Negro, del que un periódico reportó con amarillista alarma: “Los marcianos descargan enormes nubes de humo negro y venenoso por medio de cohetes. Han asfixiado a los artilleros de las baterías, destruido Richmond, Kingston y Wimbledon y avanzan lentamente hacia Londres, devastándolo todo al pasar. Es imposible detenerlos. Contra el Humo Negro no hay otro modo de salvación que la fuga.” 

       
Ilustración de Henrique Alvim Corrêa
       A lo que se agrega la plaga de la trepadora, expansiva y voraz Hierba Roja (de un rojo-sangre y con el ramaje “parecido al del cactus”), de rápida y predominante propagación, cuyas semillas transportaron no por accidente, sin duda. A esto se añade el hecho de que los marcianos armaron “una máquina voladora”, que dizque están “aprendiendo a manejarla”, según le reporta el artillero, al escritor y filósofo, en su avituallado y egocéntrico escondrijo en Putney Hill; lo cual lo induce a pensar en el “¡Adiós a la humanidad!”, pues “Si consiguen volar, darán la vuelta al mundo...” No obstante, además de que esa “máquina voladora” quedó abandonada en el último campamento marciano a imagen y semejanza de un trebejo inútil, sí la sabían manejar, pues su hermano, en su huida a Ostende a bordo del vapor, vio en lo alto lo que a todas luces es un alienígena platillo volador: “Se puso el sol bajo las nubes grises, se enrojeció el cielo, se oscureció después; parpadeó en la penumbra la estrella de la noche. Era grande la oscuridad cuando el capitán lanzó un grito tendiendo los brazos al cielo. Miró mi hermano con atención. Del horizonte gris subió a lo alto, por encima de las nubes, un objeto que con marcha oblicua y rápida brilló en los últimos resplandores del crepúsculo; un objeto plano y gigantesco que luego de describir una inmensa curva, de disminuir poco a poco y de hundirse lentamente, se desvaneció en el gris misterio de la noche. Se hubiera dicho que extendía las tinieblas al pasar.”   

    
Ilustración de Henrique Alvim Corrêa
       Los marcianos se comunican con gritos y aullidos y al parecer de un modo telepático. Y para construir sus campamentos en los subterráneos cráteres y trabajar en ellos, utilizan dos tipos de máquinas. Las Máquinas de Mano, dice el escritor y filósofo, no parecen un mecanismo, “sino una criatura semejante a un cangrejo de mar de tegumento resplandeciente”, con “el aspecto de una especie de araña metálica, con cinco piezas articuladas y ágiles y un número extraordinario de varillas y palancas, también articuladas, y de tentáculos que tocaban y agarraban las cosas en derredor del cuerpo.” Estas son manipuladas por un tripulante alienígena; pero las máquinas excavadoras no y laboran sin cesar totalmente automatizadas. O sea: son robots, artilugios marcianos diseñados y construidos décadas antes de que la humanidad desarrollara la electrónica, la computación, la informática y la robótica. 

     
Ilustración de Henrique Alvim Corrêa
            Pero a pesar de su complejo y avanzado desarrollo tecnológico, ingenieril y armamentístico, los marcianos, que según la descripción de su anatomía externa e interna, son sobre todo “cerebros” hiperactivos que no necesitan dormir ni hablar ni descansar ni mordisquear ni digerir, su monstruosa, destructiva, voraz y coreográfica conducta castrense parece la de un potenciado ente híbrido, con rasgos de bestia salvaje, cefalópodo, crustáceo, artrópodo, reptil, insecto rastrero y arácnido. Viajaron a la Tierra para alimentarse a toda costa, casi como un enorme oso hormiguero necesita, por ciego instinto, atiborrar su gran panza de minúsculas hormigas; y, para dar con ellas, penetra en los rincones y recovecos su larga trompa y su larga lengüeta de gusano; y en esas orgías culinarias destruye las laberínticas construcciones arquitectónicas que son los subterráneos hormigueros. Vale observar que según reporta el escritor y filósofo, pese a que “los marcianos carecen de sexo” (o sea: no hay cuchicuchi), “nació un marciano en nuestro planeta durante la guerra; se le encontró pegado a su progenitor, como un capullo a medio abrir, del mismo modo en que brotan los bulbos en los lirios o los animálculos en los pólipos de agua dulce”. Pero el alimento que les interesa de las hordas y manadas de los aterrorizados y alharaquientos terrícolas, no es su carne ni sus órganos ni sus huesos ni su médula ósea (ni las aletas de los delfines ni la bolsa de aceite de los tiburones ni los colmillos de los elefantes ni los cuernos de los rinocerontes ni el buche de totoaba ni los huevos de codorniz ni las pieles de las focas del norte de Canadá), sino la sangre, el plasma sanguíneo de los humanos, que extraen y se inyectan directamente “en sus propias venas” con avidez de murciélago, quizá placentera, embriagadora, adictiva y psicotrópica. Delicatessen de dulce vita y delirium alimenticio para los alienígenas, que implica la preservación, continuación y propagación de su horrorosísima y pesadillesca especie. Es por tal objetivo que alguna manipulada Máquina de Combate transporta, en lo alto de la giratoria caperuza, una clase de cesta o jaula, donde va coleccionando especímenes de terrícolas vivitos y coleando y lanzando gritos de terror, los cuales son cazados y atrapados con el mecanismo prensil de los móviles tentáculos. Según reporta el escritor y filósofo, en los cilindros los marcianos traían víctimas “consigo desde Marte en calidad de provisiones. A juzgar por los arrugados cadáveres que han caído en poder de los hombres, esas criaturas eran bípedos de frágiles esqueletos silíceos (parecidos a los de las esponjas), músculos débiles, de un metro ochenta de altura, cabezas redondas y erguidas y grandes ojos en órbitas petrificadas. Parece que en cada cilindro venían dos o tres y que ya estaban muertos antes de llegar a la Tierra. Hubiera sido lo mismo que los dejaran vivos, porque al solo esfuerzo de sostenerse en pie sobre nuestro planeta se les habrían roto todos los huesos del cuerpo.”
Ilustración de Henrique Alvim Corrêa
      Vale comentar, por último, y no por terror cósmico (de solitario navegante en la infinita noche de los tiempos) ni para ponerle los pelos de ponketa a nadie (por mucha melena de Rapunzel que tengan), que según reporta en el “Epílogo” el escritor y filósofo, ciertos astrónomos del planeta Tierra han observado agitadas y elocuentes actividades en Marte, y de Marte a Venus, indicativos de alguna marciana y violenta intromisión. Lo cual implica, quizá, el futuro ataque en la Tierra de otra tribu alienígena, quizá con tecnología aún más avanzada. ¡Felices sueños y felices pesadillas!



H.G. Wells, La guerra de los mundos. Traducción del inglés al español de Ramiro de Maeztu. Ilustraciones de Henrique Alvim Corrêa. Libros del Zorro Rojo. Polonia, octubre de 2016. 210 pp.